lunes, 16 de marzo de 2015

‘Malas palabras’ de Cristina Morales

Ya hace tantos años como veintiséis que Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos viene siendo una de mis novelas favoritas. Y lo es por muchas razones entre las que se encuentra el hecho indiscutible (advierto: in-dis-cu-ti-ble) de ser una novela magnífica y por muchos pequeños insignificantes detalles, entre ellos el siguiente: el Vizconde de Valmont, el protagonista absoluto (que en la versión cinematográfica de Stephen Fears es interpretado por un John Malkovich en estado de gracia), tenía una saludable y divertida costumbre: leía, antes de salir de casa, uno u otro libro en función del tono que necesitase para de seducir a la mujer equis, la que tocase aquel día, que menudo Vizconde era el Vizconde. Pues así Cristina Morales mirando de seducir a incautos modernetes. La escritora ha debido coger un par de libros (aunque bien pudiera no haber sido más que uno o tal vez ni tan siguiera lo cogió, tal vez se limitó a pasar las páginas con un palillo) de la amiga Tere, se ha empapado de estilo y se ha lanzado a imaginar la historia de la santa —con perdón— en formato de diario de secreto plagado de inconfesionalidades e irreverencias de corte feminista onanista.

No le ha salido del todo mal. O no parece que le haya salido del todo mal viendo que Lumen avala. Aquí un ejemplo, por ir entrando en materia:

«Discreta y temible Juana, amiga y envidia mía, que aprendiste que para poder hacer una mujer su voluntad debe ser muy queda, estar oculta, meterse a monja, hacerse temer más que hacerse amar, y que por eso no quieres ser descalza y me llamas loca, como nos llaman los hombres, porque al igual que ellos tú piensas que no hay poder en mujer gritona. Mucho me has enseñado, Juana mía, de los serpenteantes caminos del recato, gracias a los cuales mucho nos hemos recatado y divertido. Pero he descubierto yo otra manera de divertirse más divertida todavía, donde nos aguardan mayores placeres y poderes, porque seremos anfitrionas y no invitadas, Juana, y esa manera empieza por nuestro grito: un cartel en la puerta, de nuestro puño y letra y en romance, dirá: «Fiesta aquí hoy, mañana y siempre, siempre, siempre».

Bueno, tal vez no he hilado muy fino a la hora de elegir una cita. Culpen al maestro armero. En cualquier caso, seguro que se entiende lo que quiero decir, que es más o menos esto: podemos leer el diario de Santa Teresa o podemos leer el diario íntimo de Santa Teresa con Cristina Morales poniendo voces y pretendiendo aportar un punto, no sé, moderno, travieso pero dando como resultado una Santa Teresa tan poco interesante que casi da pena que no la haya matado la gripe española en la flor de la vida. Para Cristina Morales todo (siendo, todo, el tedio) se arregla poniendo un poquito de sado por aquí…

«Manos tironeando la camisa para descubrir un hombro, manos tironeando para descubrir el otro, tela que cruje y yo saliendo un instante del juego para pedir perdón con los ojos, y Diego, con otro gesto rápido, como actores a los que se les cae una lámpara y siguen como si nada, le quitó importancia. Crecida como la actriz cuyo parlamento interrumpen los aplausos, di un paso atrás, me saqué una vara de la cinturilla de la falda y le concedí un segundo a mi primo para que la contemplara. Varazo al aire, varazo al aire, Diego levantando la barbilla para dejarme expedito el camino y varazo desde un hombro hasta el centro del pecho: Sacrifica, Máximo, para verte libre de estos suplicios».

…o un carajo por allá…

«Diego me recordaba mi propia decrepitud, mi propia muerte banal, la esclavitud a la que es tan fácil someterse. No es que Diego fuera poco gallardo o que su vejez fuera desagradable. Era distinguido y templado, y llevaba un arete en la oreja. Moda sevillana, me explicó, y al sonreírme conseguí yo descansar un poco, incómodamente, como en un jergón vencido, pero descansar al fin de mi esfuerzo: desentumecer la lengua, erguir el cuello, preguntarle a qué carajo había venido».

… o un cagarse en la virgen santa por acullá:

«Tironazo del pelo: ¡Infame, que comparas el imbatible amor de Óptima [Óptima=Teresa] con el de una diosa virgen, adúltera y encima falsa! ¡Quédate con tu María en tu reino de los cielos, que yo tengo muchos para amarme!: Varazo en las piernas con la mano libre, acertando también y sin querer, de lo pegados que estábamos, en las mías, aunque mi parte la amortiguaron las faldas».

A esta nuestra Tere, TereSanta, le falta nomás que una guitarra con rifle de asalto en el interior y un caballo y dos pistolas y entrar al galope en el salón a pedirse un tequila. Pinche Teresa, qué buena estás.

Estrenamos género: Vidas Actualizadas de Santos. Filón, adelanto, que está muy de moda el látigo, artilugio que sienta especialmente bien al clero, y las penitencias y unas buenas hostias… Lo veo, de verdad que sí.

Leía el otro día, en un blog —creo que por casualidad aunque bien pudiera ser con aviesa intención—, a la dueña del susodicho, asegurar (como una forma de vender el producto, profesión esta a la dedica demasiada gente, que parece la red un inmenso bazar) que esta era una de esas novelas en las que cada capítulo hacía pensar al lector. El subrayado es mío. Las lágrimas también. Bueno… a ver… o sea… no sé, es decir… joder… ¿pensar en qué, exactamente? En cualquier otra cosa, entiendo, en cualquier otro libro, en dar carpetazo, en cagarse en todo, en hacer deporte, en limpiar la bandeja de entrada del Outlook o el trastero o el coche, en acabar de una vez con el hormiguero del jardín, en ordenar los comics con grapa… se me ocurren muchas actividades infinitamente (dentro de lo despreciable de su condición de cosas que nunca apetece llevar a cabo) más divertidas que leer esta novela-que-hace-pensar a no sé quién en no sé qué, como si ahora la fe viniera necesariamente acompañada de inteligencia. Pensar, dice. ¡Pensar! Malas palabras no hace pensar, hace dormir. 

Y todo esto (por aquello de volver a la novela) lo de la Tere contando sus cosillas de infancia y juventud tiene la siguiente explicación: un buen día, un curilla, amigo a la vez que confesor y objeto de arrebatos y sonrojos varios (que está la Tere como para que la aten, en la novela esta de Morales), le dice que se anime, que fuera de aquí estas pajas, con perdón, y que le vaya dando al lápiz, que tiene mucho que decir, que es mucha mujer para no dejar un rastro de babas tras de sí.

«Dios mío, ¿debo escribir que en mi juventud fui ruin y vanidosa y que por eso ahora Dios me premia? ¿Debo escribir para dar gusto al padre confesor, para dar gusto a los grandes letrados, para dar gusto a la Inquisición o para darme gusto a mí misma? ¿Debo escribir que no abrazo reforma alguna? ¿Debo escribir porque me lo han mandado y he hecho voto de obediencia? Dios mío, ¿debo escribir?»

O sea, no, nunca. Paqué. Si total…

Malas palabras es aburrida, que de todos los pecados es el único imperdonable. Eso de entrada. También pretenciosa y afectada en exceso. Eso de salida. No tiene historia más allá de un grupo de vívidos recuerdos de la señora con su primo el del arete en la oreja o el apasionante testamento de la madre de la santa madre que si no es para justificar el esfuerzo documental nosentiende.

No se dejen engañar por esa sensacional (lo admito) portada (especialmente si se arrejunta con la de la reedición del auténtico "diario" de Teresa que reedita Lumen) ni por el aniversario de la grande y libre y santa hermana, ni por esa cosa tan nuestra de chochear con tiempos pasados de alatristres y amplios calzones. Ya tenemos una edad; deberíamos saber que para vender humo ya están los estancos.


lunes, 9 de marzo de 2015

‘Sacrificio’ de Román Piña

Aquí el protagonista, un investigador en plan modernización del tirado de los años cincuenta; un Borgart venido a menos: «Llevaba poco tiempo en el negocio y no podía permitirme una secretaría. Mi cueva era un habitáculo de cuatro metros cuadrados, algo demasiado modesto para infundir confianza en los clientes. No tenía aseo y la electricidad se la chupaba al vecino de al lado. Mi ordenador cazaba el wifi de la oficina de turismo del ayuntamiento, ubicada en el piso principal. Un funcionario colega me había pasado la contraseña».

Chupar la electricidad, cazar wifis, tener funcionarios colegas nos da el tono cutresalchichero intencionado. Nos falta el caso. Uno esperaba una mujer hermosa y vengativa, fumadora empedernida, pero, no podía ser de otro modo, Piña se desmarca con un caso tonto a rabiar solicitado por un varón de mediana edad. A saber: un profesor de lenguas clásicas, que se autodefine como un hueso, ha recibido un par de llamadas a hora intempestivas y quiere saber quién es su “acosador”. 

Claro. Si el tema es este, malo.

Afortunadamente no lo es. Afortunadamente semejante planteamiento y su resolución apenas ocupan el primer capítulo y con él únicamente se espera dar a conocer a dos de los principales protagonistas (uno indiscutible, otro secundario) de la trama, amén de posicionarlos ideológicamente. Podía haber sido menos ridículo, cierto pero es casi lo de menos; el tema, en realidad, es este otro: literatura y crueldad. 

Sacrificio es, si lo piensan, una novela bastante sádica.

La cuestión es de rabiosa actualidad: libros oportunistas, editores sin escrúpulos. 

Abrimos paréntesis.

Al comienzo de la segunda parte de La Mala Puta (una parte que trata, grosso modo, el tema de los escritores y el fracaso), Román Piña se cita a sí mismo al hacer público un correo que acaba de escribirle a un escritor equis en el que le dice lo siguiente:

«No voy a publicar tu novela autobiográfica. […] No quiero que la escribas. No quiero que llegue a publicarse una novela, por buena que sea, contando tu vida, una vida que tú mismo (y cualquiera) llamas vida de maldito, de fracasado, la historia triste, accidentada, […] No quiero que el mundo conozca ese rosario de incidentes lamentables de tu vida que en efecto son dignos de un relato de ficción, pero también patéticos, tristes».

No quiero, no quiero, no voy a publicar… Así no hay manera de hacerse millonario. Román Piña finge olvidar lo fundamental de las biografías: la miseria de los miserables se vende mejor que las fantasías eroticofestivas de un hombre satisfecho. Sacrificio vendría a ser algo así como la prueba.

Cerramos paréntesis.

Ahora sí, lean un resumen de lo que realmente trata Sacrificio: 

Un tronco es secuestrado. El tronco, «un personaje público de gran fama», «había nacido sin brazos ni piernas. Sólo con una especie de alita, como un dedo extraño, donde debía nacer su brazo derecho», a pesar de lo cual o precisamente por era enormemente popular y querido: «Todo el mundo adoraba a Horacio Topp».

Pues eso, que un día lo secuestran. Tarda en aparecer, no sé, una buena temporada, tres meses, creo recordar, puede que algo más. Aparece en un caja, delante de su casa, en un estado que…, bueno, decir lamentable sería quedarse corto. Ya no era ni tronco, si acaso un triste tallo marchito. Y como viene, se va. Sus papis, sin entrar en detalle, se lo llevan y a partir de ahí ya todo es silencio administrativo.

Y entonces, la misma editorial que un buen día publicó un libro suyo que apenas vendió lo justo para cubrir gastos, publica un libro contando, con todo lujo de detalles y en primera persona, el infierno por el que pasó Topp durante su secuestro. Lo peta, claro:

«La noticia de la aparición del libro había salido en la prensa con una cobertura a la altura de su importancia. «Se publica una novela que relata el secuestro de Horacio Topp» y similares titulares en la prensa española e internacional no respondían a la sensibilidad del periodismo del momento ante la literatura, sino a su adicción a los aspectos más oscuros del comportamiento humano».

Y hasta aquí puedo leer o me matan.

Además da igual porque básicamente esto es todo lo que necesitan ustedes para entender el chiste.

La enseñanza de Sacrificio es la que señalábamos más arriba: si quieres vender, vende basura. Sin entrar en jugosos detalles les diré que Topp las pasa putas putísimas. En ese sentido Sacrifio es una novela gratamente violenta que en modo alguno me hubiese esperado de un escritor como Román Piña pero que va muy bien con el perfil editorial de Salto de Página, editorial especializada en malotes. Nada que objetar; nos gustan los malos. Tampoco por la parte del entretenimiento: Sacrificio se lee en un suspiro no sólo porque sea breve, sino porque sabe interesar al lector. También es verdad —y esto no es ningún secreto— que resulta mucho más fácil suscitar interés hablando del sufrimiento físico y mental de un ser inocente e indefenso que hacerlo narrando la experiencia un escritor que va de veraneo a la aldea de su infancia por más que el fondo sea, en ambos casos, la literatura. En el fondo Sacrificio no es muy diferente de lo que denuncia. 

El problema (aquí estamos otra vez) es que lo que denuncia, además de tener un público bastante “literario” ergo limitado (pese a que va camino de gran verdad la afirmación de que hay más escritores que lectores), no está realmente a la altura de lo esperado sin saber exactamente en qué estamos pensando.

Piña se repite y va camino de acabar pancartista total si no empieza a matar “sin doble intención”:

«—El mundo ha cambiado. No sé cómo es, sólo sé que es un mundo en que ningún libro volverá a ser un bestseller como los de antes.
—[…] mi error fue no darme cuenta de que el libro no contaba nada nuevo. […] El fallo estuvo en que no habíamos ofrecido una nueva tragedia que deslumbrara al público, un secreto aterrador». (Sacrificio)
 o
 «En el siglo de la información, el progreso, la educación y el bienestar en Occidente, la insignificancia de la literatura, la irrelevancia de la figura del escritor (“el escritor no es nadie”, me dice Sara Mesa), y la confusión y perversión de la pequeña sociedad literaria, arrojan una predicción funesta: la extinción de los lectores. No creo que valga aferrase a que hoy escriben en España una legión de Cervantes. Si sus obras no las leen a su vez legiones, el saldo es lamentable». (La mala puta)

Sí, el mundo ha cambio; claro que ha cambiado. Claro que “el escritor ya no es nadie”. Por qué iba a serlo. Seamos serios: ¿a quién le importa el escritor? La gente no compra escritores. La gente compra novelas. Los escritores existen porque necesitamos figuras a las que odiar, mitos que derribar y experiencias que repetir. La peor biblioteca del mundo tiene más libros de los que se pueden leer en una vida. Los escritores no mueren, se suicidan. La literatura es ya un juego, nada más. Se acabaron los betsellers, se acabaron las doscientas traducciones, las setenta ediciones. Todo es mentira. Pero esto no es nuevo. Hace tiempo que viene siendo así. Me vendo: díganme una buena novela, sólo una; una novela realmente buena, una novela indiscutiblemente buena que haya sido escrita en los últimos veinte años. Una novela española jodidamente buena. Una. Mi blog por una buena novela. 

Es un decir.

Ultima observación antes de bajar el telón: se echa de menos, en Sacrificio, el lamento habitual de los últimos tiempos: el pirateo. No se puede hablar (como se habla aquí, por más que uno no espere realismo) de una primera edición de 50.000 ejemplares que se agota en un día y no decir nada de los cientos de puestos de trabajo que se pierden por las cifras millonarias que se dejan de ingresan tras la estimación, siempre a la baja, de los cuarenta o setenta y cinco millones de descargas diarias. El pirateo como la última esperanza y fantasía erótica del fracasado.


lunes, 2 de marzo de 2015

‘La primera mentira’ de Marina Mander

Esto fue más o menos así o al menos así es como me gusta imaginar que fue: 

En una mesa: café con leche, sin leche, te sin teína, un refresco de cola con vainilla, sacarina, tres pastillas para la tensión, dos croissants integrales y unos palitos de pan de pipas. Tras ellos, cuatro mujeres de mediana edad, de las que rozan los cincuenta por el lado equivocado, compiten por tener la sonrisa más blanca. Una de ellas, la que tiene un manuscrito en la mano (folios satinados de 100 gramos en estuche de piel de escroto de oso panda) viene de ponerse algo en el pelo y está que no le puede dar un beso ni desde la puerta. Lo comenta mientras entra en materia, justo antes de soltar lo que ha venido a soltar: he escrito un libro. Qué bien, genial, estupendo, las tres, al unísono, entusiasmadas. Parecen sinceras. De qué trata, le preguntan. Se lo dice. 

Les dice: A un niño, un niño que parece pequeño, huérfano de padre, se le muere, un día, su madre. (¡Ohhh!) El niño está en casa, a solas con ella. La sacude y no se despierta. Su gato también: la sacude y no se despierta. El niño hace sus cálculos, el gato también: si ni papá ni mamá, orfanato. Y puesto que orfanato no sin mi gato el niño decide, adivinen, mentir: hacer como que no pasa nada, seguir con la vida tal cual la conocía pero sin usar posavasos. La novela es eso: el niño a su puta bola y su madre cadáver en la habitación de al lado, con su rigor mortis, su ponerse ciega de gases y su descomposición. 

Y, bueno, no pasa nada y pasan un montón de cosas, aunque más o menos son siempre las mismas: el niño listo como un ajo reflexionando acerca de lo que será de él a corto plazo y las soluciones que ve: 

«Es terrible.
No quiero ir.
No quiero ser completamente huérfano.
Mejor cualquier otra cosa.
Mejor contar que mi madre se ha ido.
O no decir nada, y hacerme el tonto.
Mejor encontrar el método de arreglárselas, no será tan difícil. Mejor procurar sobrevivir.
Mejor esconder y sonreír.
Mejor usar la imaginación, dejar que se te ocurra algo especial.
Mejor confiar en que todo pase rápidamente.
Mejor hacer tres mil flexiones seguidas, seis plantas de escaleras a la pata coja, divisiones de memoria.
Mejor enterrar al koala Kolly.
Mejor pensar en lo mejor.
Mejor creer que dentro de poco mi madre se encontrará mucho mejor.
¿No es cierto, mamá, que dentro de poco te encontrarás mejor?
Mejor pensar que aún podría haber algo peor.
Aunque, si mi madre está muerta, ¿podría haber algo peor?» 

Pero no adelantemos acontecimientos. Centrémonos. Estábamos en la merendola de Marina Mander y sus amigas desesperadas. 

Léenos un poco, le piden, entusiasmadas (¡salta, salta!). Ella, que finge elegir al azar un párrafo cualquiera, salta: «Envidio a mis compañeros de colegio porque pueden lloriquear alegremente si les da la gana; yo no, porque mi madre está tan triste que no puedo estar más triste que ella. Terminaríamos ahogándonos. Y no tenemos un padre que nos salve, un bombero de esos de los atentados que te saque en brazos, lejos del peligro, un padre como los que salen en los anuncios. Nosotros corremos siempre un poco de peligro». Ohhh, criaturita. Ellas. Al unísono. Más, más. Más, al azaroso azar: «si alguien tiene una cara que parece un culo, con una raja en medio de la nariz y la piel rosada de bragas de monja, yo no tengo la culpa». Jijiji, desvergonzado, menudo elemento. Ellas, interrumpiéndose. Más, más, más. ¿Más? ¡Más! Más: «Chorros de agua caliente me brotan de los ojos mientras el oso polar sobre su ladrillo frío es arrastrado por la corriente». Ay, por-fa-vor, qué cosa linda, que me lo como requetecomo. ¡Más, más, más! Más: «Es la primera noche sin un buenas noches. Desde hace mucho tiempo, quizá desde siempre. Tendré que acostumbrarme a renunciar al roce de mi madre en la mejilla, a eso que más que un beso parece un suspiro, un soplo tibio que da buena suerte». Mira, mira, no me hagas llorar, una. Se me encoge el corazón, de verdad, que ni la muerte del Papa, otra. Dime, por favor, que nos lo dejarás leer, que me muero que me muero que me muero, la tercera, la del te sin teína. A estas alturas Marina ya va por el tercer orgasmo. Y no será el último. Lo voy a publicar. Bien por ti, ánimo, suerte y tal, lo habitual. No me habéis entendido, les dice (toda la puta tarde fantaseando con este momento y aquí está, ya, al fin): ya tengo editor; lo voy a publicar; es un hecho; en un mes está en la calle. Se desata la locura: gritos, zapateaditos, saltitos, se pierde un poco (no mucho) la compostura, piden un muffin de chocolate para compartir. Dinos, dinos, quién te edita, quién. Sonríe. Ya es una estrella. 

La edita, en Italia, Et al., que no sé quiénes son ni si valen la pena el esfuerzo de interesarse por ellos. En España, un año después, edita, quién, Lumen, claro. Claaaro. Mujer italiana de cincuenta y vamos-a-dejarlo-ahí escribe novelita de niño y madre y amor fecundo y besos y caricias ¡sobre cama de drama terrible! y tal, ¡y no va a editar Lumen! Ni que hubiéramos nacido ayer. 

Al grano. 

‘La primera mentira’, y lo digo desde el cariño más sincero de que soy capaz, es un poco tontada. Para empezar, el niño es el típico niño que más que dos besos lo que merece son dos buenas hostias. Sobre todo al principio; después te acostumbras y le coges cariño, que es lo que en cierto modo viene haciendo de esta novela el amor que tantos pregonan y lo que salva a los niños de ser abandonados masiva y miserablemente en bosques aledaños: 

«Cuando mi madre se entristece mucho le salen arrugas en la frente, semejantes a las marcas que dejan las olas en la arena, hasta hartarla de tanto repasarla. […] Cuando tiene pesadillas mi madre dice que en este mundo no se puede ni dormir en paz, y yo soy del mismo parecer». 

No me digan que no es para partirle la cara. Así no se habla ni a escondidas. Pero bien, no pasa nada. Se traga y punto. Es lo que hay que hacer, no? Tragar. Tragar el relato de un niño narrado en primera persona con una voz que resulta del todo increíble y lo que es peor, indefinible, que no sabe uno si el crío tiene ocho, diez o doce años, que unas veces parece de dos o otras de quince: 

«No encontré las hojas, encontré medias, bragas y también un cacharro rosa con forma de pilila escondido debajo de las medias y las bragas. El cacharro se enciende con un botón y hace brrrrr, como una batidora». 
«El espejo está completamente opaco por el vaho, escribo con el dedo puta mierda. Entro en la bañera. Al principio el agua está caliente, luego tibia. Mi pilila flota en la bañera, más semejante a una anémona marina, esas excrecencias que también se ven en los acuarios, que al cacharro que mi madre esconde entre las bragas. Me pregunto si al crecer se volverá como el cacharro y también sonará, o solo hará un leve chapoteo como el de ahora, mientras la espuma chisporrotea a su alrededor». 

No entender qué es un consolador pero sí utilizar en la misma frase anémona y excrecencia o saber cosas tipo «si alguien tiene una cara que parece un culo, con una raja en medio de la nariz y la piel rosada de bragas de monja, yo no tengo la culpa» es, cuando menos preocupante. 

No hay asomo de madurez ni un triste cambio aparente más allá de algún que otro mal chiste  que trata de resolver ambas cuestiones («Ya no soy un huérfano, soy un soltero») y no hay reacción visceral realmente creíble fuera de los dos o tres momentos en que Marina Mander se acuerda de que un niño es un niño y de que la especialidad de estos bichos son las pataletas: «Mi madre es una capulla. Capulla, puta. Todos los adultos son capullos y putos. Bastardos. Cabrones. Mierdosos. Memos. Tarados. Estúpidos y capullos. Capullos, apestosos, cagones. Ceporros. Ignorantes. Los odio». Al fin algo refrescantemente creíble. 

Resumiendo, que tampoco es plan de escribir una reseña más larga que el propio libro: La primera mentira apela directamente al corazoncito humano para enmascarar las carencias argumentales (toda la novela es más, siempre más de lo mismo) y una absoluta falta de habilidad para la construcción de personajes que, infantiles o no, puedan ir más allá del estereotipo de niño medio-autista-de-alto-coeficiente-intelectual y madre superada por las circunstancias y ganas de mandarlo todo a la mierda a golpe de chupar bolitas de alcanfor.