lunes, 12 de enero de 2015

Javier Cercas, ‘El impostor’

Todo lo que de bueno pudiera tener esta novela se va directamente a la mierda en (incluso, si me apuran, a partir de) el octavo capítulo de la tercera parte. Son cuatro, las partes; es decir, que llegando al final aunque tampoco es que el resto sea ninguna maravilla.

Dejen que se lo explique. 

Verán, desde el comienzo del libro Cercas va arrastrando un discurso de esto no es una novela esto es una novela sin ficción un relato real, porque, asegura, ese es el único vehículo posible para contar la historia de Marco, ingrata tarea que jura y perjura imposible al tratarse de una historia a la que no se puede llegar «a través de la ficción sino sólo a través de la verdad»: 

«Me dije que Marco había contado ya suficientes mentiras y que por lo tanto ya no podía llegarse a su verdad a través de la ficción sino sólo a través de la verdad, a través de una novela sin ficción o un relato real, exento de invención y de fantasía, y que intentar construir un relato así con la historia de Marco era una tarea abocada al fracaso».

Pues bien, después de darnos la paliza con esto durante no menos de trescientas cincuenta o cuatrocientas páginas, el bueno de Cercas, tal vez aprovechando que llevaba tiempo sin salir en la foto, se saca de la manga un capítulo, el ya mencionado capítulo o episodio octavo de la tercera parte, que reproduce un diálogo imaginado (¡nada menos que imaginado!, esto es, ¡no exento de invención y fantasía!) entre él y el protagonista o el que debería ser el protagonista o el que venía siendo hasta ese momento el protagonista de la no novela o novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía, como bien se ocupa de recordarnos tantas veces como trece a lo largo de esta novela sin ficción, este relato real, este relato exento de invención y fantasía. Pues bien, este diálogo, que parece creado única y exclusivamente para darle a la novela una entidad que no tiene, una doble intención que no se esperaba o para justificar una extensión que no requiere, es, en realidad, un instrumento al servicio del escritor, una vía para su propio injustificado lucimiento pero también, inevitablemente, una demostración de lo bajo que se puede caer, de los niveles de patetismo que se puede alcanzar para nada más que dar algo de qué hablar toda vez que la novela se desinfla a media que avanza.

«Dios —(dice un imaginario Marco a un imaginario Cercas)—, cómo se esfuerza usted, qué horror de vida la suya, infinitamente peor que la mía o que la que la gente creía que era la mía antes de que me descubrieran: cada mañana levantándose casi de madrugada y escribiendo durante todo el día para mantener la impostura, para que no le pillen, para que nadie se dé cuenta, leyendo lo que escribe, de que es usted una farsa de escritor, un escritor sin talento, sin inteligencia y sin nada que decir, cada día fingiendo que no es usted un fantoche, un descerebrado, un personaje lamentable, un hijo de puta completamente asocial y un auténtico sinvergüenza».

¿Y todo esto total para qué? 

Pues todo esto total para nada porque esta novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía trata, en realidad, o debería tratar (o eso nos promete, Cercas, una y otra vez y otra puta vez hasta que decide unilateralmente pasárselo todo por el forro) sobre Enric Marco, que fue un señor que hace unos años se hizo mundialmente famoso al saltar la noticia de que era un mentiroso compulsivo. O lo parecía. Mentiroso, seguro, reconocido; compulsivo, está por ver, probablemente sí.

La novela, decíamos, trata sobre Enric Marco. Javier Cercas, tras años sin decidirse (o eso dice), se lanza a escribir la novela sobre este señor que aseguraba haber sido siempre un luchador por la libertad y no pasó de oportunista, de vulgar mentiroso. Conviene no olvidar esto, tenerlo muy presente y también sus consecuencias, mínimas todas ellas. Cercas, para contar su historia, utiliza un estilo muy parecido al de Carrère (otro aficionado a salir en las fotografías ajenas) en ‘El adversario’, con una diferencia fundamental: Carrère no necesita 430 páginas para contar la historia de una mentira, mucho más interesante en mi opinión (a pasar de su menor repercusión mediática), que la Enric Marco, que al fin y al cabo no pasa de ser un jeta, por más que Cercas se empeñe, en un intento un tanto ridículo de engrandecer su vida, obra y milagros, en impregnarlo todo de una épica normalidad, si acaso tal cosa es posible:

«Marco es lo que todos los hombres somos, sólo que de una forma exagerada, más grande, más intensa y más visible, o quizás es todos los hombres, o quizá no es nadie, un gran contenedor, un conjunto vacío, una cebolla a la que se le han quitado todas las capas de piel y ya no es nada, un lugar donde confluyen todos los significados, un punto ciego a través del cual se ve todo, una oscuridad que todo lo ilumina, un gran silencio elocuente, un vidrio que refleja el universo, un hueco que posee nuestra forma, un enigma cuya solución última es que no tiene solución, un misterio transparente que sin embargo es imposible descifrar, y que quizás es mejor no descifrar.»

No es este momento, el de la entrevista imaginada, el único en el que Cercas ejerce de innecesario y molesto protagonista. Y no estoy hablando de todos los momentos en los que Cercas narra cómo llega a escribir la novela, al fin y al cabo son dudas que sí piden a gritos ser llevadas al papel desde el momento en que la historia de Marco ha de ser juzgada, al menos por el escritor, como más o menos interesante. A él, evidentemente, se lo parece y a otros muchos, seducidos ya sea por el estilo (esa falsa —ahora la sabemos— novela sin ficción, etcétera etcétera), ya por el propio escritor, ya por la propia historia, ya por haber sido víctimas (o haberse sentido víctimas, que es parecido pero no lo mismo) de la impostura de Marco, también. Y esto a pesar de que, lo siento mucho, no lo es. Interesante, quiero decir. O a mí no me lo parece, quiero decir, a regañadientes. La historia de Marco es la historia de un mentiroso. De un mal mentiroso. Y la traducción que hace Cercas es una mala traducción que no logra su objetivo ni a golpe de repeticiones o de establecer odiosas comparaciones (prepárense para la aberración) entre el personaje del Marco Inventado o el Marco Real con Don Quijote o Alonso Quijano, según el momento, comparación ésta a la que no duda en recurrir en demasiadas ocasiones y en repetir, una vez y otra vez y otra puta vez, la misma cantinela:

«A punto de llegar a los cincuenta años Alonso Quijano dejó de llamarse prosaicamente Alonso Quijano y empezó a llamarse poéticamente don Quijote de la Mancha, dejó los cuidados cotidianos de su ama y su sobrina por el amor imposible y radiante de Dulcinea, dejó las rutinas insípidas de su casa por las sabrosas incertidumbres de los caminos y las ventas de España y dejó su pobre vida de hidalgo por la vida pródiga en aventuras de un caballero andante; de igual modo, poco después de llegar a los cincuenta años Marco dejó de llamarse Marco y empezó a llamarse Marcos, dejó a una inmigrante mayor, andaluza y sin cultura, por una joven culta, elegante y medio francesa, dejó un suburbio obrero de Barcelona por un suburbio burgués y dio de lado su vida tediosa de mecánico por una vida apasionante de líder sindical y paladín de la libertad política, la justicia social y la memoria histórica. ¿Más? Más. Como Marco, don Quijote está hambriento de fama y gloria, ansioso de que sus hazañas perduren en la memoria del mundo, impaciente por que hombres y mujeres hablen de él, lo quieran y lo admiren y lo consideren excepcional y heroico; como Marco, don Quijote es un mediópata, un adicto a salir en la foto.»

¿Pasamos por alto que Don Quijote es un loco y no es un vulgar mentiroso y un egoísta y un oportunista como sí lo era Enric Marco? Venga, va, pasémoslo. Total, ¿qué más da?, si, total, de lo que se trata es de dar a un hombre, ya sea este héroe o villano, la categoría de extraordinario y qué mejor manera de hacerlo, de lograrlo, que compararlo, un vez y otra vez y otra puta vez con el amigo Quijano.

No se dejen engañar: en ‘El impostor’ no hay hombres extraordinarios, no hay héroes, ni dentro ni fuera de libro, por más que Javier Cercas se quiera anotar ese tanto:

«—[…] pensé que a estas alturas por lo menos una docena de escritores españoles habrían escrito ya sobre Marco. Pero no hay ninguno, me parece.
—No que yo sepa —confirmó Santi—. Bueno, creo que alguno lo intentó, pero se asustó enseguida. ¿Te extraña? A mí no. En la historia de Enric todo el mundo queda como el culo, empezando por el propio Enric, siguiendo por los periodistas y los historiadores y acabando por los políticos; en fin: el país al completo. Para contar la historia de Enric hay que meter el dedo en el ojo, y a nadie le gusta eso. A nadie le gusta ser un aguafiestas, ¿no es cierto? Y menos a los escritores españoles.
Santi debió de temer que yo tuviese una reacción gremialista o patriótica, porque enseguida se disculpó, vagamente. Le dije que no tenía por qué disculparse.
—No, ya lo sé, es sólo que... En fin. —Una sonrisa traviesa alargó sus labios por debajo de su bigote ralo, que se había manchado de café—. ¿Sabes? Me gusta mucho la literatura, leo bastante, también la española; pero, para serte sincero, los escritores españoles de ahora me parecen un poquito insustanciales, por no decir cobardones: no escriben lo que les sale de las tripas sino lo que les parece que toca escribir o que va a gustar a los críticos, y el resultado es que no pasan de la ornamentación o el esnobismo».
La historia de Enric Marco —inofensivo mentiroso, le pese a quien le pese— que por sí misma no daría, como de hecho no dio, para mucho más que unos artículos de opinión durante dos semanas, un especial en alguna revista o un documental, es desarrollada, hipervitaminada y mineralizada por Javier Cercas a lo largo de nada menos que cuatrocientas y pico páginas gracias a su buen hacer, es decir, gracias a su facilidad para repetirse, repetirse, re-pe-tir-se, meterse en la novela, a él, a su hijo, a su terapeuta; para inmiscuirse sentimentalmente, como hace Carrère en ‘El adversario’ o Capote en ‘A sangre fría’ (las comparaciones no son mías, sino de Cercas que se cuida muy mucho de recordarnos qué otros referentes debemos tener en cuenta a la hora de leer su genial y ¡original! novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía); para sacar a colación (bendita entrevista imaginaria) la cuestión de la Memoria histórica, esa ley que tanto debe a Soldados de Salamina y por extensión al propio Cercas. Y tantas cosas más.

«—Y ahora dígame otra cosa: ¿quién había oído hablar en España de la memoria histórica cuando se publicó su novela [Soldados de Salamina]?
—¿No me estará diciendo que la apoteosis de la memoria histórica ocurrió por culpa de mi novela? Soy vanidoso, pero no tonto.
—Ocurrió por culpa de su novela y de otras cosas, pero por culpa de su novela también. ¿Cómo se explica si no el éxito que tuvo? ¿Por qué cree usted que tanta gente la leyó? ¿Porque era buena? No me haga reír. La gente la leyó porque la necesitaba, porque el país la necesitaba, necesitaba recordar su pasado republicano como si lo estuviese desenterrando, necesitaba revivirlo, llorar por aquel viejo republicano olvidado en un asilo de Dijon y por sus amigos muertos en la guerra, igual que necesitaba llorar por las cosas que yo contaba en mis charlas sobre Flossenbürg, sobre la guerra y sobre mis amigos de la guerra: sobre Francesc Armenguer, de Les Franqueses, sobre Jordi Jardí, de Anglès...»

‘El impostor’ de Javier Cercas es la inofensiva y dilatada historia de un también inofensivo Enric Marco, un mentiroso de profesión que debe agradecer a una impostura sus cinco minutos de gloria y gracias al cual contará Cercas con su dosis anual de vanidad proporcionada por todos esos críticos o no tan críticos adoradores de la ornamentación y el esnobismo y a las novelas sin ficción o relatos reales, relatos exentos de invención y fantasía. 


miércoles, 7 de enero de 2015

“En presencia de un payaso” de Andrés Barba

De la contra: «Una novela indispensable de quien es ya sin discusión uno de los escritores más importantes de su generación en lengua española». ¿Les suena? Júrenme que si no les hubiese dicho el título del libro al que hace referencia, sabrían igualmente de quién se trata. Júrenmelo. Miéntanme, pinochos.

Andrés Barba es un crack, no me digan: indispensable, indiscutible. Y no sólo eso. Atentos: para Chirbes, imprescindible; para Lira, un grande de España, para The Times, un prosista excepcional; para Yvancos, impresionante; para sigueleyendo (¿qué ha sido de esta gente, por cierto?), el mejor de su generación (o casi); para Vargas Llosa, un maestro. Maestro. Con esta carta de presentación uno (es decir, yo) llega a esta novela (mi segunda experiencia con Barba) con temor reverencial y un nivel alto de desconfianza, como viene siendo habitual, en cualquier caso. Pero lo cortés no quita lo valiente. Que yo desconfíe no quiere decir que no sepa apreciar a un buen escritor cuando lo leo. Y Barba lo es. En serio. Lo juro por estas. Otra cosa ya, la novelita.


* * * * * *

Pienso, exactamente ¿para qué se escribe una novela? Yo sé que he formulado esta pregunta millones de veces; que soy pesadísimo; que ya carga, Tongoy, con esa puta manía de darle a las cosas la importancia que no tienen. Un libro no es más que un libro, me dicen. Y yo, miren, sí, lo entiendo; que uno tiene mucho tiempo libre y lo dedica a esto, perfecto, allá él y su vida tirada a la basura, también yo lo pierdo leyendo chorradas, al fin y al cabo, que es casi peor, si lo piensas, pero no entiendo, de verdad que no lo entiendo, que uno sea el mejor escritor de su generación, un prosista excepcional, un maestro de maestros, un tio impresionante, la puta caña, en definitiva, no entiendo, decía, que puedas ser todo eso y aún así dedicar tu tiempo, tu año, un año entero de tu vida, que ya no eres un crío, leches, que ya vas cuesta abajo, que estás en tiempo de descuento y estás dedicando tu tiempo a escribir, a pensar, diseñar, escribir, borrar, reescribir, reescribir, corregir, corregir y corregir algo tan absolutamente intrascendente, anodino e inofensivo como esta novela, como En presencia de un payaso, un ejercicio de estilo, otro más, la enésima demostración de lo que uno sería capaz de hacer si lo hiciese, si dejase, no ya de intentarlo, sino directamente de insinuarlo. 

Si quieren mi opinión, En presencia de un payaso es una forma absolutamente cobarde de escurrir el bulto. Otra vez. Si eres un gran escritor, escribe una gran novela, venga, ya. O calla. 


* * * * * * *


Pero bien, ya sabemos: expectativas, promoción. Ventas, ventas, ventas. 

Humo.

Ahora bien, la novela no es humo; la novela está ahí; la novela es esto:

El protagonista es un científico que consigue, por azar --la parte de azar que tiene toda experimentación científica y subsiguientes descubrimientos-- algo lo bastante importante para ser publicado en una revista de reconocido prestigio en el medio, un artículo explicativo y, a su modo, laudatorio del hecho en sí. Además, debe incluir un autobiografía en 350 palabras, pero, ojo, ha de ser literaria o ha de parecerlo; algo especial, marca de la casa de la revista dichosa («No se trataba, repetía, de un currículum académico, sino de un autorretrato informal: an informal self portrait».) Marcos, que así se llama nuestro héroe, se las ve y se las desea cuando cae en la cuenta de que su vida es una mierda que no da ni para 150 a doble espacio. La novela es lo que ocurre durante las dos semanas que tiene para escribirlo, sin llegar a ser ese el tema. No entraré en mucho detalle, pero además de darnos un paseo por su aburrida biografía, Marcos tiene que lidiar en un asunto de una herencia: su mujer y su cuñado deben decidir si venden o no la casa de su suegra recién fallecida. La mujer, nada, bien, una tía maja; su cuñado es el famoso payaso del título, una suerte de Ángel Garó venido a menos por una exagerada politización de su buen hacer. 

Y ya está. 

Se supone que Marcos aprende una gran lección, madura y no sé cuántas cosas más pero el caso es que da igual, al final es la vida de un hombre, un momento en la vida de un hombre, por el que no sentimos especial cariño y que lejos de un relato familiar harto conocido no aporta gran cosa a la literatura que no sea el habitual darse cuenta de las cosas

«No recordaba qué le hizo pronunciar aquella palabra. Marcos sabía, o creía recordar al menos, que no brotó de la inteligencia consciente, ni siquiera del estómago o de la sangre, sino de otro lugar, un lugar limítrofe, como la zona de evaporación del agua ante un hierro al rojo vivo, un lugar parecido al del humor frente al mundo real, al del payaso frente al ministro. «Quémalo.» [...] Era absolutamente cierto; desde que había dicho aquella palabra había nacido en él una imperiosa necesidad de ver arder ese dinero. ¿Por qué? En parte era como si se hubiese activado una erótica, pero no de la destrucción. No deseaba destruir aquel dinero sencillamente por el placer macabro de inutilizarlo, ni mucho menos intentaba exorcizar la traición de su madre con un gesto «purificador»; en realidad era más bien como un movimiento que nacía de ese mismo dinero en concreto, de la naturaleza que lo había impregnado, de la forma en la que había sido amasado, una erótica que danzaba precisamente alrededor de su propio origen y que también tenía que ver con todo lo que le había sucedido durante los últimos meses: el trabajo en el laboratorio, la noticia de la publicación del artículo, la visita de Abel, Nuria...»

Si acaso el propio Barba, ya lo hemos dicho, con un estilo muy a tener en cuenta, sobrio y atento a los detalles más nimios, con capacidad de sintetizar, de dotar a sus personajes de una humanidad y una credibilidad poco habitual y de una por momento irritante costumbre de abusar de las comparaciones. Barba redactor de lo mundano. Pero hace falta algo más que vocabulario; hace falta involucrar al lector, lograr que se interese por las miserias ajenas.

La novela —y supongo que parte del problema reside aquí— nace de un hecho casual: un paseo con un amigo; una charla sobre Bergman; un sugerente título; querer hacer algo con un payaso sin saber exactamente qué. O lo que es lo mismo: escribir por escribir, por hacer dedo, para llenar algún vacío editorial o sabe dios para qué. Escribir una novela para poder utilizar un título es una excusa horrible para escribir una novela. De hecho ahora mismo no se me ocurre casi ninguna peor.

«[…] me recomendó entonces una película de Ingmar Bergman que yo no conocía […]. La película se titulaba precisamente así: En presencia de un payaso. No sé si en algún momento llegué a buscarla —todavía hoy no la he visto y a estas alturas prefiero no verla ya—, lo que sí sé es lo que me sucedió cuando escuché ese título maravilloso, algo así como si alguien hubiese entonado los primeros acordes de una melodía. Pensé que si algún día escribía una novela sobre un payaso, y ése era un tema que me llevaba rondando la cabeza varios años, tendría que estar escrita precisamente en esa clave: en presencia de un payaso era la idea germinal perfecta: qué podía y qué no podía suceder en presencia de un payaso. […] lo que sucede en presencia de mi payaso tal vez ni yo mismo sepa muy bien lo que es, pero no hay duda de que tiene que ver con el amor y con la vida» (del Epílogo, una aclaración sobre el título).

Soy consciente de que parte de esta reseña parece un cumplido. No lo es. Que Barba sea un buen escritor y dedique su tiempo a perpetrar caprichos de una tarde de verano lo único que dice de él es que tal vez no sea tan buen escritor como aparenta, que tal vez esa habilidad, esa aparente habilidad, precisamente juegue en su contra y ponga en evidencia sus carencias, a saber, la (in)capacidad para utilizar esos elementos que maneja con cierta soltura para crear una historia que trascienda o que, cuando menos, lo intente. Nos quedamos, una vez más, en las afueras. Seguimos jugando a ser escritores. Seguimos creyendo --o seguimos dando a entender que lo creemos-- que publicar en Anagrama ya da una pátina de prestigio a nuestro trabajo cuando todo lo que hace, en realidad, es ponernos en evidencia como escritores.

Seguiremos leyendo a Barba, en cualquier caso. Seguiremos creyendo en él.

Será por creer.


viernes, 2 de enero de 2015

Otra puta lista de LO MEJOR DE 2014

Porque hay muchos que, aunque parezca mentira, no acaban de entenderlo, vamos a dejar clara un cosita: esta no es una lista de lo mejor que se ha publicado en 2014 (lista a todas luces imposible de confeccionar) sino una lista con lo que más ha gustado a quien esto escribe de todo lo leído, novedad o no, a lo largo del año.

Dicho lo cual y por no demorarlo más, si tuviese que quedarme con cinco libros (publicados en 2014) en una isla desierta y abandonar el resto en un naufragio, salvaría estos:
“Los reconocimientos” de William Gaddis
“Rojo y negro” de Stendhal
“Washington Square” de Henry James
“Sobre el acantilado y otros relatos” de Gregor von Rezzori
“Ánima” de Wajdi Mouawad

Que ya es triste que de los cinco, cuatro sean reediciones o ediciones tardías. Pero bien, qué le vamos a hacer. Pongamos alguno más sobre el mantel: de los editados en años anteriores, me quedaría con estos:
“Moby Dick” de Herman Melville
“Solaris” de Stanislaw Lem
“Tom Jones” de Henry Fielding
“El hombre que amaba a los niños” de Christina Stead
“Anna Karenina” de Lev Tolstoi
“Butcher´s Crossing” de John Williams

Y si, por alguna milagrosa razón, hubiese llegado un inmenso baúl con todos los libros leídos a la orilla de mi remota y apacible isla desierta, elegiría los siguientes, de los publicados en 2014, para encender las primeras hogueras:
“Limbo” de Agustín Fernández Mallo
“Niños en el tiempo” de Ricardo Menéndez Salmón
“Barba azul” de Amelie Nothomb
“Alabanza” de Alberto Olmos
“Autopsia” de Miguel Serrano Larraz
“Aniquilación” de Jeff Vandermeer
“Galveston” de Nic Pizzolatto
“El genuino sabor” de Mercedes Cebrián
“Así empieza lo malo” de Javier Marías
“En el café de la juventud perdida” de Patrick Modiano
“Londres después de medianoche” de Augusto Cruz
“La espada de los cincuenta años” de Mark Z. Danielewski
"Que levante mi mano quien crea en la telequinesis" de Kurt Vonnegut
“La guardia de Jonás” de Jack Cady
“En presencia de un payaso” de Andrés Barba

Porque toda cara tiene su cruz, no quiero dejar pasar la oportunidad de desaconsejar encarecidamente un par de novelas o no-novelas especialmente lamentables editadas antes de 2014:
"Ajedrez para un detective novato" de Juan Soto Ivars
"Agua dura" de Sergi Bellver
"Jóvenes y guapos" de Aloma Rodríguez
"La camarera de Artaud" de Verónica Nieto
"Entresuelo" de Daniel Gascón
"¿Le gusta ser malvado?" de Peter Hamm y Thomas Bernhard
"El largo invierno chino" de Carlos Palacios

Por aquello de equilibrar la balanza y no dar la impresión de que 2014 ha sido una lenta agonía, referiré a continuación el total de libros leídos, destacando en negrita aquellos que más me han gustado, incluyendo en esta categoría tanto los que me ha maravillado (Moby Dick, Matar a un ruiseñor, Anna Karenina, El hombre que amaba a los niños o Tom Jones) como aquellos que simplemente cuentan con mi bendición a diferentes niveles. (Nota: aquellos precedidos por un guión son lecturas abandonadas).
1. “El imitador de voces” de Thomas Bernhard 
2. “La gente no es como tú” de Gabi Beltrán
3. “Ajedrez para un detective novato” de Juan Soto Ivars
4. “Agua dura” de Sergi Bellver
5. “Los hechos” de Philip Roth
6. “Esto es agua” de David Foster Wallace
7. “Los que duermen y otros relatos” de Juan Gómez Bárcena
8. “14” de Jean Echenoz
9. “El mes más cruel” de Pilar Adón
—. “Mi primo, mi gastroenterólogo” de Mark Leyner
10. “Catedral” de Raymond Carver
11. “Jóvenes y guapos” de Aloma Rodríguez
12. “La verdad en la ilusión” de Luis Antón del Olmet
13. “Limbo” de Agustín Fernández Mallo
14. “Mientras los mortales duermen” de Kurt Vonnegut
15. “La vida secreta de Walter Mitty” de James Thurber
16. “Consejos para niñas pequeñas” de Mark Twain
17. “El coloquio de los perros” de Miguel de Cervantes
18. “Lazarillo de Tormes”
19. “Ánima” de Wajdi Mouawad 
20. “Frankenstein o el moderno prometeo” de Mary Shelley
21. “La trabajadora” de Elvira Navarro
—. “Quemar los días” de James Salter
22. “La pesca de la trucha de América” de Richard Brautigan
23. “Los Modlin” de Paco Gómez
24. “Días lúgubres” de Juan Sayagués
25. “Es un decir” de Jenn Díaz
26. “Niños en el tiempo” de Ricardo Menéndez Salmón
—. “Goat Mountain” de David Vann
27. “Winesburg, Ohio” de Sherwood Anderson
28. “Un hombre al margen” de Alexandre Postel
29. “La mirada del observador” de Marc Behm 
30. “Esta noche arderá el cielo” de Emilio Bueso
31. “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee 
32. “El cadillac de Big Booper” de Jim Dodge
33. “Santuario” de William Faulkner 
34. “Doctor Glas” de Hjalmar Söderberg
35. “El coleccionista” de John Fowles 
36. “Crónica de una muerte anunciada” de Gabriel García Márquez
37. “El mago” de John Fowles 
38. “La tempestad” de William Shakespeare
39. “Barba azul” de Amelie Nothomb
40. “La joven ahogada” de Caitlin R. Kiernan 
41. “Alabanza” de Alberto Olmos
42. “La cámara sangrienta” de Angela Carter 
43. “La hija del optimista” de Eudora Welty
44. “Autopsia” de Miguel Serrano Larraz
45. “El hijo de la bestia” de Graham Masterton
46. “La camarera de Artaud” de Verónica Nieto
47. “Moby Dick” de Herman Melville 
48. “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata
49. “La maravillosa vida breve de Oscar Wao” de Junot Díaz
50. “El doctor Hoffman y las infernales máquinas del deseo” de Angela Carter
51. “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad 
52. “Guía del mal padre” de Guy Delisle
53. “Nos vemos allá arriba” de Pierre Lemaitre
54. “Aniquilación” de Jeff Vandermeer
55. “Picnic extraterrestre” de Arkady y Boris Strugatsky
56. “Solaris” de Stanislaw Lem 

57. “La mosca” de Slawomir Mrozek
58. “La gran guerra” de Joe Sacco 
59. “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos” de Emmanuel Carrère
60. “Ubik” Philip K Dick 
61. “El piloto y el principito” de Peter Sís
62. “El coloquio de los pájaros” de Peter Sís
63. “Órbita 76” de Gabriel Noguera y José Pablo García
64. “La sirenas de Titán” de Kurt Vonnegut 
65. “La isla de cemento” de J.G.Ballard
66. “Presencia humana nº 2” de Aristas Martínez)
67. “Rascacielos” de J.G.Ballard
68. “Jimmy Corrigan: el chico más listo del mundo”
69. “Axiomático” de Greg Egan
70. “Hombres salmonela en el planeta porno” de Yasutake Tsutsui
71. “Muero por dentro” de Robert Silverberg
72. “Pistola y cuchillo” de Montero Glez
73. “La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías” de Colectivo Juan de Madre
74. “Entresuelo” de Daniel Gascón
75. “Leche” de Marina Perezagua
76. “Sobre el acantilado y otros relatos” de Gregor von Rezzori 
77. “El patrón” de Goffredo Parise
78. “Edipo en Stalingrado” de Gregor von Rezzori
79. “Tom Jones” de Henry Fielding
80. “El hombre que amaba a los niños” de Christina Stead
81. “Anna Karenina” de Lev Tolstoi
82. “La muerte de Ivan Ilich” de Lev Tolstoi 

83. “Galveston” de Nic Pizzolatto
84. “El genuino sabor” de Mercedes Cebrián
85. “Humillados y ofendidos” de Dostoievski
86. “Cumbres borrascosas” de Emily Brontë 
87. “Así empieza lo malo” de Javier Marías
88. “Noches blancas” de Dostoievski
89. “¿Le gusta ser malvado?” de Peter Hamm y Thomas Bernhard
90. “Washington Square” de Henry James
91. “Ominosus” de Bear, Kiernan y Barron 

92. “En las montañas de la locura” de H.P. Lovecraft
93. “En el café de la juventud perdida” de Patrick Modiano
94. “Más allá del espejo” de John Connolly
95. “Los últimos” de Juan Carlos Márquez
96. “Londres después de medianoche” de Augusto Cruz
97. “El rito” de Laird Barron
98. “Que levante mi mano quien crea en la telequinesis” de Kurt Vonnegut
99. “Galápagos” de Kurt Vonnegut
100. “La fiesta de Boris / En la meta / El teatrero” de Thomas Bernhard
101. “Butcher´s Crossing” de John Williams 
102. “El largo invierno chino” de Carlos Palacios
103. “El sí de los perros” de Juan Vilá
104. “La espada de los cincuenta años” de Mark Z. Danielewski
105. “Rojo y negro” de Stendhal 
106. “Los reconocimientos” de William Gaddis 
107. “El idioma materno” de Fabio Morábito
108. “Olive Kitteridge” de Elisabeth Strout
109. “La guardia de Jonás” de Jack Cady
110. “La mala puta” de Miguel Dalmau y Román Piña Valls
111. “Extraños eones” de Emilio Bueso
112. “El final de la historia” de Lydia Davis 
113. “En presencia de un payaso” de Andrés Barba

Eso es todo. Feliz 2015.