viernes, 27 de febrero de 2015

Resumen de lecturas FEBRERO 2015

Mes completo, mes de extremos. Lo que bien, muy bien; lo que mal, fatal. Cierto, también hubo términos medios; ya he dicho que ha sido un mes muy completito.

Al grano. Las novelas leídas fueron las de la imagen. Inmediatamente después, un resumen de cada una.




* * * * * * 

‘El aliento del cielo’ de Carson McCullers

Sin ser un fan del relato sino más bien todo lo contrario tengo que reconocer que alguna de las piezas incluidas en este recopilatorio son realmente magníficas por razones que, como ocurre en la mayoría de los relatos, ni yo mismo acabo de entender o sí y no me apetece hablar de ello. Que el relato de una mujer observando a sus vecinos a través de la ventana sin mayor repercusión que los ires y venires ajenos se le quede a uno grabado a fuego en la pupila tiene un mérito enorme toda vez que de estas memeces está la literatura llena. Por haber sido leído a finales del mes pasado (pero terminado a comienzos de este) muchos relatos son ya un recuerdo vago, pero un recuerdo agradable. 

El resto del tomo incluye una serie de novelas cortas de la escritora de las que ya hemos hablado en su momento y que también muy bien. Todo genial. Super. Muy recomendable.



‘Siempre hemos vivido en el castillo’ de Shirley Jackson

Pueden ustedes leer la reseña aquí: pero por si les da pereza (no debería, pero allá ustedes) les diré que esta cosa viene a ser algo así como la precuela de algún cuento infantil con casa oculta en el bosque pero en versión adulta. Esto suena genial y en parte lo es y en parte no tanto. A pesar de que a ratos es alargada en exceso resulta un buen entretenimiento y, se me ocurre, una forma ideal de introducir a los críos (críos de cierta edad, tampoco hay que forzar) en una narrativa diferente pero con el atractivo de lo que para ellos venía siendo costumbre hasta la fecha.

Extracto de la reseña: «La cosa va de esto: Merricat, la narradora, era una encantadora, traviesa y desobediente niña de doce años «a la que enviaron a dormir sin cenar» el mismo día que cuatro miembros de su familia fueron asesinados por envenenamiento. Arsénico. Arsénico en el azucarero. Arsénico sin compasión. Seis años después Merricat vive en una casa con jardín y bosque y portal con candado con su hermana y su tío, únicos supervivientes de aquella cena fatal. La hermana, acusada en su momento de la masacre y absuelta por falta de pruebas, padece una severa agorafobia que le obliga a vivir recluida con ese viejo inválido y esa niña, Merricat, que es todo imaginación desbordada y que parece que tenga sometida a la banda de dos con su candor, mayúsculo en comparación con la degradación que los rodea».



‘Matate, amor’ de Ariana Harwicz

No quiero perder más el tiempo con esta novela. Les dejo un fragmento de la reseña que pueden leer íntegra AQUÍ: «Matate, amor es, mejor que un título, una magnífica idea que presume de la siguiente estructura: principio, caos y fin. Defina caos: querer contar, pero no saber qué; querer decir, pero no tener ni idea de por dónde tirar. Ir a lo fácil, jugar al despiste, pajaritos preñados y versitos encadenados. Fingirse moderno hablando de pollas, mujeres salidas, armarios empotrados o abusos varios. No haber superado todavía el cacaculopedopis y vivir para contarlo».

Junto con la siguiente, una de las peores lecturas de este año.



‘Los huérfanos’ de Jordi Carrión

Idem que la anterior: novela horribilis que directamente me ha quitado las ganas de leer cualquier otra cosa del escritor. Esto no me pasa todos los días, de ahí la mención especial. La reseña, aquí:  y una aproximación a la misma, días antes, aquí.



‘Sacrificio’ de Román Piña

Sorprendentemente, no ha estado mal (léase entretenida y no se fuerce mucho la vista). Digo “sorprendentemente” por aquello de ser, Piña, un algo-menos-que-joven escritor y la editorial pequeña y su trayectoria (la de Piña) (la literaria) un tanto irregular y, desde mi corta experiencia (sólo había leído Stradivarius Rex), decepcionante. 

No digo más. Hay una reseña escrita. Está en el horno. La próxima semana en sus pantallas.



‘La primera mentira’ de Marina Mander

Iba a decir “decepcionante” pero mentiría como un bellaco porque lo cierto es que no esperaba gran cosa. ¿A qué viene entonces leer algo de lo que no se espera demasiado? Pues qué quieren que les diga, a nada. Ha sido un acto de pura maldad. 

Mismo caso que el anterior: la reseña está escrita. Me pillaron, las dos, con ganas de hablar y me han quedado un poco largas. Además confieso que me lo pasé especialmente bien escribiendo esta. A riesgo de repetirme: la próxima semana, más o menos, en sus pantallas.



‘Cuatro por cuatro’ de Sara Mesa

De esta no hay (ni creo que llegue a escribirla) reseña. Razón: ninguna. Simplemente no apetece. Cuatro por cuatro, que resultó finalista del premio Herralde hace, no sé, un par de años, me ha dejado un poco frío, la verdad. About la novela: después de una más que decente y breve y prometedora primera parte llega una segunda bastante más floja y con querencia a desinflarse en su avance. Argumentario: en un colegio de pago, de mucho pago, donde conviven los alumnos de primera (clase A, digamos) con los hijos de los empleados (clase B) pasa algo terrible, que es una forma tan buena como cualquier otra de llamar la atención. Se sabe, se intuye, se va descubriendo con el narrador y se va aceptando la náusea. A disgusto se percibe que se le da muchas vueltas a eso tan malo; se llama a las cosas por otro nombre y se asiste a situaciones muy poco creíbles. Con todo, un buen entretenimiento. Con todo, un mero entretenimiento. Se esperaba algo más del Herralde, pero supongo que hacen lo que pueden con lo que reciben.



‘Alias Grace’ de Margaret Atwood

Magnífica. No de cinco estrellas, que esas las reservamos para novelas que nos hagan explotar la cabeza, pero muy buena muy buena muy buena novela. La reseña, que pueden leer AQUÍ, tiene dos días de vida. Comprendan mi desgana a la hora de volver sobre ella. Si este fuera un blog de pago pondría un poquito más de mi parte. No es el caso y porque no es el caso es por lo que vamos a dejarlo en acto de fe: les invito a leerla (la reseña y, por descontado, la novela). 



‘El castillo’ de Franz Kafka

Cuando empiezo a escribir es post no han transcurrido ni cinco minutos desde que he terminado de leer la susodicha. No quiero hablar de ella, no me apetece o sí me apetece pero no he pensado todavía en ella, no, al menos, lo suficiente. Total, que no he llegado a ninguna conclusión pero así, de entrada, puedo decir que la he disfrutado más de lo que esperaba y por momento algo menos de lo que quisiera y eso que no conocerán a nadie menos interesado que un servidor en leer novelas inacabadas de escritores muertos (jódete Foster Wallace). Pero, coño, estamos hablando de Kafka y mira, hablamos de edición ilustrada y de Sexto Piso y uno, qué quieren, tampoco es imbécil y si se lo ponen en bandeja y lo adornan bien, si el lacito es colorido, cae con todo el equipo y tan feliz que lo hace, que ya quisiera no dejar de hacerlo, de caer, si fuese siempre así la cosa de resultona.

En nada, la semana que viene, me pongo con la reseña o la aproximación o lo que sea que sirva para hablar un poco de esta novela sin final.



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En la categoría de abandonos o rendiciones incondicionales, dos novelas muy diferentes:

‘Los jardines estatuarios’ de Jacques Abeille parte de una premisa que no puede ser más interesante ni queriendo. Un hombre llega a un país en el que los jardines son de piedra: enormes estatuas crecen como enredaderas y se han de podar con martillo y cincel. Dos veces la he empezado y dos veces la dejé en la página 50, no porque sea mala, no lo parece, ni por costumbre; simplemente no es todo lo interesante que aparenta, lo que cuenta, la forma de hacerlo, como dos jubilados estuviesen poniéndose al día, no resulta lo bastante atractiva. Que no está a la altura de las expectativas generadas, vaya. 


‘Gilead’ de Marilynne Robinson es una novela de la que he oído maravillas desde que tengo uso de razón. Nada más lejos de la realidad. Creo que no he pasado de la página veinte o treinta. Un hombre, predicador para más señas, ve pronta su muerte y no se le ocurre mejor forma de aprovechar el tiempo que escribirle una laaaaarga, larguísima y aburrida, aburridíiiiisima carta a su hijo contándole, bueno, sus cosillas y tal. Un padrecito cargante en exceso.



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EN MARZO


Cosas que quiero leer:

Uno. Celso Castro se estrena en Destino con una novela llamada ‘entre culebras y extraños’. Aquí un #celsocastrista. Esto sale a la venta el día cinco. Ya les adelanto que el seis estoy yo en la librería o un día antes haciendo clic en alguna web si veo que la logística va a estar complicada, que seguramente.

Dos. Terminando estoy un libro, uno de Lydia Davis. Ni puedo ni quiero, se llama. Son relatos cortos, menos cortos, sueños, interpretaciones. Piezas breves. Me gusta Lydia Davis y me gustan sus micros pero no se lo digan a nadie. Lo negaré.

Y tres. También en marzo, el 26, ya casi abril, nuevo ladrillo de James Ellroy. 784 páginas de pura Perfidia. Vuelve el cuarteto de Los Angeles y yo con dos sin leer (El gran desierto y Jazz Blanco, si no me falla la memoria). Marzo podría ser, precisamente por ello, un buen mes para ponerse al día si no tuviese también pendiente Sangre Vagabunda. Mucho Ellroy me parece a mí para tan poco Tongoy. Ya veremos.

Hablamos.


jueves, 26 de febrero de 2015

Breve nota de urgencia sobre “Alias Grace” de Margaret Atwood

Me prestaron este libro hace quince años. Me dijeron: léelo, está muy bien. Yo por entonces apuntaba maneras y entre la desconfianza natural y que la portada no podía ser menos estimulante ni añadiendo de reflejo en el espejo un chico sin camiseta haciendo flexiones, fingí creerlo y, agradecido, lo acepté, lo guardé en una estantería, después en otra. Me mudé. El habitual ritual. 

Pues bien, quince años después toca restitución de honor a quien corresponde. Supongo que ahora debería devolvérselo pero suponer es gratis y yo estoy a favor de los derechos adquiridos.

El caso es que Alias Grace ha resultado ser una más que agradable sorpresa. Me quedo con eso. Y con el libro. Ja.

Esto sería una reseña si tuviese tiempo, puesto que no lo tengo va cómo va y va a vuelapluma y va como Breve Nota de Urgencia que una forma muy poco elegante de pedir disculpas por lo rápido y breve. Me van a tener que perdonar, por tanto, la ausencia de citas (esto se demostrará falso en cuestión de segundos) y rigor acostumbrado (jaja) pero de verdad de la buena que no puede ser y si lo dejo pasar sé que no la voy a escribir (esto tiene que hacerse en caliente) y tampoco quiero pasar siempre por ser el que lee lo que no le gusta y todas esas chorradas. 

Pero esto quería ser una nota BREVE.

La historia está basada en hechos reales, al más puro estilo película de sobremesa de Antena3 (pienso que me puedo estar equivocando; ignoro si las siguen emitiendo) en las que apenas se respeta el nombre y la idea general del original y se fantasea sobre todo lo demás. (Exagero). Atwood, tomándose las licencias propias de la ficción, es decir, todas, noveliza la muy novelable siguiente cuestión: una joven criada de dieciséis años y un joven criado de algunos más, matan y roban al ama de llaves y al señor de la casa, soltero todo él y amante de la fallecida. Después huyen, los capturan, los juzgan y los condenan: al él lo matan por hombre (es lo que hay) y a ella, tan dulce, tan atractiva, la acusan de loca y la mandan a un sanatorio y más tarde a una prisión común y veinte años después, una vez indultada, a la puta calle

«Como es natural, he novelado los acontecimientos históricos (tal como hicieron muchos comentaristas de este caso que afirmaron haber descrito acontecimientos reales). No he modificado ningún hecho conocido, si bien los relatos escritos son tan contradictorios que los hechos inequívocamente «ciertos» son muy escasos. ¿Estaba Grace ordeñando la vaca o recogiendo cebollinos en el huerto cuando Nancy fue atacada con el hacha? ¿Por qué razón el cadáver de Kinnear llevaba puesta la camisa de McDermott y de dónde sacó McDermott la camisa, de un buhonero o de un amigo del Ejército? ¿Cómo llegó el libro o la revista manchada de sangre a la cama de Nancy? ¿Cuál de los distintos Kenneth MacKenzie posibles fue el abogado en cuestión? En caso de duda, he procurado elegir la alternativa más probable, tratando de dar cabida a todas las posibilidades siempre que ello fuera factible. En los puntos de los archivos donde sólo hay insinuaciones o visibles huecos, me he tomado la libertad de inventar». (Martgaret Atwood en el epílogo)

Esto se traslada al papel del modo siguiente: un psiquiatra que quiere medrar se entrevista largo y tendido con famosa criminal durante la estancia de ésta en la cárcel muchos años después del hecho delictivo. La idea es tratar de entenderla o descubrir la verdad (fue ella, no fue ella, fue sólo él, eran amantes, no lo eran, qué quién cómo cuándo dónde) y, ya puestos, alcanzar la fama a través de algún descubrimiento genial; montar su propio sanatorio, ser una estrella más en el firmamento. Ella, reticente al principio, se abre repentinamente de par en par cual silvestre florecilla y todo es a partir de ahí un no parar de contarle hasta los más íntimos secretos al maldito alienista. Sobre esto flota una duda permanente: puede ser todo mentira o puede ser todo verdad. Decida usted, amigo lector, qué clase de mujer, dentro del amplio abanico que ofrece la sociedad, es nuestra Grace.

«En el transcurso de sus viajes ha conocido a muchas mujeres cuya naturaleza difícilmente se hubiera podido calificar de refinada. Ha visto a dementes que se rasgaban la ropa y dejaban al descubierto sus cuerpos desnudos; ha visto hacer lo mismo a prostitutas de la más baja condición. Ha visto a mujeres borrachas que soltaban maldiciones y se peleaban como luchadores, arrancándose mutuamente el cabello. En las calles de París y Londres las hay a montones; sabe que muchas se acuestan con sus propios hijos y venden a sus hijas a los hombres ricos que creen que, violando a unas niñas, evitarán las enfermedades. Por consiguiente, no se hace ilusiones acerca del innato refinamiento de las mujeres, pero razón de más para proteger la pureza de las que todavía son puras. La hipocresía en tal caso está más que justificada: hay que presentar lo que debería ser cierto como si realmente lo fuera».

Novela, pues, de corte clásico, de señora ya de vuelta de todo sentada frente a mesa camilla contando a joven atolondrado vieja historia de maltrato, pesares y puteos varios con final sangriento. Su vida, plagada de historias de amistad y múltiples carencias, tiene el atractivo de un Dickens, por poner un ejemplo que entienda todo el mundo y como tal se lee y como tal se disfruta y como tal se echa tanto de menos esta forma de narrar según se va llegando al final. Difícil que no pueda gustar. 

Hay un pero que no puedo contar, me temo, que tiene que ver con el final y con cierta forzada actitud de cierto ser humano pero es un pero pequeño como un colibrí y tampoco hay porque hacer sangre con él. 

Novela ideal para sillón de orejas, novela de las que ya no se escriben pero también de las que ya no se (re)editan. Esto lo digo porque si la buscan les costará dar con ella. (A ver esa Lumen qué hace que no la rescata). Les prestaría mi ejemplar pero temo que no me lo devuelvan y a mí esas cosas me joden mucho.


lunes, 23 de febrero de 2015

‘Los huérfanos’ de Jorge Carrión

Presten atención a la portada de este libro. 

Presen atención, también, a la contra: «Los huérfanos es un relato de ciencia-ficción profundamente humanista. Una asombrosa indagación en los peligros de la memoria histórica como instrumento político. Y una apuesta por la literatura entendida como ambición».

Seguimos cuesta arriba. Ahora, el argumento: 

Pekín, año dos mil cuarentayalgo. Un bunker. Un grupo de supervivientes, chinos o no tan chinos, ciudadanos del mundo en definitiva, sobreviven bajo la luz amarillenta propia de tan claustrofóbicos espacios tras esa esperada hecatombe conocida como la Tercera Guerra Mundial.

Bien, ¿no? Es decir: prometedor. Sobre todo si, como es mi caso, la cosa apocalíptica tira

Bueno, pues no

Iniciamos el descenso.

Marcelo, el narrador de esta novela (novela objeto de sus observaciones y pensamientos más íntimos), es un tipo empeñado en aprenderse el Diccionario por las malas, porque esta es una novela de ciencia ficción dirigida a los que son de letras. Es casi lo mejor que tiene. No. Es lo mejor que tiene. Imagínense.

«Como en un viaje demencial por la toponimia; como en un descenso en espiral por el abismo de un mapa; como una expedición de rastreo de huellas por los valles y desniveles y pueblos y depresiones y cordilleras y aldeas y ríos y vertederos y acantilados y metrópolis y periferias y polígonos industriales y búnkeres y sótanos de la historia de la topografía; así he caminado, sin tregua ni descanso, siempre hacia el norte, es decir, hacia el fin, por una ruta exclusiva de palabras. Las he buscado y encontrado, ensartado, recorrido, subrayado, estudiado, memorizado, interiorizado durante jornadas laborales y ratos de ocio, robándole el tiempo a las comidas y al sueño, discretamente, en silencio, sin que nadie pudiera detectarme ni, por tanto, delatarme».

Apasionante. Un hombre. El fin del mundo. Una misión: el rigor sintáctico. Jódanse, apocalípticos de manual.

Básicamente la acción de la novela es lo que pasa en el bunker —que tampoco es que sea gran cosa— en un momento concreto pero con frecuentes incursiones a un pasado más y menos reciente. Hay, además del protagonista, un grupo de habitantes que son descritos con habilidad poco habitual por el autor:

«Xabier (cráneo prominente, rostro huesudo con geometría de diamante en bruto, en cuyo hemisferio inferior lucen dos ojillos grises, insistentes, ajedrecísticos): viejo amigo, Xabier.
Susan (piel carcomida por cicatrices de acné y poblada de gruesos pelos rizados que la luz amarilla disimula, ayudada por la energía que pese a todo irradian los ojos verdes y la boca, siempre a punto de sonreír sin nunca decidirse a ello): Susan.
Kaury (líneas ovaladas y curvas en las ojeras, en la piel colgante del cuello, en los cachetes, que ahogan la vivacidad en decadencia de la mirada castaña, siempre despeinada): Kaury».

[Etcétera, etcétera, etcétera]

Y así. Todo muy profesional, original, innovador. Tanto como un catálogo de encimeras de cocina.

El motor de la narración de lo que ocurre en el bunker (otro cantar, ya, el contexto histórico) es de un simplismo brutal: uno, que estaba loco, que, de hecho, lleva loco muchos años, años en los que, para más inri, vive aislado (motivo a pesar del cual no se plantea, como cabría esperar en una novela de esta naturaleza, el menor problema ético que suponer alimentar una boca inútil), se escapa. El loco sale de su celda y anda por ahí, paseando, por el entresuelo del bunker, bajo los pies de todos ellos. Esto se puede vivir con pánico o con cierta normalidad, depende de lo que desayunes. Carrión, otro narrador sin sangre en la venas pero amante de la corrección gramatical más enfermiza y a ratos un tanto-bastante irritante, opta por lo segundo, provocando en el lector un exceso de apatía y odio visceral que acaba proyectando en, no sé, un diccionario. O algo. («Algo: sí «algo», ese pronombre indefinido que refiere a lo que no se quiere o no se puede nombrar»).

«Las gotas me salpican los pómulos, el cuello, los ojos. Se convierten en lágrimas, del latín «lacrima», lacrimoso, lacrimal, lacriminal».
«Y escribo ahora en presente, me doy cuenta, y el cambio de tiempo requiere una explicación —que nadie me ha pedido, que nunca nadie me pedirá porque mi único interlocutor es la nada, nadie—. —Que el lenguaje no se descontrole».
«Caída libre: aberrante, abismal, absurda, corrosiva, degradante, delirante, deprimente, inmoral, irreversible, kamikaze, obscura y oscura, pútrida, radical, sucia, suicida, terrible, vulgar: ¿cuántos adjetivos serían necesarios para describirla?»
«Mientras él dudaba, al mismo tiempo que lo hacían las líneas céreas de sus rasgos, he tratado de estudiar su fisonomía para religarla con su nombre, pero sus palabras han llegado antes de que lograra su objetivo mi concentración».

Al mismo tiempo, porque ese bunker es un no parar, al narrador le pone una adolescente que nació el mismo día que estalló la guerra y media novela es él sátiro perdido pretendiendo no sé, provocar asco o algo, pena, seguramente y no llegando nada más que al pasmo ante tanto infantilismo masturbatorio de sexto de primaria. 

«Le haría el amor.
La penetraría.
Cogería con ella.
Me la cogería.
Me la follaría.
Le echaría un polvo.
Le metería el pene, la polla, el coso, el nabo, la cosa, the dick, the thing, il cazzo, el engendro maldito que me arde entre las piernas, el taladro.
La taladraría.
Broca gruesa, en espiral, como palabras de broca gruesa y espirales.
La perforaría.
La hollaría.
La humillaría, humillándome.
Hasta sentir cómo los testículos, los huevos, las bolas, los cojones, mis pelotas rebotan contra su barbilla y sus mejillas, contra sus muslos, contra sus nalgas.
Oral, vaginal, analmente».

Sumen a esto errores de botijo: un gran hallazgo se produce avanzada la novela: en el bunker hay cámaras. Todos son observados cada minuto. Que ya son ganas, también, catorce años de gran hermano. Esto lo descubre, nuestro héroe, pues eso, a los catorce años de encierro y no sabe si su líder (líder natural desde siempre) lo sabe: «Chang sabe que hay cámaras. O no lo sabe», piensa. Es decir, que no sabe si lo sabe. Inexplicable ignorancia sí, tal como asegura en otro momento de la novela: «…supe que Chang fue renunciando a su influencia en la universidad y se fue dedicando enfermizamente a la rehabilitación del búnker». Dedicarse enfermizamente a la rehabilitación de un bunker y no saber si tiene cámaras es de narrador poco listo. Pasar por todo esto de puntillas y hacerse un poco el tonto es de escritor demasiado. Demasiado listo, se entiende.

Mejorando minuto a minuto, ya ven. 

Y eso es media novela. El otro medio, esto otro: 

Un buen día Jorge Carrión tiene una idea: piensa en una situación en que se llevase al extremo la cuestión de la memoria histórica y la gente tuviese que pagar por sus crímenes pasados y una cosa llevase a la otra y ya todo fuese mirar hacia atrás y alimentar el rencor y sacar las cosas de madre:

«[...] la reanimación histórica era un movimiento de ficcionalización de la historia, un movimiento eminentemente teatral, en que los sujetos interpretaban biografías ajenas, pretéritas, era errónea. La reanimación histórica era una forma de la verdad. La reanimación histórica era una revolución. La reanimación histórica no conducía a relatos, sino a actos, a hechos, a acciones, a la transformación social y política de lo real». 

Y dice, Carrión: con esto me hago una novela. Y con un bunker. Bunker, bunker (así Carrión asociando ideas)… ¡Lost!: «La construcción del búnker había sido una especie de broma privada, un juego, George siempre decía que alguno de nosotros debería ser encerrado allí y obligado a teclear siempre los mismos números, hasta que fuera descubierto mucho después, por los siguientes habitantes de la isla, y fuera tomado por un loco o por un dios». ¿Qué más, qué más? ¿Qué te gusta, Jordi? El ajedrez, me gusta. ¡Bobby Fisher! Y ahí lo tienes: todo el mundo jugando al ajedrez y breve biografía de Bobby Fisher, un quinto de novela y curiosamente la única parte realmente amena.

Ya vamos navegando hacia las trescientas páginas. Ya vamos bien. Ya tenemos novela. Ya tenemos contenido para el continente. 

Pero no es suficiente. Carrión piensa: ¿qué no puede faltar en una novela de ciencia ficción?

La ciencia ficción, claro.

He aquí las grandes aportaciones de Jordi Carrión a la literatura de Ciencia Ficción. Atentos.

«Cayó NeoGoogle y se quedó sin cuenta de correo electrónico; cayó Globalphone y se quedó sin acceso a su cuenta de telefonía».
NeoGoogle. Globalphone. Con dos cojones. Qué grande. Más:

«Chang sabía que yo había llamado a Shu a su micromóvil».

Micromóvil. Supera esto, Asimov.

Más, más.

Facing. Lo del facing, y más concretamente el exceso de atención que tiene en la novela es especialmente vergonzoso, ya que todo (todo) ese esfuerzo va dirigido a tratar de sorprender al lector en un momento dado. La búsqueda del OH! lector menos exigente, para que nos entendamos. Tristeza.

«La operación de facing consistía, en una primera fase, en la alteración física del rostro mediante pequeñas fisuras para la introducción de micro-implantes (en las fosas nasales, en el paladar, en los párpados, en los lóbulos); y en una segunda fase, en la construcción de una cara alternativa, previamente diseñada informáticamente, que se lograba mediante la alteración molecular de la cara original».

No more F.E.O.S., pues.

Pues entre la cosa esta del facing, el ajedrez, Bobby Fisher, la memoria historica, el bunker y dos o tres pijaditas más, nos hacemos un collage de cosillas que dan para trescientas páginas, poco más o menos, y servirán para, no sé, hacernos creer que sabemos unir narrativa y literatura de género, que no tememos arriesgar, que podemos con todo, ¡que somos innovadores!, que no pasa nada, que quién dijo miedo. Que ya vendrán los amigos y las deudas pendientes y las reseñas pactadas a salvar este pequeño desastre.