lunes, 28 de septiembre de 2015

‘Pájaros en la boca” de Samanta Schweblin

Me pregunto por qué un libro que aparece en la web de Casa del libro (al menos la edición de Lumen) como ‘no disponible’ genera, de repente, tantos comentarios en la redes sociales. Bueno, “tantos”…, o sea, unos cuantos. Digamos que me encuentro, en pocos días, con demasiada gente que lo acaba de leer, gente a la que, dicho sea de paso, le ha encantado porque claro, esta chica es como la hostia o algo. Pienso, en su momento, que habrá sido reeditado o que habrá salido una edición de bolsillo pero parece que no o al menos yo no encuentro nada de esto. Pienso… pero no, no puede ser. No. La gente no lee libros pirateados, no? O sea, es... es otra gente la gente la que hace eso. O no. Lo busco y, sorpresa, lo encuentro. Y parece, mira tú por dónde, como queriendo darme una vez más la razón, que está recién salido del horno, recién subidito a la red. Entiendo que la moda viene de ahí. Eso o que estar ahí te obliga a estar de moda, que para el caso es lo mismo.

Conclusión: si quieres que te lean, piratéate. 

Hasta aquí la enseñanza del día, pequeños saltamontes.

(También puede ser que realmente sobre este libro, oh casualidad, pese una bendición, pero tal pensamiento no conduce a nada bueno).

Yo, que estoy por encima del bien y del mal, lo leo, también, pero para hacerlo más emocionante no les diré en qué formato y ya deciden ustedes si se rasgan las vestiduras o se las dejan enteras.

El caso es que leo, que es de lo que se trata, y esto es lo que pasa.

* * * * * * * *

De Samanta Schweblin hablamos aquí no hace mucho con motivo de una novelita chiquitita llamada Distancia de rescate que publicó, también hace nada, Mondadori. Tienen aquí la reseña, pero ya les hago yo un resumen: la cosa iba de un misterio. Una mujer hablaba desde un lugar por determinar de hechos que habían llegado a su fin. Su interlocutor la interrogaba con la intención de descubrir un detalle que parecía fundamental por alguna razón que no llega a quedar del todo clara. Es decir, que la novela era, en cierto sentido, un poco bastante tramposa pero tenía una virtud que obligaba (entre comillas, esto) a valorarla muy positivamente: y es que se devora. Literalmente. La novela, breve como un suspiro, no da respiro a un lector que es perfectamente capaz de leérsela del tirón. De hecho, es hasta recomendable hacerlo. 

Pues bien, los relatos de Schweblin, son en su mayoría, más de lo mismo. Similar intensidad, similar exigencia/recomendación. Se adivina una pauta, pues. Les comento alguno y van sacando ustedes las conclusiones. 

Del primero no hablaré, por flojo. El segundo, Mujeres desesperadas, sí da una idea mucho más aproximada de lo que nos vamos a encontrar. En él una mujer es abandonada por su marido en el campo, el mismo día de su boda. Allí conocerá a otra mujer, también abandonada, también el día de su boda. Pero no son las únicas: «En el campo voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten los nombres de sus maridos una y otra vez». Tampoco ella será la última. Buena intriga, buen final. Un buen relato. 

El siguiente, En la estepa, arranca también con un misterio y un páramo casi desolado. Una pareja vive en la estepa, un espacio alejado de la civilización. Hablan, entre ellos, de… algo, de encontrar algo, algo vivo que buscan desesperadamente a horas intempestivas. Hablan de recetas de fertilidad y uno piensa en un bebé pero también hablan de salidas nocturnas, cacerías, linternas, redes… En fin. Que si tuviese que apostar apostaría que alguien quiere cazar un pokemon. Conocen a otra pareja que sí lo ha conseguido. Van a cenar a su casa. Y, bueno, bien, pero más allá de la historia o su resolución, está el misterio que, a fuerza de no revelarse, mantiene una tensión constante. Ahí su mérito. Otra vez.

Pájaros en la boca es el siguiente. En él una niña come pajaritos. Pajaritos, sí, pajaritos vivos. Se sienta en un sillón del que no se levanta ni para mear si no es para abrir la jaulita que su mami repone, diligentemente, para comerse, cual asilvestrado lindo gatito, un lindo pajarito con sus plumitas y sus huesecillos y su todo visceral y poner cara después de circunstancias, de ups qué he hecho no sé qué me pasa que no puedo controlarme. El tema, parece, es qué no haría un padre por una hija. ¿Querés pajaritos, nena?; pues comé pajaritos. Y así. Superdramático, todo.

El resto de relatos van en la misma línea. Algunos, como Perdiendo velocidad, La verdad acerca del futuro o El cavador no tienen especial interés, tal vez por su brevedad, al menos en el primer caso. En general no invitan a gran cosa. Otros se quedan en aprobado justito, y serán recordados tal vez dos días, tal vez tres. Venga, una semana; dos, si son ustedes de poco leer. Pienso, por ejemplo, en Matar a un perro, re-corte de noir con perro de fondo o Cabezas contra el asfalto, sobre un hombre que dibuja… pues eso, cabezas contra el asfalto para hacer caja y terapia al tiempo. 

Hacia un civilización alegre recuerda demasiado a Mujeres desesperadas (por aquello de gente abandonada en páramos desolados), pero en esta ocasión el misterio tiende a lo kafkiano. Comparten un acertado final que deja muy buen sabor de boca. Mismo caso (buen final, dosis justa de intriga) para Conservas, donde se deja para la frase final, pese a verse venir, el momento sonrisa del relato (al menos para el lector). Y, buscando parecidos, del estilo de Conservas es La medida de las cosas: en los dos el misterio reside en que la naturaleza invierte su ritmo natural. Por previsible, al montón.

Papa Noel duerme en casa, relato en el que la depresión tiene cierta importancia, no pasa de simplemente divertido. Puestos a elegir depresiones, me quedo con la situación que plantea Mi hermano Walter, un relato que trata el mismo asunto con más acierto al explotar toda la punta que se le puede sacar al efecto que produce una persona deprimida en el entorno familiar. Cuando Schweblin se pone en modo crítica social le salen unos relatos bastante cachondos; tal vez algo descafeinados, pero francamente divertidos. Léase, por ejemplo, La pesada maleta de Benavides (furibundo ataque al mundo del arte) para confirmar esta afirmación.

Y menciones especiales (es decir, relatos a la altura de los primeros) para La furia de las pestes (duro relato sobre el hambre) o Bajo tierra, donde la autora se adentra, yo creo que muy acertadamente, y sin abandonar en ningún momento el terreno de lo fantástico, en el terror más terrorífico. Sí, efectivamente: salen niños, hay tierra, ruidos. ¿Qué mas quieren?

En definitiva, relatos de extensión adecuada (a excepción de La pesada maleta… en el que a la amiga Schweblin se le va la mano innecesariamente) que destacan por una correcta dosificación de la intriga. Su forma de combinar el fantástico, con el terror, con lo social, con el humor (negro, casi siempre) -y pese a que muchos finales no están a la altura de las expectativas creadas- es probablemente la receta de su éxito y el motivo del exceso de salivación de tanto crítico amateur y tanto delincuente reconvertido en pirata digital. Eso y el nivelón que nos gastamos de un tiempo (s. XIX) a esta parte (s.XXI). Bueno, lo que sea: entretenido. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

‘Cuentos completos’ de E.L.Doctorow [Una reseña en dos tiempos]

Reseña en dos partes que, amén de poner en evidencia a quien esto escribe, muestra el sentido final de un blog y su verdadera utilidad. Está, por un lado, aquello que se escribe antes de empezar a hablar de un libro, antes de cogerlo para rescatar las notas; antes de releer fragmentos o directamente partes enteras. Y después está aquello que se despliega frente a uno según va escribiendo; al releer; al rescatar esas notas; al buscar explicaciones no pedidas; a la hora de observarlo todo, una vez más, desde el principio. Partiendo de cero. 


La reseña antes de la reseña

Hoy voy a ser un poco duro pero es que si no me paso de algo no me salen las cosas. Ténganlo en cuenta a la hora de tomar una decisión o antes de tomarme demasiado en serio.

Si no he dicho quinientas veces que no soporto reseñar relatos no lo he dicho ninguna. Cómo me gustará de poco que hace nada —unos días, cuando escribo esto— leí un librito de Harold Brodkey llamado Primer amor y otros pesares que me pareció sublime, casi, casi, perfecto o, si lo prefieren, inapreciablemente imperfecto, pero no tuve tiempo que dedicarle, en cierto modo, ni muchas ganas, en honor a la verdad, o siendo despiadadamente honesto, no tenía la menor idea de cómo podría convencerles de lo acertado de su lectura. Si se preguntasen en qué momento he pasado de vulgar (es un decir) reseñista a vendedor ambulante les diría que solo tendrían que leer ese libro para dar con la respuesta. Leer Primer amor y no dejarse el pellejo en recomendarlo (como se recomienda a Carver o a Salinger, para que se hagan una idea de por dónde van los tiros) es de un egoísmo hijoputil extremo, si me permiten la licencia.

Sé que no debería venir a cuento comentar esto de Brodkey en una reseña que debería pertenecer exclusivamente a Doctorow pero, amén de que Doctorow está (estaba, ya, si lo prefieren) más que acostumbrado a ser ninguneado o a ocupar un eterno discreto, elegante (y ya supongo que en modo alguno buscado) segundo plano, tiene esta lectura una importancia vital en mi valoración final del recopilatorio de Doctorow. Es lo de siempre: leer una pequeña maravilla (casi se me escapa Obra Maestra) reconfigura el punto de vista y ya tiene que hacerlo bien, Doctorow, para que la cosa sea remotamente parecida.

Lo que quiero decir con tanto circunloquio es que lamento profunda, profunda, profundamente, que los relatos de Doctorow, pese a mi entusiasmo cuasinfantil de hace unas semanas, no llegaran a gustarme todo lo esperaba o suponía, todo lo que daba por hecho antes de tiempo. Pero es que… coño, era Doctorow! Ragtime, Homer y Langley… Es decir, DOCTOROW.

Una última anotación, importante, en mi opinión: esta es la primera vez que se reúnen todos los relatos escritos por Doctorow a lo largo de su vida. Gallifante para Malpaso. No son muchos, los relatos. Las cosas como son: se nota que no era lo suyo. El caso es que el autor antes de morir se sentó a ordenarlos, a buscarles una disposición adecuada.

* * * * *

Dicho lo cual: ya estoy en disposición de confesar que no estoy ni remotamente dispuesto a escribir una reseña. Esta me la voy a saltar. Razones, pocas. Básicamente se resumen en una: tendría que volver a leerlo y no estoy dispuesto fundamentalmente porque el contenido es irregular. Aquí muchas veces somos de extremos (es verdad, lo confesamos), y no siempre del todo justos, pero, insisto: no siempre. Los relatos de Doctorow… muchos de los relatos de Doctorow, son francamente buenos… o francamente interesantes, o unos buenos y otros interesantes… y otros son francamente olvidables (cuando no ya directamente olvidados). Me temo. 



La reseña durante de la reseña

Willi. Aquí un ejemplo que contradice lo dicho en algún párrafo anterior, me pone en evidencia y rompe una lanza en mi cabeza. Leí Willi dos veces (¿o fueron tres?) La primera con prisas, sin prestar atención. Quería empezar el libro y quería hacerlo ya. Así me fue. La segunda me descubrió un magnífico relato lleno de matices que he embadurnado de subrayados. En él se dibuja el tormento de un joven de trece años incapaz de distinguir entre el odio y amor, con esa pasión que sólo se tiene a los trece años, vencido por el peso de un secreto que no puede soportar y una decisión que no se atreve a tomar: 

«Me habían puesto en una situación intolerable. Se me había concedido doble visión, de ésa que se produce después de un golpe brutal. Descubrí que no quería saber nada de mi madre dulce y considerada. Descubrí que no soportaba la delicada pedagogía de mi preceptor. ¿Cómo cabía esperar, en medio de ese aislamiento rural, que yo siguiera adelante? No tenía amigos, no se me permitía jugar con los hijos de los campesinos que trabajaban para nosotros. Sólo contaba con esa trinidad de madre, preceptor y padre, esta trinidad no precisamente santísima del engaño y la ignorancia que me había excomulgado de mi vida a los trece años». Relato sobre el paso a la madurez y la familia, un combinación explosiva.

El escritor de la familia es un relato en el que un hombre tiene la obligación de hacer feliz a una mujer a golpe de correspondencia o lo que es lo mismo: obrar el milagro de la mentira piadosa. Está en sus manos dar o quitar la vida, crear recuerdos donde no los hay, modelar un universo a placer. 

«Esa noche, en la mesa de la cocina, aparté mis deberes y redacté una carta. Intenté imaginar cómo habría respondido mi padre a su nueva vida. Él nunca había viajado al Oeste. Nunca había ido a ningún sitio. En su generación, el gran viaje era de la clase trabajadora a la clase profesional. Eso tampoco lo había conseguido. Pero adoraba Nueva York, la ciudad donde había nacido y vivido su vida, la ciudad donde siempre descubría cosas nuevas». 

Un delicioso relato que rinde homenaje al oficio del escritor, con todas sus bondades y todas sus maldades, y escupe sobre el infierno que es la familia. (Ya ven: familia, familia, familia) Tal vez por eso lo he disfrutado tanto. Aquí está el Doctorow que más me gusta: sutil, elegante a la par que discreto, divertido, inteligente… Cruel. Un relato que llega al lector tiempo después de haber sido leído y se queda ahí, en el recuerdo, haciendo cosquillas en el cerebelo.

En Jolene: una vida, Jolene, la protagonista, las pasa putísimas a lo largo de lo que parece toda una vida, total para descubrirse, a los veintipocos y habiendo acumulado una serie de catastróficas desdichas (acompañadas de breves instantes de felicidad) dignas del culebrón más cruel, en un estado que la sitúa permanentemente en la casilla de salida: 

«Y así es como cambia la vida, igual que azota el rayo: en un instante lo que era ya no es lo que es y te encuentras sentado en una roca al borde del desierto, con la esperanza de que pase un autobús y se compadezca de ti antes de que te encuentren allí muerta como un animal cualquiera atropellado en el asfalto».

A partir de Jolene, una vida, los relatos suben de categoría (sin pretender con esto desmerecer los mencionados anteriormente) y durante bastante tiempo Doctorow se transforma, una vez más y con matices, en un contador de historias excepcional. Lamentablemente el sincero interés con el que es leído, por ejemplo, Bebe Wilson (relato de una pareja, en la que no se sabe cuál está más loco, que huye por el país tras secuestrar un bebé, un bebé Wilson) se da de bruces con lo previsible de su desarrollo e incluso final. No es el único caso y de ahí la crítica. 

Una casa en la llanura hace más evidente, si cabe, la importancia que tiene la maternidad (familia, familia, familia) en los relatos de Doctorow (incluso a Jolene, tan joven, la obliga a pasar por el trance). En él un hijo es obligado a fingir que no es tal cosa, así como aceptar que otros sí lo son. A pesar de esto no pierde la mirada, no siempre infantil, de un hijo que venera a su madre: 

«Ella ve las cosas antes de que las vean los demás. Tiene planes que se extienden en todas las direcciones del universo, la suya no es una mente a piñón fijo, la de mi tía Dora. Me ilusioné con sus designios para mí, como si los hubiera concebido yo mismo. Quizá los había concebido yo mismo en secreto, pero ella había desentrañado ese secreto y ahora daba su beneplácito, porque, desde luego, a mí me gustaba Winifred Czerwinska, cuyos labios sabían a pastas horneadas y que gozaba muchísimo cuando me la follaba». 

Walter John Harmon o Niño, muerto, en la rosaleda son dos relatos que, pese a corrección e interés no dejan a Doctorow en la mejor de las situaciones. Sí, de acuerdo, gran contador de historias, hombre ameno donde los haya pero… Pero. Una vez más, demasiado previsible. En un caso una investigación con fuertes implicaciones políticas (setecientas películas hemos visto ya, exactamente iguales) y en el otro una exploración en primera persona del peligro de las sectas no son precisamente lo que uno esperaba encontrarse. Leídos y, aunque no olvidados, tampoco sobrevalorados.

* * * * * *

Y podríamos seguir, pero también podríamos no hacerlo y ahorrarnos, así, por un lado el esfuerzo de escribir y por otro el de obligarle a usted, amigo lector que no venía preparado para esto, a leer un post indecentemente extenso.

Podríamos hablar de otros relatos (Wakefield, por ejemplo, en el que un hombre demuestra una especial habilidad en abandonar a su mujer o la más bien novela corta que cierra el recopilatorio) pero no vamos a hacerlo. Y no lo haremos básicamente porque no serviría de nada. A Doctorow hay que leerlo porque hay que leer a Doctorow. Punto. Es lectura obligatoria para todo aquel que aprecie la buena literatura. De lo poco que he leído de Doctorow esto es lo que menos me ha gustado pero teniendo en cuenta que se trata de relatos (genero que, como norma, odio) creo que estoy en disposición de afirmar sin temor a exagerar que sale, en líneas generales, muy bien librado. Mejor que bien, diría. No son muchos los libros de relatos que he completado/terminado a lo largo de mi vida (generalmente son miserablemente abandonados en algún momento, recuperados, reducidos); este es , pese a la antes mencionada irregularidad, uno de ellos.

Aquellos que deseen acercarse al autor sin enfangarse en tramas demasiado elaboradas (vagos y maleantes, fundamentalmente), esta es su oportunidad. Oportunidad que yo no dejaría pasar. Oportunidad, de hecho, que no dejé pasar. 



viernes, 18 de septiembre de 2015

‘Ve y pon un centinela’ de Harper Lee

«Eres un cobarde, además de un esnob y un tirano, Atticus. Cuando hablabas de justicia olvidabas decir que la justicia es algo que no tiene nada que ver con las personas». Scout, a papi.

Lo siento, pero no me creo que esta fuese aquella novela que Harper Lee aseguraba guardar celosamente en un cajón. Ya saben: cuenta la historia que Harper Lee escribió una novela que no pudo colocar porque a ningún editor le gustó. Se habla de diez, pero bien podrían haber sido cien, los editores que dijeron nanai, yo por esto no paso. Sus razones tendrían (lo siguiente debería ser un documental o libro de entrevistas sobre este particular). El caso es que malo sería pero algo tendría que le dijeron que tirase por ahí, que rascase un poquito, lo que dio como resultado el archiconocido Matar a un ruiseñor que es una novela absolutamente genial que, más que tratar sobre el racismo, trata sobre el paso del tiempo, que es una cosa que nunca pasa de moda.

Recordemos: en la novela un blanco “bueno” defiende a un negro “malo”, básicamente. Esto no hace mucha gracia en el microcosmos por el que se mueven los personajes, una pequeña población retrógrada y racista, pero sirve a la protagonista, Scout, una niña lista como un ajo e hija del leguleyo, para aprender algunas cosas de la vida, tipo no ser una hija de puta y tal.

Lo que importa: Matar un ruiseñor: taquilla que toca, taquilla que revienta.

Entonces nos dicen: ¡hemos encontrado la novela de Harper Lee! (perdón, no lo dije: la habían perdido). Recuperamos la ilusión, somos felices, inocentes, ingenuos. La emoción de volver a saber de Atticus, tan bueno y tan dulce todo él, y la de recuperar o resucitar, al Gregory Peck, que mira que era guapo ese chico. Porque conviene tener esto claro: no sé qué sería de Atticus sin Peck, ese ingrediente que potencia el sabor. Seguramente poco más que nada. 

Pues bien, en la presecuela (uno no sabe cómo llamara esta cosa) la niña linda, ahora de taitantos, vuelve al hogar a pasar unos días. Allí se encontrará con su pretendiente, abogado, también, como papi, y con su tía, clásica arpía de las películas de Bette Davis que vive entregada en cuerpo y alma al cuidado del buen hermano. Y San Papá, claro, es decir, Atticus Finch, mi padre, mi héroe.

Ya todos los sabrán pero en Ve y pon un centinela Atticus es un jodido racista de mierda. Eso sí que es un palo y no lo de Moisés. Nos metemos en nuestro papel y primero no nos lo creemos y segundo nos rasgamos las vestiduras, juramos en arameo y planeamos una decapitación a señora mayor por pecado imperdonable. Nos salimos tanto de madre que ya da igual que hayamos o no leído el libro: directamente lo devolvemos o fantaseamos con la idea de meterlo por lugares estrechos y oscuros. Da igual que sea bueno o malo, que la portada o la calidad del papel dejen tanto que desear. Nada de eso importa. Lo que sí importa es que nos han querido hacer trizas un ideal de metro noventa.

«Había sucedido todo tan deprisa que aún tenía el estómago revuelto. Dio un profundo suspiro para calmarlo, pero no se estaba quieto. Sintió que regresaban las náuseas y bajó la cabeza. Por más que lo intentaba no podía pensar. Solo sabía una cosa y era esta: el único ser humano en el que había confiado absolutamente, con toda su alma, le había fallado. El único hombre que había conocido al que podía señalar y decir con pleno conocimiento de causa: «Es un caballero. Es un caballero de corazón» la había traicionado, públicamente, groseramente y sin pudor alguno».

La novela, las cosas como son, no es una buena novela (que es otra forma de decir que es más mala que el hambre). Pero no es mala porque Atticus ahora sea malo (racismo caca), al fin y al cabo uno puede cambiar de parecer (hay tanta izquierda de derechas) o hacer evidentes opiniones que hasta entonces había mantenido ocultas por, no sé, lo que sea, como que una niña no podría entenderlo o algo. 

«¿Qué desgracia era aquella que había caído sobre las personas a las que amaba? ¿La veía acaso en toda su crudeza porque había estado lejos? ¿Había ido filtrándose poco a poco, a lo largo de los años, hasta ahora, o lo había tenido siempre delante de las narices y no lo había visto? No, eso no. ¿Qué era lo que hacía que un hombre corriente gritara inmundicias a pleno pulmón? ¿Qué hacía encallecerse a personas que eran como ella hasta el punto de decir nigger cuando antes aquella palabra nunca había salido de sus labios?»

Atticus está perdonado, si quiere, pese a dar tanto asco (ahora) pero la novela es mala porque la novela es aburrida y porque más allá de mostrar un Atticus racista no muestra nada. En Matar un ruiseñor una niña se hace mujer. En Ve y pon un centinela una mujer entrevista a familiares y pasea con su novio a la luz de la luna. Y uno se aburre tanto, pero tanto tanto tanto, durante la primera mitad que cuesta imaginar una razón para pasar de la página cien a la ciento una que no sea ver a Atticus confesar lo inconfesable. Resulta insoportable ese ir y venir de vieja de ochenta a los treinta; ese hundirse en el tedio durante demasiado tiempo con historias que, una vez terminado el libro, descubrimos que no aportan absolutamente nada a la historia que cuatro listos nos han querido vender.

No es una novela sobre el racismo; es una novela sobre un racista. Es una precuela que sólo funciona como secuela. Es oportunismo puro y duro. Es: Mire, Harper, el cinco por ciento de dos millones de ejemplares vendidos son muchos dólares. Ya, pero mi reputación… la posteridad…, responde ella aterrada. Señora, no joda, —aquí editor sin escrúpulos haciendo de las suyas— lo suyo no es normal: lo que no disfrute ahora se lo comerán los gusanos. Y… tiene usted razón; dele.

Desde la epifanía (Scout descubriendo el Gran Mal por culpa de un libro que se encuentra por ahí) toda la novela es ella, que ahora tiene nombre de mujer, lamentando profundamente su mala suerte y llorando amargamente lágrimas de ingenuidad por las esquinas…

«Ciega, eso es lo que estoy. Nunca he abierto los ojos. Nunca se me ha ocurrido mirar en el corazón de la gente, siempre he mirado solamente sus caras. Ciega como una piedra... Y el señor Stone... El señor Stone puso ayer en la iglesia un centinela. Debería haberme dado también uno a mí. […] Necesito un centinela que dé un paso adelante y proclame ante todos ellos que veintiséis años es mucho tiempo para gastarle una broma a una, por muy graciosa que sea».

… mientras se entrevista con uno y otra tratando de entender qué demonios ocurre, qué era aquello que pasó por alto y cómo no supo verlo a tiempo:

«Tú no te das cuenta de lo que está pasando. Hemos sido buenos con ellos, hemos pagado sus deudas y les hemos dado dinero para pagar la fianza y sacarlos de la cárcel desde que el mundo es mundo, les hemos dado trabajo cuando no lo había, les hemos animado a mejorar, los hemos civilizado, pero querida mía... esa capa de civilización es tan fina que un puñado de negros yanquis pagados de sí mismos puede echar por tierra el progreso de cien años en cinco...».

El combate final, directamente con Atticus (una razón más para creer que esta novela tiene menos de rescate de lo que se dice por ahí) pone los puntos sobre las íes y descarta toda posibilidad de malentendido: Atticus es racista. Punto. Mira que bien te la he jugado, pollo.

«— ¿Quieres que haya negros a montones en nuestras escuelas, en nuestras iglesias y nuestros cines? ¿Los quieres en nuestro mundo?
—Son personas, ¿no? Estuvimos muy dispuestos a importarlos cuando nos hacían ganar dinero.
—¿Quieres que tus hijos vayan a una escuela que haya bajado el nivel para integrar a niños negros?»