lunes, 7 de septiembre de 2015

‘Los viernes en Enrico´s’ de Don Carpenter

No lo he leído todo, claro, ni por asomo, pero de los libros que he empezado y terminado (fundamental, esto último) Los viernes en Enrico´s es lo mejor que se ha publicado en 2015. Y yo nunca me equivoco. Magnífica, magnífica magnífica novela que no me cansaré de recomendar. Llegarán a odiarme. Carpenter en el corazón para siempre. Lo dije en otra ocasión y lo dije muy en serio: siempre se suicida el escritor equivocado. Se me ocurren no menos de 17 escritores de reconocido prestigio (ja) que merecían morir (digamos figuradamente, si eso les hace sentir menos culpables) mucho más, pero mucho mucho más, que el bueno de Carpenter, que al fin y al cabo ha escrito una novela que es como una patada en la boca a tanto engreído, tanto innovador y tanto resucitador de las letras. 

Nota: mientras escribo esto ando enfangado en la lectura de la también soberbia Dura la lluvia que cae, lo que me lleva a preguntarme una y otra vez y otra y otra puta vez qué pasa que no está Carpenter más traducido en nuestro país; dónde demonios esta A couple of comedians, por ejemplo, novela considerada —aseguran desde Sexto Piso— por Norman Mailer como la mejor novela jamás escrita sobre Hollywood. Carpenter hablando de Hollywood tiene que ser LO MÁS.

Tanta editorial y tanta leche y todas mirando para no sé dónde y vendiendo motos y más motos. Tanto listo haciendo el tonto. Bonita desgracia la nuestra.

* * * * *

Y ahora viene la parte difícil porque lo cierto es que no tengo del todo claro cuáles son las razones por las que me ha gustado tanto esta novela. Por contarles algo del argumento —y no dejar esta recomendación en un vulgar acto de fe— les diré que trata sobre escritores que escriben o que no escriben pero que igualmente se tienen por tales allá por los años cincuenta. Está el escritor de raza, aquel que (cree que) tiene algo que contar, algo que viene de su propio pasado (su participación en la guerra de Corea, en este caso), un escritor prometedor, becado y aleccionador que dedicará una gran parte de su vida a redactar una obra monumental que parecerá no tener fin (personaje que recuerda a aquel de Chicos Prodigiosos (interpretado en la película por Michael Douglas) inspirado a su vez en el propio autor, Michael Chabon). Estará también su mujer que, acomplejada por la mastodóntica imagen que se ha formado de su marido, dejará la escritura para darse a la maternidad y la bebida y terminar reciclándose años más tarde como escritora mediocre de relativo éxito obsesionada con dar el salto a Hollywood, una ciudad que, irónicamente, es, para la mayoría de los escritores de esta novela, señal de éxito, como si tamaña perversión fuese posible.

«—Es mucho mejor que el primero —dijo con pedantería—. Tiene pasajes de emoción verdadera. Es un trabajo excelente.
— ¿De verdad te gusta? —Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Charlie tuvo que ver el efecto que estaban teniendo sus payasadas, porque dejó el manuscrito sobre la mesa del comedor y se acercó a ella para abrazarla y consolarla por haber escrito un libro que era una pérdida de tiempo».

Otras figuras son el clásico escritor que ha publicado un cuentito en una revista de reconocido prestigio y que sólo por eso ya cree ser el puto amo. Se ve que la tontería de hoy viene de ayer. El caso es que el tipo se bloquea porque en el fondo aquello había sido una mezcla de suerte y casualidad. Pasará la novela en caída libre y sin frenos demostrando una vez más que sí, que el tiempo pone a cada uno en su sitio y qué bien que así sea.

«Playboy no va a comprar una historia acerca de un tipo que está obsesionado con el sonido de su propia sangre. Probablemente ni siquiera saben de qué estás hablando.
Kenny pensó que la escritura era realmente extraña. Podías escribir y escribir y no saber nunca qué diablos estabas haciendo. El no había escrito una historia sobre un hombre obsesionado con el sonido de su propia sangre. Había escrito sobre lo fascinante que era escuchar tu propia sangre.
— ¿Por qué no escribes para niños? —preguntó Charlie.
Y así cambió la vida de Kenny».

El cuarto en discordia es un golfillo que, aprendiz de aquel genio de las letras que citamos en primer lugar, tiene la suerte de colarse en Hollywood no sabe uno muy bien cómo, publicando novelitas pulp de considerable éxito inspiradas en su propia experiencia carcelaria.

En definitiva, una fauna.

Pero la novela no es buena por representar una realidad más o menos variada, reconocible o intemporal (que, bueno, también) sino por la forma en que se dibuja esa realidad. Carpenter, ajeno a todo artificio, rechaza de plano andarse por las ramas o montar complejos artefactos alegóricos, porque a diferencia de otros muchos escritores que juegan a serlo, él sí tiene algo que contar (esto parece una estupidez, pero no lo es tanto) y lo cuenta: y lo hace con sencillez, con honestidad, con respeto, sin juegos de luces que sabe del todo innecesarios.

Y funciona. Perfectamente.

En Los viernes en Enrico´s, —novela que, aprovecho para comentar, no da un respiro ni tiene un triste momento que pueda ser tachado de aburrido— cumple una función: sirve para poner las cartas sobre la mesa y también para poner en evidencia la cuestión del talento, esa cosa tan discutible de la que todo el mundo presume y de la que casi todos carecen. No hace mucho un escritor hacía público en las redes su triste consuelo: Cervantes, Góngora y Quevedo pensaban que vivían en una época de mierda y resulta que era el siglo de Oro. Claro, la culpa es de los demás, que no saben apreciar nuestra labor, pero el tiempo nos hará grandes. No, querido, la historia os enterrará en cal viva como ha enterrado a tantos y tantos que pese a vivir en la edad de oro, nunca fueron nadie y nunca pasaron de la mediocridad. A esos infelices va dedicada esta novela de Carpenter a quien parece que se le olvidó incluir un quinto personaje: el escritor llorón. 

A veces, de verdad, no veo qué tiene que ver con la literatura esa idea romántica que tienen algunos de vivir del cuento.

«Conduciendo por Divisadero, Jaime negó con la cabeza. Los pensamientos paranoicos no dejaban de acosarla. Que Charlie no era el que obviamente era. Que ella no era digna de su éxito. De todos modos, no era éxito, sino un golpe de suerte, y más le valía que se preparara para que su segunda novela fuera tratada como se trataban las primeras novelas de la mayoría: sin reseñas, sin dinero, sin una gran edición en bolsillo o ventas al cine, etcétera. Se había preparado para que ese libro cayera en el olvido. Los críticos la tomaban contigo cuando a su juicio tu primer libro había recibido demasiada atención».

Carpenter no es, como dicen por ahí, un escritor de o para escritores. Carpenter es un escritor (brillante, eso sí) y punto. Todo lo demás es envidia cochina y ganas de salir en la foto.

Editores, tomen nota: queremos más Carpenter. Y lo queremos YA.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

“Los ojos de los peces” de Rubén Abella











El ocho de septiembre hará dos años que publiqué por primera vez el siguiente post. Hasta hace poco aparecía en la columna de la derecha, esa en la que se relacionan los artículos más visitados del blog. La razón de su desaparición fue (es) sencilla: fue denunciado (por segunda vez) por vulnerar no sé qué derecho de propiedad intelectual. (Intelectual, nada menos, como si la inteligencia pudiese guardar relación con este libro.) La primera vez no dije nada: con la elegancia que me caracteriza edité y eliminé las citas y lo restauré en su fecha original para no molestar a nadie y que nadie se fuese a molestar. Meses más tarde me arrepentí y volví a dejar las citas tal cual estaban. De ahí la nueva denuncia, supongo. De modo que aquí estamos, otra vez, ni indignados ni sorprendidos, editando un post que ya nadie visitaba y a nadie interesaba. En esta ocasión, y por aquello de no pecar otra vez de lo mismo, lo publicaré como novedad. Que no se diga que no pongo de mi parte.
Si alguien, quien sea, se avergüenza de lo que ha escrito (Rubén Abella), editado (Fernando Valls) o publicado (Menoscuarto), puede estar tranquilo: he vuelto a eliminar las citas. Eso sí, por no dejar cojo el post, en esta ocasión las he sustituido por breves resúmenes comentados. No será aquí donde se ponga nuevamente en evidencia a este selecto grupo de profesionales: a tan insigne editorial, a tan insigne editor y a tan brillante escritor.

* * * * * * 

Leo este libro por leer algo de la editorial Menoscuarto antes de morir. En mi biblioteca habitual esto era lo más reciente que tenían de ellos. Maldita la hora. Pero seguro que ha sido mala suerte. Seguro que Menoscuarto está repleto de obras magníficas. Estoy convencido de que Fernando Valls, el responsable de este desastre, es un hombre más que capaz de encontrar, entre los escombros de la literatura breve, escritores hechos y derechos que puedan darle al microrrelato un poco más del prestigio que merece. Los ojos de los peces no es un buen ejemplo. De hecho es, de todos los ejemplos posibles, seguramente el peor.

(La cita que ocupaba este espacio y que ha sido eliminada para no herir sensibilidades, contenía un microrrelato completo que hablaba de un hombre que, en el desvarío de la anestesia, cantaba la ubicación de un maletín con un millón de euros en billetes de cien. El cirujano, el anestesista y la enfermera se pusieron fácilmente de acuerdo: al salir de quirófano informarían de la muerte accidental del paciente.
Esto… este microrrelato es perfecto para poner en evidencia el sistema médico medicinal. No salgan de casa sin él.
)

La tentación de llenar esto de citas es grande porque así la reseña se escribiría sola. Rubén Abella es perfectamente capaz de descalificarse él solito. Me conformaré con ir dejando caer una por aquí y otra por allá para que se vayan haciendo una imagen mental de lo quiero decir. (NOTA: las citas son de microcuentos completos; aquí no hay trucos, nada de elegir fragmentos para sacar la cosa de contexto o de quicio o de donde crean algunos que sacamos las cosas en este blog.)

Entrando en materia

Los microrrelatos de este recopilatorio son una sucesión de chistes sin gracia y reflexiones más propias de un estudiante de segundo de la ESO con mucho tiempo libre que de un señor de cuarenta y tantos a quien se le suponen mejores cosas que hacer. Que digo yo si no tendrá Abella algo que pintar en casa, algún mueble que barnizar, alguna puerta que lijar, alguna mujer que tomar. El cine también es una buena opción si no tienes mesa de trabajo o atributos físicos destacables. Hay muchísimas cosas que hacer. Muchísimas. Honestamente, no sé quien le ha dicho a este señor que lo suyo es la nanoliteratura. Si ha sido Fernando Valls entonces Fernando Valls merece muerte por lapidación. O dejarlo a secar como un pimiento en un campo minado de aforismos. Y desde luego esterilizarlo. Bromeo, claro. Claro. 

Pero hablábamos del libro.

En la portada de Los ojos de los peces aparecen unos pescados. No sé si esto quiere decir algo, seguramente sí, pero a mí personalmente se me escapa el chiste y mira que yo para estas cosas tengo buen oído. De la totalidad del libro esto es lo que más me ha dado que pensar. Imagínense el resto. O, mejor, no se lo imaginen, que ya se lo resumo yo: 

En Los ojos de los peces se reflejan, dicen otros reseñistas, grandes cuestiones concentradas en pequeños instantes, como si de un famoso bombón se tratara. Ojear estos ojos de pez, dice Fernando Conde para ABC, es meter los dedos en el enchufe de la buena literatura. Uno esperaba, quizá porque acababa de leer a Lydia Davis, fogonazos de ingenio y humor a raudales y aún sabiendo que era mucho esperar lo que desde luego no esperaba era darse de bruces con la cruda realidad de no encontrarse nada más que — déjenme insistir en este punto— reflexiones de preescolar en relatos protagonizados por personajes que las más de las veces parecen deficientes mentales. [Y sigo poniendo poniendo ejemplo para que mi digan si estoy loco o qué]. Aquí un ejemplo:

(Esta cita, eliminada, también, por amor al prójimo, hablaba de un hombre que trabaja mucho, pero mucho mucho para poder pagar la hipoteca. Es un hombre que, a pesar de no ver a su familia y tener con su pareja una relación casual, se siente orgulloso de poder decir que es dueño del techo bajo el que duerme. El mensaje es claro: mais samba e menos traballar.)


A esto hay que añadirle el típico suicida y un señor que pasa a su lado y unas veces lo empuja y otras no y otras qué sé yo, que debe ser la reflexión en torno al egoísmo o el mal humor o la gente que se suicida y la que no lo hace. Un niño que pinta un dibujo en la pared y hasta que se descubre el pastel hay quien ve en el muro a Basquiat redivivo, vendría a ser la reflexión en torno al arte, como si no hubiera ya suficientes. Un señor que afirma que sólo es él mismo en carnaval, sería sobre la identidad. Un hijo que le dice a su padre que todo va bien cuando en realidad vive en la indigencia, supongo trata del orgullo o la vergüenza o, ya puestos, la crisis. Y un demasiado largo etcétera. Estamos en lo de siempre: si vamos a reducir el microrrelato a una chispa ingeniosa unas veces, vergonzante otras, tratemos al menos de hacer menos evidentes nuestras carencias.

Gracias a que me he leído todo el libro puedo imaginarme perfectamente a Rubén partiéndose de risa con la elección de los nombres (Crisóstomo, Virgilio, Melquiades, Dante, Zenón…) y creyendo que esto es una demostración más de su ingenio, esa cosa que, si nadie pone remedio, se desarrolla como un tumor. El ingenio adopta formas caprichosas; el de Rubén, si acaso no es una ilusión, tiene esta:

(Otra cita eliminada; otro corazón salvado. Cuando un viejo, buen padre y mejor esposo muere sus hijos descubren que en el fondo del armario guardaba látigos, revistas guarras de hombres copulando y cositas de cuero varias. Microrrelato diseñado para demostrar que, por muchas veces que le cambies el pañal, nunca llegarás a conocer a tu abuelo.)

Bien por Rubén Abella y bien por Fernando Valls y bien por el editor jefe de Menoscuarto por su nunca-suficientemente-reconocida-labor-editorial porque al fin y al cabo esta literatura no sólo hace grande cualquier otra sino que alimenta la esperanza de que todo lo que uno escribe, aquí o en cuarto de baño, desde el chiste más zafio a la chorrada más infame, será susceptible, antes o después, de ser editado, publicado y lo que es más importante, alabado. Porque del mismo modo que siempre hay un roto para un descosido, parece que siempre hay un microrrelatista apoyando a otro y el que no se consuela es porque no ha escrito un microchiste. No deja de ser gracioso que un género literario como el del microrrelato (y con permiso de la poesía), siendo tan poca cosa, tenga esa capacidad para concentrar semejante desvergüenza y falta de talento. Y es que da la impresión de que para dedicarse a esto hay que ser un poco bastante inútil.


(En esta ocasión son tres los micros eliminados. El editor puede volver a sonreír.
El
primero nos habla de un hombre que para evitar la rutina decide hacer algo diferente cada día.
Ya está. Es esto. Tiene 21 palabras. Más no se puede decir.
El
segundo es un señora que compra la lotería todos los días pero no se lo dice a su marido no vaya a ser que le toque. La lotería, digo, no su marido.
Es un profundo análisis matrimonial que no tiene igual en el panorama literario.
En el
tercero una señora cocina. Se nos cuenta, paso a paso, la receta. Cuando está listo sirve la comida en su plato y en el de un marido que no está.
De este no sé qué enseñanza extraer, honestamente, supongo que es un microrrelato comodín: vale para todo. Yo me hice un cocido con él.)

martes, 1 de septiembre de 2015

Resumen de lecturas AGOSTO 2015

A continuación, el habitual resumen de lecturas del mes de agosto, un agosto irregular tirando a positivo en el que la participación española, como viene siendo habitual, se lleva casi todos los palos. Lo peor: Garduño, Basabe y una cosa de Malpaso. El resto va desde lo normalito (Cañadas y Connolly), lo interesante, por inesperado (Néspolo), un entretenimiento de calidad (otra vez Connolly) y lo realmente bueno (Nabokov y Carpenter). De todo, como en botica. 

Lo dicho, ahora, el resumen y en algunos casos y muy pronto, reseña entrando en detalle.


Pronto será de noche de Jesús Cañadas

El tercer o cuarto episodio de la segunda temporada de The Walking Dead arranca con un flasback: un atasco fenomenal en una carretera de mierda cuando todo está más o menos empezando. La gente huye de la ciudad para evitar que los caminantes se los coman. El caso es que aparecen algunos personajes, que más tarde compartirán desdicha, estableciendo los primeros contactos únicamente por una cuestión de proximidad. Pronto será de noche también arranca con un atasco fenomenal. La gente huye, de algo, lo que sea y se establece una relación entre un grupo de personas por aquello de estar próximas unas a otras. El protagonista, en ambos casos, es un señor con una placa y fuerte sentido de la ética que trata de conservar la humanidad en ese caos que invita a romper los códigos morales. 

Pues a este tipo de cosas me refiero cuando hablo del daño que está haciendo The Walking Dead a la imaginación colectiva.



El límite inferior de Nere Basabe

Novela sobre la crisis. Yo no sé si es por esto que se habla tan bien de esta novela o sólo porque es aburrida. De verdad que no lo sé pero el caso es que hay un tedio que se respira de puro denso y un montón de críticos y amigos aplaudiendo con las orejas y celebrando el nacimiento de otra estrella en el firmamento, como si no hubiera ya suficientes. Terminé la novela, no sé cómo ni por qué, pero la terminé. No me siento orgulloso pero prefiero decírselo yo y no que se enteren por otros. 

Seguro que hay muchas y muy buenas formas, formas incluso brillantes, de explorar la crisis matrimonial, personal o económica o como en este caso, un poco de cada. Esperamos con ansia esa novela porque esta, desde luego, no es.

Reseña escrita y lista para salir en tres…



Risa en la oscuridad de Vladimir Nabokov

Brillante. De lo mejorcito que he leído este año. Pero claro, NABOKOV. Risa en la oscuridad es una historia de amor sin amor. O historia de odios, que es otra forma de amar. Lo que sea. Genial. Contiene algunas secuencias absolutamente brillantes, tan visuales, tan potentes, que no entiendo qué ha podido ocurrir para que haya caído tanto en el olvido esta novela. 

Habrá reseña. Ya la hay, de hecho. Pronto en sus pantallas.



Cosas raras que se oyen en las librerías de Jen Campbell

Hay cosas que no entiendo y esta es una de ellas. Libro de anécdotas, no sé hasta qué punto reales. Situaciones con querencia al absurdo en las que un señor, un librero (varios, de hecho, porque son varias las librerías que se toman como ejemplo) pone en evidencia la supina ignorancia de algunos clientes escogidos, ocasión que aprovecha para situarse permanente en una posición prepotente y elitista demostrando, también, una anormal querencia al chascarrillo y a tener la última palabra (una dinámica, esta, que, si nos fiamos de este libro, parece habitual en los libreros). Dos, tres… vale, hasta diez pueden hacer gracia. Doscientos no, sobre todo cuando el mismo chiste con variaciones se repite como catorce veces demostrando que igual no son tan raras, como se da a entender, las cosas que se oyen en las librerías. 



Con el sol en la boca de Matías Néspolo

Sorpresa. Sin volarme la cabeza, que es una cosa que, he visto, le pasa a mucha gente, que leen un libro (y si es un colega ya ni te cuento) y les vuela la cabeza o les deja el culo torcido, pues sin que pase esto tampoco pasa lo contrario. Ya no me quejo porque la verdad es que las primera páginas, con una prosa de frases exageradamente cortas, no invita precisamente al entusiasmo. Pero insisto, agradable sorpresa. Novela correcta, buen ritmo, más o menos interesante…. Bueno, no está mal. Néspolo ya es un nombre a tener en cuenta. Tiene una novela anterior que parece que lo puso en el candelabro que habrá que leer en algún momento.

Este agosto he trabajado mucho y bien por lo que SÍ, hay una reseña escrita que no debería tardar en salir. Perdonen, pues, que no entre en más detalle.



Dura la lluvia que cae de Don Carpenter

Don Carpenter es un fenómeno. Lo demostró con Los viernes en Enrico´s (novela magnífica de la que, caigo ahora mismo en la cuenta, no llegué a publicar reseña pese a haberla escrito, error que no tardaré en subsanar) y lo vuelve a demostrar con Dura la lluvia que cae. Sin tener un argumento que invite a tirarse de cabeza, Carpenter se demuestra un narrador tan hábil, tan correcto, tan elegante y la vez “corriente” (en el mejor sentido de la expresión) que el placer de la lectura reside precisamente en la lectura. Tengo la impresión de que podría pasarme la vida leyendo a Carpenter y no me cansaría nunca. Y eso no tiene precio.



Y pese a todo… de Juan de Dios Garduño

Hablamos hace muy poco de ella. Reseña aquí. Nada que añadir, realmente. Lo que venía a decir entonces era que me parecía un insulto a la inteligencia publicar algo como esto. Existe la idea de que una novela que entretiene ya vale la pena, tanto el esfuerzo de escribirla, como el de publicarla, como el de comprarla y leerla. Y no es cierto. No lo es desde el momento que lo único que ofrece es un entretenimiento argumental, es decir: qué bien, unos señores matando monstruos que parecen zombies, qué bien lo pasamos viendo lo mal que lo pasan ellos. Del mismo modo que no es lo mismo un Die Hard rodado por McTiernan que uno rodado por Harlin, tampoco es lo mismo una de zombies escrita por Garduño que una escrita por, no sé, Max Brooks, por ejemplo (cuando digo esto pienso en Guerra Mundial Z). La de Garduño parece la versión Torrente de Rio Bravo. Más clichés que donde se fabrican.



El ángel negro de John Connolly

Los atormentados de John Connolly

Los hombres de la guadaña de John Connolly

Por no eternizar el post voy a unificar estos comentarios. 

Recupero una vieja costumbre: leer a Connolly. Y más concretamente la serie de Charlie Parker que abandoné hace tiempo pese a que me gustaba bastante. NO hay mucho que decir, los seguidores de la serie sabrán de qué va la cosa y el resto debería ir mirándoselo. Cosa de investigadores con malos malísimos y presencias fantasmales que, a medida que avanza la serie, van cobrando protagonismo. 

El ángel negro me parece el más flojo de los tres. Los atormentados cuenta con un “villano” muy atractivo que levanta la novela desde el comienzo y en Los hombres de la guadaña cobran protagonismo los que hasta ahora eran secundarios. Esto me preocupaba un poco pero lo cierto es que al Connolly le ha quedado una novela “de acción” más que entretenida, lo que viene a significar que muere mucha gente.

Actualmente estoy leyendo Los amantes, otra de esas novelas que rompe el ritmo de la serie y en la que Parker investiga sobre su pasado. 



Y EL MES QUE VIENE…

Ah, no sé, ni idea. Ya veremos. Cuando empezó agosto lo último que esperaba era que iba a recuperar a John Connolly y mira. De modo que paso de hacer planes. Lo que tenga que ser, será. El cuerpo es soberano, que decida él. Yo le voy a proponer un libro Harold Brodkey llamado Primer amor y otros pesares que de hecho empecé hace unos días y me sorprendió muy gratamente (y estamos hablando de relatos); algo de Henry James (incluido en el tomo Nueva York); más Connolly; un libro de Guillem López que tengo por terminar (Challenger) y, probablemente, alguna otra cosilla de Nabokov (Ada, Pnin o Pálido Fuego) y Bernhard (Relatos autobiográficos, si no todos, alguno). Seguro: American Noir, que tengo empezado y merece ser terminado.



Pero lo dicho: ya veremos.