«Si uno quiere ser conocido dedicándose a la escritura, como los libros en sí mismo suelen tener una vida efímera, debe o bien cortejar a los medios y dejar que la publicidad actúe como su chulo, como hacía Truman Capote, o bien aferrarse como la hiedra a los muros de la academia, yendo de campus en campus como un canapé en una fiesta. Así, de un modo o de otro, uno puede aparecer en público con frecuencia y cosechar el aplauso de aquellos a quienes aplaudir no les cuesta nada porque no tienen otra cosa que hacer. Uno debe también leer su libro histriónicamente, o dar muestras de su trabajado ingenio y de su creciente comodidad, en programas de entrevistas televisivas. Y hacer reseñas. Sí, exacto, descender hasta las profundidades de los rivales, donde uno será considerado un tiburón más. Y participar en simposios, y dar entrevistas. Todo eso se va sumando a los textos escritos por uno y sobre uno que cualquier estudiante, crítico o estudioso debe consultar. Porque uno vale en función del número de entradas en que aparece su nombre en el catálogo de la biblioteca. Mientras tanto, también hay que enseñarles a los principiantes cómo ser un genio, apoyar profesionalmente a los alumnos más destacados e ir creando en torno a sí mismo, a lo largo de los años, un círculo de personas agradecidas cada vez mayor. De este modo, el prestigio de uno va creciendo con tanta firmeza como el tronco de un frondoso árbol.
William Gaddis, también conocido como Gibson, también conocido como Green, también conocido como Gass, no hizo ninguna de estas cosas que suelen hacerse para potenciar la propia carrera literaira, quedando, como dicen convenientemente los políticos cuando no quieren que algo los salpique, «al margen». Fuera de foco. A un lado. Tampoco se dedicó a escribir un nuevo libro cada quince días sólo para demostrar lo que fácil que es, ya que todos sabemos lo fácil que es, y lo deseable, puesto que de ese modo uno puede darla sus nuevos amigos lo que están acostumbrados a recibir e ir a las fiestas, e incluso a las juergas, que organizan los editores, pues ¿acaso no somos todos viejos amigos?, y sus libros reciben cada vez más y mejores críticas. No hay que olvidar que los mismos chapuceros que condenan también están dispuestos a elogiar, por un precio». (Pág.14-15)
Eso de arriba (las cursivas son mías) es un extracto del prólogo de Los reconocimientos de William Gaddis (Sexto Piso, 2014) en la edición que acaba de salir a la venta, que yo ya tengo y que leo con un ansia rayana en lo enfermizo desde el momento en que entró en mi casa.
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Pienso, leyendo ese fragmento de prólogo de Gass: qué bendita razón tiene. Qué duro, ser escritor hoy. Qué trabajo, figurar.
Y pienso: hagamos una revista: Escribir Hoy o Ser escritor hoy y vendámosla con el periódico equis, a todo color, los domingos o vísperas de festivo. Por descontado, la llenaríamos de noticias paraliterarias (nada de resúmenes de novedades ni dossiers de poetas muertos ni de sentidos homenajes a los clásicos populares): de noticias del corazón, el habitual cotilleo de quién está con quién, quién cena con quién, quién folla con quién; de parecidos razonables, de sopas de letras, de matrimonios de conveniencia:
«Cuando se casaron, los dos querían escribir. Todo fue bien hasta que se publicaron los libros, entonces descubrieron que habían escrito el uno sobre el otro. Ésa es la única razón por la que ambos querían casarse, para estudiarse mutuamente. Se sentaban y se preguntaban el uno al otro por su infancia, y por toda clase de cosa, y ambos creían que el otro lo hacía por amor. Ahora se limitan a vigilar mutuamente sus ventas, y el que va por delante se pone toda la crema en el desayuno». (Pág.277)
Llenaríamos cada ejemplar con fotografías de presentaciones de libros, en las librerías de moda, a todo color: posados grupales, pasarela, photocall, vinos Don Simón en botellas rellenadas, gafapastas, lameculos. Los escritores asistirían en masa. Garantizado. Las salas/locales/librerías se llenarían de escritores [y] marujas, lectores [y] arrimados, oportunistas [y] curiosos. Alguno incluso hablaría de literatura. Alguno incluso compraría un ejemplar. Alguno incluso lo leería. Alguno incluso sabría leer. Incluiríamos entrevistas, en la revista, en las que la palabra libro no pudiese repetirse más de diez veces. En la sección de moda, posados con ropa de segunda mano, escritores jugando a modelos poniendo cara de malotes, de seres angelicales, de reyes del pop; algunos en estado de buena esperanza, abrazando su prominente tripa, a punto de parir un libro. Los poetas, sumidos en sus reflexiones habituales, pondrían la nota de humor: posarían travestidos y pálidos como vampiros adolescentes sin paga de fin de semana.
Las reseñas, que las habría, no las escribirían, como ocurre ahora, los amigos, sino todo lo contrario: los hijos del rencor, la envidia y la animadversión gratuita.
«—¡Un éxito de ventas! El tipo que lo escribió lo presentó a una comisión que se lo dio a leer a una muestra representativa de lectores, el público lector. Y al público lector no le gustó el chapucero final, de modo que el tipo escribió el chapucero final que le sugirieron, y se publicó. Un éxito de ventas, por el amor de Dios.
—Estoy haciendo una reseña –dijo el hombre cargado de espaldas, y empezó a alejarse laboriosamente.
—¿Lo has leído?
—No —dijo por encima del hombro—, pero conozco al hijo de puta que lo escribió». (Pág.279-280)
No hará falta, para figurar, tener buena planta (no se espera, de semejante gremio), ni una gran cultura: bastará con haber leído a Marías, seguir las series de la HBO o con saber decir, con divina elegancia: sólidos de Uchelo.
«Todos hablan de pintura. Recuérdalo bien, diga lo que diga quien sea, tú simplemente haz un comentario sobre los sólidos de Uccello. Puedes decir que no te gustan o que son divinos. ¿Te acordarás de eso? Los sólidos de Uchelo, ¿sabes decir eso?». (Pág.274)
Para todo lo demás, William Gaddis. Para todo lo demás, LOS RECONOCIMIENTOS.






