miércoles, 28 de enero de 2015

‘Frankie y la boda’ de Carson McCullers

Esto empezó más o menos así: leía yo, tan contento, por recomendación de una amiga, Volver, la novela de Toni Morrison editada hace no mucho por Lumen, pero a medida que avanzaba en ella iba cayendo en la cuenta que aquello que en un principio parecía un SÍ estaba resultando ser un mayúsculo NO. Resultado: quitando momentos puntuales, Volver de Toni Morrison, me ha dejado frío glaciar y cada día que pasa cae un poquito más en un feliz olvido. Pero en el fondo había algo que sí me estaba gustando, un reencuentro con el sur caluroso y racista que, tal vez por lo inesperado de la recomendación, había resultado gratificante. Y ocurrió: esta misma amiga, ignorante de mis estado de Lector Disperso, me recordó una vieja cuenta pendiente con Carson McCullers en la forma de, por ejemplo, Frankie y la boda.

Toda esta paliza para contarles una obviedad (que he leído a Carson McCullers) y para ahorrarme la reseña de Volver, reseña que me apetece menos que cero afrontar y de la que voy a pasar soberanamente. 

Pero dejémonos de introducciones chorras y otras maldades y vayamos a lo importante.

* * * * * * * *

Frankie y la boda’ tiene todos (¡todos!) los ingredientes que me gustan en una novela o al menos todos (¡todos!) aquellos ingredientes que más me gusta encontrar en una novela (aquí una debilidad), a saber: el paso de la adolescencia a la madurez (y por extensión unos personajes atormentados y sometidos a un entorno violento, entendiendo como tal todo aquello que supone una agresión a la intimidad) y una construcción fundamentalmente teatral. 

En ‘Frankie y la boda’ una joven de doce años sufrirá en apenas cuatro días una transformación inevitablemente traumática provocada por un continuo buscar un lugar en el mundo: 

«Ellos son el nosotros de mí.» Ayer, y durante todos los doce años de su vida, ella sólo había sido Frankie, un yo que tenía que moverse y hacer las cosas por sí sola. Todos los demás podían invocar un nosotros: todos menos ella. Cuando Berenice decía nosotros, quería decir Honey y Big Mama, su logia o su iglesia. El nosotros de su padre era la tienda. Todos los miembros de un club tienen un nosotros a que pertenecer y del que hablar. Los soldados en el ejército pueden decir nosotros, y hasta pueden decirlo los condenados a trabajos forzados. Pero Frankie no podía invocar ningún nosotros, a menos que fuera aquel terrible nosotros veraniego formado por ella, John Henry y Berenice, y aquél era el nosotros que menos quería en el mundo. Pero ahora, de repente, eso se había acabado y todo era distinto. Tenía a su hermano y a la novia de éste, y era como si desde el primer momento en que los vio lo hubiera comprendido interiormente. «Ellos son el nosotros de mí.»

Esto (lo de Frankie) viene de atrás (esto siempre viene de atrás): su cuerpo ha cambiado, se ha “estirado”, afeado y ha perdido su espacio, ese espacio infantil hasta ayer privado y protector, pero todavía no tiene acceso al atractivo pero vetado mundo adulto: su padre no le hace ni puto caso (ni la escucha, las más de la veces) y de su madre, muerta durante el parto, no le queda ni el recuerdo más vago ni le despierta la menor simpatía. Ejerce de madre-cuidadora una mujer negra y de hermano menor un primo que pasaba por allí, el típico criajo con gafas de montura dorada tan fácil de imaginar. De fondo, el sur de los años cuarenta en un pueblucho que, como la propia Frankie, vive un momento de desarrollo al abandonar su mentalidad pueblerina en favor del individualismo propio de la pequeña o mediana ciudad, dando lugar a un espacio en que cada día resulta más difícil no sentirse solo:

«—Lo que yo quiero decir es esto —dijo F. Jasmine—. Tú vas por la calle y te encuentras a alguien. A cualquiera. Y os miráis uno a otro, y tú eres tú y él es él. Cuando os miráis uno al otro, los ojos establecen un enlace. Y luego tú te vas por tu lado y él se marcha por el suyo. Os vais a distintas partes del pueblo, y quizás no os volváis a ver nunca más en toda vuestra vida. ¿Ves ahora lo que quiero decir?
—No del todo —dijo Berenice.
—Estoy hablando de este pueblo —dijo F. Jasmine en voz más alta—. Hay por ahí toda esa gente que no conozco ni siquiera de vista o de nombre. Y pasamos unos al lado de otros sin que haya entre nosotros ningún enlace. Y ellos no me conocen ni yo a ellos. Y ahora yo voy a marcharme del pueblo y ahí está toda esa gente a quien nunca conoceré.
—¿Pero a quién quieres conocer? —preguntó Berenice.
—A todos. A todo el mundo. A toda la gente del mundo —replicó F. Jasmine».

Y cambios sobre cambios: su hermano mayor, recientemente transformado en hombre, está a punto de mutar en hombre-felizmente-casado-con-hermosa-mujer (así la percibe Frankie) que ve en ellos, en esa pareja, una salida a su mundo inestable, cambiante; una seguridad que ignora que no existe y que le permitiría definirse de una santa vez; que le dará, piensa ella en su todavía ingenuidad infantil, la libertad que no encuentra en su opresivo hogar, esa cárcel de puertas abiertas: «Era mejor estar en un calabozo donde una puede golpear las paredes que en una cárcel que no se ve».

Inevitablemente, Frankie se enamorará, no de su hermano ni de su cuñada, ni de ese crío con gafas de montura dorara, ni de ese pueblo, ni del primer imbécil de permiso que la invite a una cerveza sino de aquello sobre lo que, en cierto modo, girará la novela, sin ser ni remotamente lo importante: la boda de su hermano. Frankie se enamora de una boda, porque esa boda es todo lo que tiene ahora mismo Frankie para dejar de ser Frankie, para salir de ese lodazal que son los doce años, y ese matrimonio es, dentro de su limitado universo, lo que más se parece a una huida hacia delante. No se trata tanto de llegar a como de salir de.

«Sólo le quedaba la idea de que tenía que encontrar a alguien, a quienquiera que fuese, para podérsele unir y marchar juntos. Porque ahora ya reconocía que estaba demasiado asustada para salir sola por el mundo».

Carson McCullers escribe una hipnótica y deliciosa novela (novelita) sobre el sencillo acto de crecer y traumas inherentes y la sostiene sobre tres infelices personajes que matan las horas en torno a una mesa, personajes condenados a crecer y a sufrir el mayor de los males conocidos: la vida.


viernes, 23 de enero de 2015

‘Extraños eones’ de Emilio Bueso

El Cairo, El’Arafa, la ciudad de los muertos. Difícil encontrar mejor emplazamiento para una novela de terror de ese que dicen cósmico, como es el caso. Otra cosa tal vez no, pero a Bueso hay que reconocerle que sabe elegir las postales que dibujan el fondo de sus novelas: que si la Trans-taiga, que si un castillo draculauro…

Pero bien, a lo íbamos. O a lo que veníamos. 'Extraños eones'. Han pasado ya unas cuantas semanas desde mi lectura de esta novela, por lo que me van a tener que perdonar que me tome licencias de más o que me haya olvidado de algunos detalles pero así también nos quedamos en la fundamental. Al final una novela vale lo que queda de ella.

Extraños eones es un poco el Cuenta conmigo de la novelas de terror cósmico. Yo sé que esta comparación apesta pero no he querido evitarlo, al fin y al cabo Extraños eones arranca con unos niños un tanto inconscientes enfrentados a la adversidad y viviendo aventuras sin fin en un descomunal cementerio (mitad arroyo/mitad vivienda) al que llega, un día cualquiera, un grupito de señores feos como polillas en un coche de escaso o nulo consumo. 

Dejen que se los presente: están los malos y están los buenos. Los buenos son los niños, que además de bellísimas personas son pobres como ratas y dan muchísima pena. Alguno está enfermo y medio en las últimas y hasta yo, que no soy mucho de llorar, he sentido como se me arrugaba el corazón en un par de ocasiones. Pero es lo que hay: los buenos están para sufrir y si además son menores, doble ración. Por si esto no fuera suficiente hay también una mujer, casi una niña, a punto de dar a luz, que ya es mala suerte. En general la cosa de los personajes es un poco de manual y no es difícil imaginar ni qué pasará con el puto crío enfermo ni cuándo dará a la luz la buena de la mujer, esto es, en el más in-oportuno de los momentos (oportuno o inoportuno según seas ejecutor (narrador) o víctima (personaje)). Entre ellos está el líder, carismático y valiente como un príncipe de cuento infantil en camello y dos de Barcelona que pasaban por ahí y gracias a los cuales la novela tiene cincuenta páginas más de las necesarias aunque en ningún momento llegue a hacerse larga. Pero así enredamos la trama, que es algo que, como dice el otro, da mucha calidad a las novelas.

«Porque Benipé tiene un empleo. Es limpiabotas, y cuando vives en El’Arafa eso sí es un empleo. Benipé tiene trabajo y tiene casi quince años, su voz está comenzando a sonar adulta. Cuando la levanta todos los demás se callan.
Van caminando los tres y se les une Khaldun. Khaldun en árabe quiere decir inmortal, pero Khaldun tiene una tos que hace pensar que no llegará a cumplir los dieciséis. Camina tirando de una cuerda que ha atado a los cojinetes de su viejo monopatín, sobre el que descansa un banasto cargado de moniatos, estropeados casi todos. Eso es comida para varios días. Sus amigos le reciben con una algarada y hasta Benipé le regala una sonrisa. Islam le inserta un Camel en los morros y Khaldun se lo agradece con su espantosa tos».

El caso es que los malos quieren destruir el mundo o acabar con el mundo y su sistema bancario tal como lo conocemos abriendo una puerta a un malo malísimo que nos dominará y hará de nosotros sucedáneo de esclavitud. Para que se hagan una idea: es más malo que el malo de el señor de los anillos y tiene en común con él que ambos tienen que cruzar un portal que previamente hemos de abrirle los humanos o seres demoníacos con forma humana tipo abogados y tal.

Y hasta aquí puedo leer.

Sé lo que están pensando: yo también creo haber visto un par de remakes de la película. La pregunta que se estarán haciendo es si realmente vale tanto la pena como dicen por ahí, porque ya les adelanto que por ahí dicen que vale mucho la pena, que es lo mejor de Bueso y un largo etcétera de cumplidores cumplidos tipo que si Lovecraft redivivo o no sé qué. Bueno, en fin, ya saben cómo es la gente. Aunque sí, yo también creo que es lo mejor que he leído del autor hasta el momento, sin que esto signifique necesariamente que le vayan a dar el Nobel el año que viene. Aceptamos (ya tenemos una edad, ya podemos hacerlo) que es más que probable que el argumento no sea el más original del mundo ni la trama la más sorprendente pero tampoco se espera y dudo mucho que se pretendiese. Lo que sí tiene es la virtud de entretener, de no dar demasiadas vueltas antes de empezar (no hagan caso de los frikinabos que reclaman un arranque algo más breve), de mantener el ritmo casi todo el tiempo, de manejar un buen puñado de personajes sin llegar a ser del todo confuso y de incluir un guiño a los cuentos infantiles que, por lo que leo últimamente (y que me estoy encontrando en las novelas editadas en este sello, probablemente mi único vehículo de acercamiento al género) que es algo muy socorrido para arrancar guiños de complicidad.

En una novela de aventuras de corte fantástico como esta que tenemos hoy entre manos me conformo con que no me tomen el pelo ni me aburran ni se vayan demasiado por la ramas porque ya doy por hecho (sería del género idiota no hacerlo) que visitaremos un buen puñado de lugares comunes y caeremos en docenas de tópicos.


lunes, 19 de enero de 2015

‘El balcón en invierno’ de Luis Landero

Leer a Landero, al menos al de esta novela, es algo parecido a echarse una de esas siestas fugaces propias de los jubilados en las sobremesas, siestas de sentarse frente al televisor antes de bajar a echar la partida, siestas de cabecear al principio, de caer con todo el equipo después…, de rezar para que un martillo neumático te arranque de ese permanente sopor, esa pesadez, ese embotamiento general de los sentidos.

La historia arranca con Landero queriendo escribir, un buen día, una novela de ficción (hay que andarse con ojo con esto, que ahora Cercas ha (re)inventado la no-novela o, como él la llama, la novela sin ficción y conviene dejar las cosas claras):

«Ayer comencé a escribir mi nueva novela, y aunque al principio las cosas iban bien, e incluso me abandoné a deliciosos raptos de euforia por la facilidad con que despachaba los primeros compases del relato, luego, al apurar la tercera Mahou de la mañana y al leer de un tirón lo que acababa de escribir, y según leía, me fui poniendo cada vez más y más triste, hasta que al llegar al final me sentí profundamente abatido, como nunca en mi ya larga vida de escritor».

Me fui poniendo cada vez más y más triste. Me sentí profundamente abatido. Lo de no saber beber, vaya. La imagen de Landero como un Bukowski ibérico, poniéndose ciego a cervezas a las diez de la mañana me gusta mucho, pero mucho mucho. No lo hacía yo tan gamberro, tan outsider. Pero se ve que sí.

«Y no, yo no quería ser oficinista, ni casarme ni echar barriga sentado ante una mesa, yo quería ser vagabundo y poeta, o marino mercante, o maquinista de tren, cualquier cosa menos oficinista».

Y míralo ahora, qué pena, echando barriga (cervecera, además), detrás de una mesa, frente a una pantalla o una máquina de escribir o, no sé, tal vez un bolígrafo (no sería el primero), peleando por sacar adelante los frutos de su desbordada imaginación. Pero no todo son peros, pues tiene, la tristeza de Landero, una razón de ser, un sentido pleno y justificado ya que la novela que escribe, que se niega a continuar y de la que nos deja un exteeeeenso fragmento, es tal que así de horrible:

«Por las tardes, después de la siesta, salía a dar un largo paseo por la ciudad. Siempre iba limpio, bien afeitado y bien vestido. A veces iba por Cuatro Caminos hasta la plaza de Castilla, otras tiraba hacia la Puerta del Sol, o hacia el Manzanares, o se desplazaba hasta las barriadas del extrarradio, aprovechando su abono gratis de transporte [¿tienen los jubilados ahora abono gratis de transporte? Preguntar a mi madre o en el bar Asturias]».

Lo que quiero decir, y con esto pretendo justificar este desatino, es que es imposible escribir semejante cosa (tendrían que leer el resto para hacerse una idea) y no morir de tristeza o de asco o de algo. O apedreado. O sin amigos. Es imposible escribir esto y no evadirte; imposible no pensar en tu madre en el balcón, por ejemplo, o volver a tu infancia y creer que tu vida, comparada con esa cosa que has escrito, tiene algo de especial o algo que aportar a la literatura.

Pero estoy divagando. ¿En qué estábamos? Ah, sí, reseñando.

Se destaca, en esta obra, el lirismo («La poesía me hizo fuerte y me asignó un lugar en el mundo»), como si esto fuera algo positivo, pero es que además es falso. Puestos a poner etiquetas, podríamos hablar mejor de documental novelado o una novela documental porque a pesar de que sí hay momentos en lo que el poeta que hay Landero muestra su colorido plumaje, también hay otros demasiados en los que recurre al más podre de los estilos, a saber: 

«Comíamos casi a diario garbanzos con repollo, tocino y morcilla, gazpacho, migas, y a veces bacalao con arroz, con patatas, con tomate, frijones, sopa de fideos con hormigas, sopa de tomate, sopa sorda de poleo, sopa de trapos, guisos de caza, ancas de rana, pan con aceitunas, pan con tomate, pan con quesadilla de cabra, pan con queso de oveja, queso de oveja con café negro portugués, aceitunas con troncho de col, buche, cachuela, pestorejo, chanfaina, chorizo de oveja modorra, caldereta, peces de la rivera, perrunillas, bolluelas, rosquillas, dulces recios y nutritivos hechos en homo de leña, pepitas tostadas de melón».

Debe suponer Landero que está su lector ávido de conocer, no ya los detalles de su lejana vida privada sino también la de sus familiares, conocidos y vecinos del Club Gastronómico Amigos del Sintrón o el Club de Fotografía “Tengo una foto para ti” o el de la Memoria Histórica A Corto Plazo:

«Muy bien expuestos tras las amplias y luminosas vitrinas acristaladas de los mostradores, había cortes maravillosos de ternera asada, de rosbif, de chuletas de Sajonia, de salami, de sobrasada, de butifarra, de jamón de Parma y de Virginia, de asado de gallo relleno de bogavante, de mortadela, de pavo con melocotones, con pistachos, con arándanos, con bayas de mirto, con trufas, con ciruelas y piñones, con setas, y había todo tipo de salchichas, de Viena, de Frankfurt, de Lyon, de Bolonia, de hígado con hierbas, y todo tipo de pasteles y hojaldres, de carne, de merluza, de berberechos, de langosta, de pulpo, de aguacate con gambas, de sesos de liebre, de mollejas de alondra, de fricasé, de sardinas con salsa de ostras, y una sección sola para los encurtidos, y otra para los quesos, […]»

Y sigue, ojo, pero tampoco es plan de subirlo todo; con uno que se aburra es suficiente. Bromas aparte (o no) esto debe ser lo que Landero entiende por “hacer evolucionar un personaje” o tal vez son trucos para modificar el contexto histórico y demostrar cuánto han mejorado las cosas (el primer corte corresponde a los recuerdos de 1950 y el segundo a los de 1964), para dar sensación de movimiento.

«Por lo demás, todos en mi familia vestían más o menos igual, los hombres chaqueta, chaleco y pantalón oscuros, de pana, de dril o de cutí, camisa clara de rayas, sombrero rígido de fieltro, pelliza en el invierno, y botines de becerro color caoba hechos a medida por los dos o tres maestros zapateros que había en el pueblo por entonces».

Zzzzzz.

Lo que más asco da, y me van a perdonar la agresividad, es que luego tenga uno que aguantar babosadas tipo las del The Huffington Post diciendo que «cualquiera con un mínimo de sensibilidad literaria gozará con esta travesía por la vida del autor» o que «No se sale indemne de su lectura». O a los de El placer de la lectura asegurando que El balcón en invierno es, agárrense, «un excepcional ejercicio de metaliteratura». No, a ver, igual no se sale indemne de los diarios de Ana Frank o de los delirios de Anna Karenina, pero de los recuerdos de Landero se sale más que indemne, se sale pitando y con ganas de hacer cualquier otra cosa. 

Y es que tenemos tanto que perdonarle a la poesía…: «Y luego, un día, no sé de qué manera, dejé de creer en Dios y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer».

Y todo esto sin mencionar a Paco. Que ya, si nos metemos a analizar lo de Paco, la tenemos seguro. ¿Cómo que qué Paco? ¡Este Paco!:

«[…] un día se presentó en Madrid mi primo Paco, al que yo tanto admiraba desde muy niño. Mi primo Paco, el escultor, el pintor, el inventor, el guitarrista, el torero, el zahori, el cazador y el pescador, el electricista, el mecánico, el que todo lo sabía y todo lo podía, el versado en misterios, el que no se cansaba nunca de soñar y vivir».

Paco es media novela sin ficción, medio balcón, ya se adelanto: que si Paco esto que si Paco lo otro o lo de más allá, que si ahora toca la guitarra que si ahora se hace torero. Paco y el déficit de atención o Landero y el déficit de interés o Tusquets y el déficit de rigor o Babelia y el déficit de grado superior o todos y sus déficits. Paco no era nadie, si acaso uno que le llenaba al joven Landero la cabeza de pájaros y alocadas iniciativas flamencas y al que parece ir dirigido este libro que ya podía haberse quedado en correo electrónico.

«Pero ¿cómo vas a dejar ahora la Central, un puesto tan bueno y tan seguro, para dedicarte a la guitarra? En la voz de mi madre había ya sin embargo un tono de rendición ante lo inevitable. Hablaba sin dejar de coser, aunque cosiendo más despacio. Ya sabía yo que ese Paco no tardaría en llenarte la cabeza de pájaros».

‘El balcón en invierno’ no es una travesía (si acaso por el desierto) ni un ejercicio de metaliteratura ni nada que se le parezca. Es Landero en pleno ataque de nostalgia y falta de ideas y falta de ganas y falta de interés y falta, supongo, también, de capital. Ya le puede dar Landero gracias a diosnuestroseñor por contar en este país con críticos en edades próximas a la suya y por lo tanto, queremos suponer y vamos a suponer, con recuerdos similares y similares también ataques de nostalgia de veranos de vendimias y graneros de festivas masturbaciones colectivas y ganas de joder a personal con tanto buenismo y tanta bondad y tanta alabanza de aldea y alpargata y tanto elogio de abuelo y tanta chochez y tanto volver la vista atrás y no ver nada más que siegas, hogazas de pan con tomate, verbenas o el deseo inconfesado de volver a cagar de campo y sodomizar gallinas a escondidas. A ver si deja de ser de una puta vez la nostalgia, la afectada nostalgia de lo propio, una forma de salir del paso para tanto escritor sin imaginación. 

«Era una época de libertad, casi de impunidad. Los días eran largos, las noches claras, había mucha gente yendo y viniendo por los caminos y veredas, las cuadrillas de segadores se desplegaban con sus camisas blancas y sus grandes sombreros de paja por los trigales amarillos, y uno podía vivir a su albedrío, subirse a los árboles, bañarse en la alberca, cazar ranas y grillos, perseguir perdigones, correr y correr sin cansarse jamás, incluso bajo el sol implacable de la siesta, el joven corazón invencible enamorado de la vida como quizá no volvería a estarlo ya nunca...»