martes, 30 de diciembre de 2014

Resumen de lecturas DICIEMBRE 2014

Brevemente, que se acaba el año.

Mes de pocas, muy pocas, lecturas con tendencia, según avanzaba, al cero absoluto. A día de hoy, y desde hace una semana, ningún libro ocupa mi tiempo libre. Lo vamos a tomar como un milagro navideño. Pero dejémonos de lamentaciones. Esto, y cuatro polvorones, ha sido diciembre:


"El idioma materno" de Fabio Morábito

Existe una reseña, que verá la luz en breve (o debería) que empieza tal que así: «Cabría preguntarse qué interés puede tener para esa especie en peligro de extinción que es el lector de blogs, lo que el autor de un espacio dedicado a las reseñas literarias le pueda contar sobre su propia experiencia lectora. Probablemente —más que probable, seguramente— nada. A mí personalmente —y aunque he caído en ello en innumerables ocasiones— suelen aburrirme asquerosamente todas aquellas historias que, prescindiendo del humor (porque, ah, si hay humor, ya es otra cosa), hablan de cómo llega uno a un libro o qué ha significado para él ese libro o qué le iba pasando con el dichoso libro a medida que lo leía. Suelen ser relatos adormecedoramente tiernos, emotivos y vilamatinamente plagados de casualidades. Yo, si no hay humor o violencia, bajo discreta e inmisericordemente la vista hasta llegar al último párrafo, que suele ser el que guarda la información relevante: si te ha gustado o no te ha gustado la novelita, pollo. Esto lo digo porque El idioma materno, es, de alguna manera, Morábito en modo blogger (artículos de entre 350 y 400 palabras) reflexionando sobre qué es literatura, aquello que lo hizo escritor… » Etcétera.



"Olive Kitteridge" de Elisabeth Strout

Nada como una buena película o una buena serie para rescatar libros del olvido. A ver cuánto tardamos en ver esta obra reeditada con una horrible portada (aunque la de la edición que leyó un servidor no era gran cosa) de la protagonista de la serie de HBO, Frances McDormand, posando como la Sra. Kitteridge. El caso es que llevo tiempo queriendo leer esta novela, pero no ha sido hasta ahora que se ha vuelto a poner de moda, que me he animado. Olive Kitteridge es, además del nombre de la protagonista una excusa para, tal como ocurría con Winesburg, Ohio, dibujar el mapa de un lugar tan concreto como abstracto y sus habitantes pero sobre todo es un relato (una colección de relatos, en realidad) sobre esa cosa tan terrible que es envejecer, sobre lo que somos realmente, sobre cómo nos ven los demás, sobre lo que podemos hacer con nuestras vidas, sobre la naturaleza humana. No es el tipo de novela que me suela gustar (hasta ahí llega mi fobia por el relato corto) pero reconozco que Olive Kitteridge es un fresco que se lee con cierto placer.



"La guardia de Jonás" de Jack Cady

Novela de terror, dicen. O bien novela incluida en una colección de terror contemporáneo. El caso es que miedo no da. Hay una reseña en marcha que empieza así: «La guardia de Jonás es el libro que abrió la colección Insomnia de Valdemar de la que ya hemos hablado aquí un par de veces. Se trata, en palabras del propio editor, de un sello pensado para que «hablemos de literatura, hablemos un rato de literatura de terror y hablemos de literatura pura y dura, porque lo que usted va a encontrar aquí, por encima de marcas y géneros, es literatura, buena literatura, si hacemos bien nuestro trabajo». Esto es importante. No lo parece, pero sí. No sabía yo cuánto, entonces. No lo supe de verdad hasta que terminé la novela. Y es importante porque quien vaya buscando en esta novela un relato de terror (y la portada, ventana al mundo donde las haya, es lo que sugiere) se va a llevar una buena sorpresa. Y lo digo por experiencia. Porque terror, lo que se dice terror, hay el justo y necesario para poder sacar el tema a colación. En realidad La guardia de Jonás va de una cosa completamente diferente. Va de esto:» Después entro en más detalle y les cuento todo aquello que no me gustó, que fue casi todo. Denme unos días, recupero mi vida y se lo cuento con pelos y señales.



"La mala puta" de Miguel Dalmau y Román Piña Valls

De esta ya hemos hablado. Le he dedicado dos post este mismo mes. No les costará dar con ellos. Básicamente son Dalmau y Piña rajando (más el primero que el segundo) sobre la horrible condición del ser humano que se dedica a la literatura, que es como lo más despreciable que te puedas echar a la cara si te crees todo lo que dicen. El texto, empeñado por el resentimiento de Dalmau, pero sin verse necesariamente enturbiado por él, trata de poner los puntos sobre las íes, pero a falta de documentación o referencias cruzadas, queda en un acto de fe avalado por la intuición. Correcto, en cualquier caso, y maliciosamente divertido.



"Extraños eones" de Emilio Bueso

Reseña en curso (llevaba escritas tres líneas cuando recordé que tenía pendiente este resumen mensual). Entraría en detalle pero la historia es tan corta que temo extenderme más que la propia novela. Ambientada en un cementerio gigante, Extraños eones es una novela de terror en la que unos niños (claro) corren (claro) y desaparecen (claro) y las pasan putas (clarísimo). De momento es la novela que más me ha gustado del escritor, aunque yo esperaría unos días antes de orgasmar. Lo dicho, hablamos.



"El final de la historia" de Lydia Davis

Muy muy interesante novela sobre el desamor o sobre el amor que termina, que no es exactamente lo mismo, no al menos en un primer momento. Antes de salgan corriendo, salten directamente a la siguiente reseña o crean que me he vuelto del todo gilipollas, déjenme decirles que es materialmente imposible convencer a nadie, en pocas palabras, de lo acertado de leer esta pequeña novela (sin ser esta, ni remotamente, mi intención). Cualquier cosa que diga, tratándose de amor y estando esta práctica en horas tan literariamente bajas, podría malinterpretarse y aquí no queremos eso. Para una novela que nos cae simpática... Lydia Davis, la escritora, una de la pocas relatistas por las que servidor siente sincero afecto (la clase de afecto que le lleva a uno a interesarse por su producción), firma este nada despreciable trabajo. 

Es difícil, comentaba el otro día en Facebook, leer una novela en peores condiciones de las que yo leí esta (perdonen que no entre en detalles) y sin embargo salir airosa. Sólo por eso merece un respeto. Tal como decía antes, ya hablaremos. Quédense, al menos, con la idea de que el amor, o el desamor o el final de una historia (de amor o simplemente una historia o ambas) es sólo una excusa para hablar del propio acto de escribir, al tiempo que de la vida, los recuerdos… Y sí, vale, del amor también. En fin, tantas cosas. 



"En presencia de un payaso" de Andrés Barba

Durante la lectura de esta novela me preguntaba una y otra vez hacía dónde iba. La novela, digo, no yo. Me extrañaba que, siendo o pareciendo Andrés Barba un buen escritor, un correcto escritor, la cosa no llegase de despegar. Terminada la misma, mi cuerpo todavía trata de entenderlo. Barba escribe una historia que dudo le haga un gran favor a su carrera. Esto no se entiende bien en corto pero en la reseña, ya escrita y pendiente de revisión y de la que prefiero no adelantar fragmentos, queda bastante más claro. Lo que quiero decir, por aquello de no dejarles con la duda, lo que me pregunto en la reseña, es que no entiendo a qué viene escribir estas cosas pudiendo escribir otras. A no ser (he ahí el quid de la cuestión) que no tenga uno el talento para escribir nada mejor, lo cual sería, para qué negarlo, una pena pero también explicaría algunas cosas.



Esto ha sido diciembre. Ahora mismo, tal como les comentaba al comienzo, no estoy leyendo nada por lo que me abstengo de hacer planes de futuro. Miento, algo sí leo, por aquello de no perder el hábito: a ratos Cormac Mcarthy (Meridiano de sangre), a ratos Piketti (El capital del siglo XXI), a ratos American Noir. Nada serio. Ya veremos en enero. Ya veremos en 2015. Pueden pasar muchas cosas o puede no pasar ninguna. 

Feliz 2015, por cierto.




lunes, 22 de diciembre de 2014

“Butcher´s Crossing” de John Williams

Tal vez recuerden ustedes Stoner, otra novela de John Williams de la que hablamos hace tiempo. O tal vez no. Probablemente no.

Déjenme refrescarles la memoria, porque es importante: Stoner era una novela sobre un aburrido profesor universitario: sus miedos; sus aspiraciones; su matrimonio, fracasado todo él. La novela no iba de nada en particular pero sí de todo en general y lo que hacía que la tuviésemos en cuenta, era, entre otras cosas, la capacidad de Williams para hacer adictivo la anodino y vulgar. Williams se demostraba un narrador excepcional y Stoner una novela apasionante que se comía con patatas todos los prejuicios que uno pudiese sentir hacia las novelas que hablan de la vida de quienes no han hecho y ni harán nunca nada especial.

Bueno, pues ahora, atentos: Butcher´s Crossing trata sobre un joven que, a finales del siglo XIX, abandona Harvard para echarse a la pradera a matar bisontes. Apasionante, no me digan.

Pues mira, sí, porque Williams vuelve a hacerlo y vuelve a hacerlo, para pasmo general y particular, igual de bien. No está uno acostumbrado a tanto buen hacer.

Entrando en detalle, el argumento es así de tan poco atractivo: un joven, decíamos, deja los estudios para irse a vivir la aventura del oeste, un poco a lo Bailando con lobos pero sin indios. Ya nada más llegar al pueblo (a Butcher´s Crossing) te imaginas al susodicho dándose la gran hostia. No sabemos cómo, pero suponemos que seguro. Es decir, un bildungsroman marinero. El caso es que a pesar de que le dicen ojochaval el chaval ni ojo ni puto caso sino más bien todo lo contrario: se juega las herencias de su corta vida en una apuesta muy poco segura, tirando a suicida: la caza de grandes bisonte, que de bisontes cualquiera. Nótese y gócese el parecido razonable con Moby Dick y llámese, si se desea, al muchacho, Ismael.

Abrimos paréntesis para el contexto histórico: hubo una época en que matar bisontes se puso tan de moda que no eras nadie si no tenías unas zapatillas de escroto. Esto, claro, diezmó la especie, lo que provocó que cada vez resultase más difícil dar con bisontes-bisontes. Porque, conviene aclararlo, estaban los bisontes de invierno, que eran tan buenos como escasos, y los bisontes de verano, que abundaban pero tenían una piel que no abrigaba lo que una camiseta de tiras, que es una cosa de la que nunca se habla pero tuvo su importancia. En nuestra novela, el joven y sus tres socios ocasionales, van montaña arriba en busca de una manada de bisontes de invierno que uno de ellos aseguraba haber descubierto hacía cosa de diez años en una suerte de valle dejado de la mano de dios. Creía, en un injustificable acto de fe, que los bisontes iban a estar esperando a que fuese a matarlos a toditos todos.

«El transcurrir del tiempo era patente en los rostros de los tres hombres que viajaban con él y en los cambios que percibía dentro de sí. Notaba cómo la intemperie le endurecía la piel de la cara; cómo el rastrojo de su barba se volvía suave a medida que el cutis se tornaba áspero, y el dorso de las manos se le enrojeció primero, para ir oscureciéndose paulatinamente después. Sentía el cuerpo cada vez más flaco y endurecido; a veces le daba por pensar que estaba mudando de cuerpo, no a otro nuevo sino a un cuerpo de verdad que hubiera estado agazapado bajo ilusorias capas superpuestas de piel suave, blanca y blanda».

Lo decía al comienzo: con Butcher´s Crossing, Williams vuelve a hacerlo. La novela arranca despacio, sin prisa, poco a poco, con una prosa siempre serena, precisa y nos ofrece una maravillosa y crepuscular novela de aventuras ambientada en un ya muy poco salvaje oeste, un salvaje oeste dominado por el mercado de la oferta y la demanda y la falta de ética frente a la inocencia de quienes no se saben testigos del final de una época poco o nada gloriosa pero cargada de nostalgia. 

También podríamos leerla como un sentido homenaje a cierta notable novela que trata sobre ballenas y obsesivos cazadores y no andaríamos muy desencaminados, que de obsesiones, aventuras y desiertos (húmedos o áridos, qué más da) va la cosa servida. En ese sentido la novela tiene un punto adaptación barata (no me comparen una ballena blanca con un puñado de bisontes) pero tampoco da la impresión de que Williams quiera ponerse a la altura de Melville.

«Pero, a medida que aumentaba el dolor en distintas partes de su cuerpo, su mente pareció distanciarse de él, sobrevolarlo de alguna forma, y fue capaz de verse a sí mismo, y a Miller, con mayor claridad que antes. Durante la última hora acabó viendo a Miller como una suerte de autómata, un mecanismo puesto en marcha por el discurrir de la manada; y la matanza de bisontes, no como un ansia de sangre, de pieles o de lo que pudieran reportar, y ni siquiera al final como una descarga de la furia que anidaba en el interior de Miller; acabó viendo la matanza como una fría y ciega respuesta a la vida en la que Miller se había metido de lleno».

Butcher´s Crossing, que intenté leer sin éxito cuando se estrenó hará cosa de un año, desanimado o poco entusiasmado por su condición de western (género que no está uno acostumbrado a leer y que apenas concibe fuera del formato 4:3), ha resultado ser, como lo fue hace tiempo Stoner, una más que agradable sorpresa; una novela que se lee con interés, se termina con ansiedad y se recuerda, tiempo después, con satisfacción y sin esa vergüenza que suele acompañar el recuerdo de otras lecturas que en su momento creímos, equivocadamente, dignas de elogio.

Gran acierto, el rescate de esta novela. Gallifante para Lumen.



martes, 16 de diciembre de 2014

Reseña de “La mala puta” de Dalmau y Piña: [1. El Problema]

En La mala puta, en el capítulo dedicado a Las Librerías, se dice lo siguiente: «La mala puta no pretende ser un texto de memorias literarias, aunque uno vaya traicionando a ratos su propósito. Se concibió más bien como una sesión clínica encaminada a establecer un diagnóstico y de paso deslizar alguna advertencia. En el fondo no hay nada que no sepamos, pero conviene recordarlo».

En el fondo no hay nada que no sepamos. Efectivamente. He ahí el quid de la cuestión. Si de algo no puede presumir este libro es de contar secretos inconfesables. Su ámbito se circunscribe más bien al de los secretos a voces. Esto se traduce en una lectura serena, amena, divertida y plagada de aseveraciones por parte del lector; lector que, a medida que avanza, toma conciencia del despropósito en que unos cuantos han convertido y cada día convierten esa mala puta llamada Literatura Española. 

Bien mirado, acaba todo resultando bastante deprimente.

Entrar en mucho detalle sería, literal y literariamente, imposible, de ahí que tengamos que conformarnos (conformarse, en realidad, aquellos que de ustedes no lo hayan leído) con un vistazo a vista de pájaro. No se preocupen que ya les cuento yo lo más importante, a saber: esto está fatal. Tenemos de todo y no tenemos de nada: tenemos: falta de talento, falta de escritores serios y entregados, falta de críticos serios, falta de honestidad, falta de solidaridad, falta de voluntad. Lo único que nos sobra son editores, escritores mediocres y otras gentes de mal vivir.

Dalmau, cuando no se lamenta de lo amargo de su condición, (condición que lo lleva a escribir este libro que, dando respuesta a la pregunta formulada en el post anterior, les diré que pese a nacer de la amargura y el resentimiento no invalida sus argumentos, si acaso favorece a quienes, por intereses equis, buscarán desacreditarlo o restarle valor), cuando no se lamenta, decía, de lo amargo de su condición, pone en evidencia todos los males que aquejan a su tan amada literatura, un antro ahora poblado de indeseables, gente de escaso o nulo valor, que como decía Ortega, terminan siendo los de mayor influencia: «En un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles».

Esto explicaría el continuo auge del betseller, siendo betseller esa cosa que se puede programar, como bien demostró en su momento la editora de Dolores Redondo, que antes de colocar el libro en la calle (la trilogía detectivesca de moda) ya hablaba de cantidades ingentes de traducciones o adaptaciones cinematográficas con una desvergüenza ejemplar, similar a la desvergonzada sinceridad de la que hacía gala no hace mucho Ken Follet cuando afirmaba que el número de páginas de sus libros no obedecía a una necesidad argumental sino al gusto de unos lectores acostumbrados a disfrutar con el adormecedor sonsonete del material de relleno en el que se especializado. Sin embargo Dalmau no culpa al lector, que se deja engañar, sino al escritor, que no se esfuerza por ofrecer un producto digno probablemente porque no tiene la capacidad para ello

«La pregunta se impone: ¿por qué no nos dejamos de tonterías? ¿Por qué no nos encerramos de una vez, como hizo García Márquez, doce horas diarias, y no volvemos al mundo hasta haber escrito algo definitivo e inolvidable? Muy simple. Porque no sabemos, porque no queremos, porque no podemos».

y al editor, que consiente, día sí día también, este circo; que ya no ejerce de tal; que se ha convertido en un eslabón más de una cadena mercantilista que no tiene en cuenta la calidad y que trata al escritor como a un res

«Al final tu editor no es exactamente tu editor sino un empresario que publica esporádicamente algunos de tus libros. En nuestro país son muy pocos los autores que pueden presumir de que una editorial haya apostado por ellos hasta la muerte. No me refiero a los autores comerciales, claro, sino a aquellos que han consolidado una respetable carrera literaria en un mismo sello».

motivo por el cual no es difícil encontrar autores que estrenan editorial cada vez que publican un libro. Para que se hagan una idea del desprecio de Dalmau hacia la casta editorial, uno de los capítulos se titula Razones para detestar a Gimferrer.

«[…] existían figuras que, sin ser editores ni dueños de ninguna editorial, gozaban de un poder omnímodo gracias a su presunto olfato literario. Algunas empresas los fichaban para crear un catálogo, recuperar el prestigio perdido o bien modernizarse. O todo a la vez. Entre ellos quizá nadie gozó de tanta influencia como el poeta catalán Pere Gimferrer que entró en la legendaria Seix y Barral al poco de que ésta fuera absorbida por el grupo Planeta. Este hecho fue decisivo para nuestras letras por razones que no son las que se creen habitualmente sino por otras que no han sido analizadas hasta hoy. Generalmente se admite que Gimferrer hizo una tarea notable en el descubrimiento de autores que han brillado en la democracia como Antonio Muñoz Molina o Julio Llamazares. Un acierto. Pero lo que no se cuenta es el rechazo que impuso a gran parte de los novelistas emergentes de Barcelona que escribían en castellano. Me refiero a Javier Casavella, Jesús Ferrero, Javier García Sánchez, Ignacio Martínez de Pisón, Marcos Ordóñez, Ignacio Vidal Folch, Enrique Vila-Matas, Pedro Zarraluki y yo mismo, entre otros».

Otro de los factores, dice Dalmau, que han afectado gravemente a nuestra literatura ha sido

«el desembarco continuo de latinoamericanos en nuestro mundo editorial. Este flujo migratorio de presuntos talentos que arribaban a nuestras costas, como en patera, ha alterado definitivamente el viejo ecosistema y de paso las relaciones. Ya no llegan, ay, garcías márquez, ni siquiera bolaños. Pero siguen ocupando nuestro sitio, como autores o colaboradores de las editoriales de mayor prestigio. Aunque algunos expertos sostengan lo contrario, es fácil comprobar que dicho flujo sigue muy activo: basta ver los últimos catálogos y los últimos premios. En relación a ello yo no tendría nada que oponer si mis libros —y los de mis compatriotas— pudieran ser editados y acogidos en México, Venezuela, Perú, Argentina o Uruguay con el mismo entusiasmo. Pero aún no he conocido a ningún autor español que haya sido descubierto en Latinoamérica ni a ningún editor de allá que se la haya jugado por un autor nuestro inédito o poco conocido en España».

¡Y la crítica! Casi se me pasa y eso que es apartado al que dedica más espacio. Menuda mierda, la crítica. Y menudos seres despreciables, los críticos. Panda de vendidos. Se comenta el caso Echevarría, ya saben, cuando estaba en El País y le dieron la patada, a él, que era el rey de mambo, el azote de los malos escritores, la última esperanza de la literaltura. Aquello, asegura Dalmau,

«[…]tuvo a la larga un efecto nocivo sobre nuestra literatura. Es cierto que al principio muchos escritores y editores respiraron tranquilos ante la promesa de un futuro sin atropellos ni demoliciones. Pero nadie cayó en la cuenta de que la caída de Echevarría intimidaba de algún modo sutil e inconsciente a los demás críticos. Si alguien con tanto poder había sido coaccionado, ya nadie estaba a salvo. […] Y cuando los periódicos comenzaron a defender los buenos modales como valor principal de la crítica, al final se reprimió en parte la esencia del discurso. Mejor dicho, la crítica literaria aceptó el riesgo de volverse mansa y excesivamente respetuosa, como si los críticos hubieran aprendido de pronto el placer de la gentileza. Pero no era del todo así. En el fondo el cambio de actitud obedecía a causas más inquietantes que no estaban previstas. A raíz del vuelco en el ciclo económico, el sector editorial entró en crisis y se sintió en peligro de muerte. Y aquí seguimos. Se leía cada vez menos, se cerraban editoriales, revistas, distribuidoras y librerías, y en ese contexto apocalíptico la crítica salvaje era un lujo que nadie se podía permitir».

Y continúa, casi concluye:

«Al convertirse en el brazo “ideológico” de las editoriales y hasta de las campañas de promoción, la crítica perdió quizá su principal razón de ser. Separar el grano de la paja. Esto produjo un relajo general en la exigencia que no ha hecho ningún bien, salvo a los malos editores y a los escritores mediocres o superventas». 

También habría que añadir el compadreo. La redes sociales, los congresos, las presentaciones de libros como pago de favor, el propio título de escritor (el más alegre de todos los títulos), el corporativismo, en definitiva, editorial o social ¡o de clase! y la insana costumbre de los escritores de hacer de críticos de otros escritores, amigos o no pero siempre colegas, está acabando con la credibilidad, la escasa o nula credibilidad que les quedaba, a semejante especie humana. Si no hemos dicho esto mil veces no lo hemos dicho ninguna. No es extraño encontrarse en Qué leer o Quimera críticas de amigos, conocidos, colaboradores y socios editoriales, transformando aquellos espacios reservados a la crítica en meros espacios publicitarios, siempre bajo la atenta mirada de unos redactores que prefieren hacerse los tontos y fingir que no se dan cuenta o que directamente gustan de pecar. 

Ejemplo: No hace mucho, creo que en noviembre, un crítico (provisionalmente vamos a considerarlo tal cosa) me reconocía en las redes sociales haber rebajado la nota de la novela de un colega y/o amigo y/o conocido —colaboradores ambos de la revista Quimera— de cinco a cuatro tinteros (sobre un máximo de cinco) por recomendación/imposición/invitación de los redactores jefe de Qué leer ya que los cinco tinteros estaban reservados a las Obras Maestras. Es interesante comprobar, por un lado, la casi total ausencia de amor propio de un crítico que se pliega a los injustificados criterios de un editor que, sin haber leído el libro del escritor reseñado —o habiéndolo leído e imponiendo su propio criterio sobre el del crítico—, se permitió y supongo “se sigue permitiendo” la licencia de corregir al susodicho, negando, además, con ello (aquí llega lo mejor) la posibilidad de que una novela de género de un escritor español pueda alcanzar la categoría de obra maestra. Es decir: se asume la incapacidad del escritor español para crear obras de referencia. Nenes, ya sabéis lo que os queda: segunda fila forever o refugio en revistas especializadas tipo Presencia Humana.

Todo queda en casa. Qué leer, decide. El crítico se pliega. Es dúctil, el crítico; maleable. Es una vulgar marioneta en manos del escritor (a quien teme ofender), el redactor (a quien teme perder) y los intereses editoriales (que algún día podría necesitar). ¿Cómo podríamos, visto lo visto, respetar a esta gente? ¿En qué cabeza cabe que los escritores puedan ejercer la crítica nacional?

Y eso sólo es la punta del iceberg: convendría mirar cuánto mamoneo se traduce en periodistas que no leen otra cosa que producción nacional de bajo nivel, diseñada para adormecer los sentidos, rebajando —si acaso es posible rebajar lo ya casi extinto— su nivel de exigencia, sus defensas naturales frente a la basura. No es difícil, entonces, encontrar, como hemos visto más arriba, al crítico de turno asegurar que el libro de su buen amigo — detalle éste que siempre se les olvida mencionar—, publicado por una editorial menor, es uno de los mejores de los últimos años en la categoría de loquesea. Y lo que es peor: ¡creérselo! No sé qué prefiero, honestamente: que lo crean o que lo finjan. Miénteme, Pinocho, miénteme.

«Dado que a menudo no podemos obtener cómodamente lo que queremos, comenzamos a mover hilos para establecer alianzas. Pero estas alianzas rara vez redundan en beneficio del grupo sino de intereses particulares: la publicación de algún libro mediocre, una crítica favorable, la invitación a un congreso e incluso un premio. Yo te doy, tú me das. Pero todo queda entre nosotros. Es la ley. En este juego de compadritos la calidad de la obra es totalmente irrelevante. La única condición es que nos hagamos favores y que nadie se olvide de las deudas. En relación a ello es de lamentar que no haya un control regular de nuestras llamadas telefónicas ni de nuestros correos electrónicos. Así conoceríamos la verdad, todo ese carnaval de chismorreos, manejos y conspiraciones que llenan nuestras vidas».

La crítica remunerada (ya sea en cash (Qué leer o suplementos culturales) o en especie (Quimera)) tiene o debería tener una responsabilidad. Todo lo no sea eso (es decir, casi todo) tiene un nombre, pero nos lo vamos a callar, no vaya la camarilla de turno a sentirse insultada, menospreciada, vilipendiada. Aburre tanto victimismo, tanto rasgarse las vestiduras. 

«Pero además esta mala praxis crea alrededor un fenómeno aberrante: la exclusión de todo aquel que no se pliega a las reglas del juego. Vivimos en una época donde nadie se impone exclusivamente por su talento. Si no posees contactos o la mejor dirección te quedas fuera».

El resto del libro, y ya voy terminando esta primera parte de la reseña (que no quería ser una primera parte de nada, pero ya veo que no me va a quedar otra si quiero comentar dos o tres cosillas más), se dedica a comentar el éxito inexplicable de las agencias literarias («quinientos pardillos siguen mandando cada año sus manuscritos desde el Canadá hasta la Patagonia. ¿Pueden llegar tan alto las agentes?») o el daño que hace la televisión («no debemos olvidar nunca que el gran enemigo de la literatura ha sido y sigue siendo la televisión.»).

Venga, va: se han ganado un párrafo resumen final.

En líneas generales, el ensayo de Dalmau destaca por su cercanía. Dalmau, ángel caído, se alinea con el lector preocupado con el patético panorama actual y evita caer en la pontificación en aras de resultar más creíble. No es un texto del tipo Gregorio Morán (El cura y los mandarines), esto es, profuso, rico en datos y referencias sino subjetivamente objetivo, personal y fruto de un arrebato, de una ira controlada, de un hartazgo. Es verdad que en ocasiones peca de victimismo pero también es verdad que sabe reconocerlo, a su manera, por más que esto, al final, sirva de poco toda vez que el mal ya está hecho. En cualquier caso, y desde su modestia con la está escrito, La mala puta es un interesante recordatorio resumen que invitaría a un debate sobre el estado de la narración si la gente estuviera interesada en debatir, así como una lectura divertida para todos aquellos a los que nos hace feliz que nos den la razón.


De las “soluciones” aportadas por Dalmau, de otras cosas que tienen que ver son eso y con la crítica destructiva (autocrítica en construcción) y sobre la aportación de Piña Valls, hablamos, si les parece, en unos días, que hoy ya estoy un poco harto de escribir.