viernes, 10 de octubre de 2014

“La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías” de Colectivo Juan de Madre [o la reinvención de la Nocilla]

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Todavía no sé por dónde empezar pero ya sospecho que esto se me va a ir de las manos. Sean pacientes.

Lo primero supongo que debería ser preguntarse qué clase de padre pone a su hijo el nombre de Colectivo Juan de Madre. Menudo cabrón. Bromas aparte, esta entidad u organismo se define como un colectivo artístico multidisciplinar, igualito que un aula de plástica de niños con déficit de atención.

El caso es que han escrito un libro. Sería lo que tocaba ese mes. El libro es este que hoy nos ocupa. Va de lo siguiente:

Premisa: Parece ser que el 15 de febrero de 1916 un eminente físico llamado Ricardo Zacarías desapareció misteriosamente sin dejar otro rastro que el de sus estudios (algo sobre la mecánica cuántica, dicen). Cinco años después, en un hotel de Manhattan un hombre apareció asesinado en una habitación completamente cerrada. El misterio, también en esa ocasión, quedaría sin resolver, al menos hasta hoy, que llegó el Colectivo y puso las cartas, marcadas, sobre la mesa.

La insólita reunión… es una ficción que trata de dar respuesta a estos dos sucesos o bien de dar respuesta a uno de ellos utilizando el otro como palanca, que para el caso es lo mismo. Una explicación, dicen, tan buena como cualquier otra, sobre todo si crees en máquinas del tiempo, los cuentos de Iker Jiménez, la teoría de cuerdas y la relatividad. 

Ricardo Zacarías —a ver si me centro— es un señor que tiene una máquina del espacio/tiempo (los detalles no son importantes). La mecánica es la siguiente: el sujeto tiene dos chismes, uno la coloca en el punto de origen (A) y otro en el destino (B). Si hace lo que tiene que hacer puede ir desde su casa a la panadería todos los días a la misma hora para ver salir a la dependienta. Pues algo así: decide viajar a la misma habitación de un hotel a un momento muy concreto del futuro. Y lo hará todos los quince de febrero en nueve ocasiones entre 1905 y 19016. El resultado no es complicado: se trata de meter a nueve Ricardo Zacarías en una misma habitación a ver qué cara ponen.

«El problema me acecha cuando en nueve ocasiones, a lo largo de mi vida, decido viajar a un mismo instante, donde se encuentran nueve Ricardo Zacarías, llegados de nueve años distintos. Y el lenguaje se convierte en una trampa para explicar sin trabas lo sucedido. Por eso, supongo, decidí escribir nueve veces lo que allí ocurra, una por cada oportunidad en que yo lo viva. La reunión sólo sucederá una vez; seré yo, que la viviré en tantas ocasiones».

Muy interesante. Lo digo completamente en serio. Piensen en ello un minuto: viajan al futuro y ven a sus otros yo, cada vez algo mayores, haciendo algo, porque algo hacen, no van a estar todo el rato sentados mirándose como gilipollas. Observen a su yo del año que viene y ahora pregúntense: ¿es posible cambiar el destino? ¿Puedo obligarme, el año que viene, a hacer algo completamente diferente lo que me he visto hacer? ¿Me interesa hacerlo?

Pues, básicamente, de eso trata.

Al Sr. Colectivo Juan de madre le gustan un poco bastante las notas auxiliadoras y es por ello que ha plagado de ellas todito el libro. Durante la lectura uno se encontrará letras o números que deberá seguir si quiere ampliar información respecto a lo leído o simplemente no faltarle el respeto al escritor. Siguiendo el hilo, dará con breves ensayos, comentarios o anécdotas varias que se supone que tienen relación con el asunto de referencia («[…] se intercalan otro tipo de textos con la trama. Son breves ensayos y artículos que deben ampliar o desarrollar temas apuntados en las páginas del diario personal de Ricardo Zacarías»). 

Va un ejemplo: 

En un momento equis se habla de “concebir el universo como un instante eterno” y se nos invita a seguir la llamada 18 que está al final del capítulo (y no al final del libro, como hubiera más práctico, claro que se trata no de ser práctico) y que recoge citas de Warhol, Borges, Philip K Dick o Arthur Nersesian, citas que hacen referencia a la incompatibilidad entre el sentir y el contar, entre el observar y el narrar y la maldita limitación del lenguaje. De hecho esta es una fantasía erótica del amigo Colectivo que, ya en las primeras páginas, nos hace partícipes de la (su) particular frustración de verse sometido a las limitaciones de las leyes universales como si la dinámica posmodernista consistiese únicamente en llevar la contraria a todo el mundo:

«Este volumen, lejos de ser una cuerda, aspira a ser una red. Su lectura ideal consistiría en una lectura totalizadora, leyendo todas sus páginas a la vez, sin jerarquías, ni pirámides; comprendemos que es una aspiración imposible, ya que leer es un acto secuencial. Por lo que finalmente, cada lector deberá decidir el recorrido por dicha red: trazar una trayectoria según sus deseos, priorizar unos nodos, saltar sobre otros o regresar a los que dejó atrás, y de tal manera ensamblar su propio libro: su propia máquina del tiempo».

Falso, en mi opinión (es decir, falso sin más). No es cierto que la novela esté pensada para una lectura totalizadora. La novela está estructurada como una novela de toda la vida de Dios y pensada para un lector con forma y maneras de ser humano: los capítulos se desarrollan a lo largo del tiempo y el lector asiste, con el protagonista, a los descubrimientos que tiene lugar día a día y de hecho hay un misterio que consiste en saber qué ocurrirá al final, lo que directamente desmonta la idea de novela cuartodimensional. Ahora, ¿que suena bien? Sí, claro, mucho. Y moderno, ni te cuento lo moderno que suena.

Y conste que estoy a favor de la masturbación mental pero al pan, pan.

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2

Y ahora vamos a complicarlo un poco más.

Volviendo a la idea de las citas y dejando a un lado esa reseña oculta en una digresión, la putada de todo esto es que aunque algunas de esas citas, ensayos y/o comentarios sí tienen una razón de ser (o simplemente un interés compatible con nuestra santa paciencia) hay muchas otras —descubrirán, terminado y reposado el libro, que son la mayoría— que no sirven absolutamente para nada o que directamente parecen una tomadura de pelo, como puede ser el caso de colar, a modo de chiste privado, un par de veces a Eloy Fernández Pinchadiscos Porta, artista afterpop-up del ensayo-error español de penúltima generación:

«(27) Por último, el escritor Eloy Fernández Porta24 tomó el escenario para recitar sus canciones elegidas [se refiere al evento El pop també es llegueix que pueden ustedes buscar en google si les place], torció el cuerpo y emuló el gesto adolescente de aquel Jonhy Rotten de los primeros Sex Pistols, forzando la voz hasta alcanzar un falsete infantil e insoportable. El público asistente se debatió entre aplaudirle o golpearle».


Se habrán fijado, y si no lo han hecho ya se lo digo yo, que junto a su nombre, así como quien no quiere la cosa, figura otra llamada (la 24) que nos lleva a un artículo que trata sobre la artista multidisciplinar (la etiqueta no es mía) Violeta Gómez. Pues bien, la cita que he puesto es, a su vez, una nota que viene de, adivinen, otra nota. Esta: “(ñ) […] ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Fue bajo la estatua de la Libertad 27…”. Bueno, da igual. El caso es que la mencionada llamada 24 hace referencia a un evento que, como se nos recuerda en el libro (faltaría más), organizó Fernández Porta entre el 9 y 11 de octubre de 2008 (el mismo año que el escritor publicó el famoso Homo Sampler, que ya es casualidad también) y al que asistieron –a excepción de Vicente Luis Mora, que no pudo ir— todos estos señores: Jordi Carrión, Javier Moreno, Alberto Santamaría, Francisco Ferré, Gabriele Wiener, Robert Juan-Cantavella, Manuel Vilas, Agustín Fernandez Mallo… y un largo etcétera.

¿Me siguen? Bien. Pues no me pierdan de vista; ya termino.

El plan de ese congreso era el siguiente (sigo robando citas del libro que hoy nos ocupa): «empezar a redefinir el espacio literario del nuevo siglo» que traducido del chino quiere decir: «hágannos sitio que queremos volver». 

Nos ha jodido. 

X años después nace el colectivo artístico multidisciplinar Colectivo Juan de madre. No quiero de dar a entender que este grupo (si acaso es tal cosa) esté formado por los arriba mencionados, pero dado el secretismo y viendo como florecen las casualidades en esta primavera de nuestra incertidumbre creo que tampoco deberíamos descartarlo toda vez que, para más inri, Aristas Martinez edita trabajos de, entre otros, Javier Calvo, Jordi Carrión y Laura Fernández o antologías en las que colaboran Francisco Ferré, Vicente Luis Mora, Antonio J. Rodríguez, Julio Fuertes Tarín, Oscar Gual o Robert Juan-Cantavella (otra vez, entre otros).

Señores, la Nocilla ha vuelto. Y lo ha hecho para quedarse. O eso creen.

Me puedo equivocar, pero sería la primera vez.



lunes, 6 de octubre de 2014

“¿Le gusta ser malvado?” de Peter Hamm (que NO Thomas Bernhard)

Ohlsdorf, 1977. Llueve. 

Ring, ring. Quién es. Peter Hamm. ¿Qué Peter Hamm? Ya sabes, hombre: tu amigo, tu admirador número uno, tu primer crítico. Ah sí, tú; cuánto tiempo, y qué quieres, tú. Entrevistarte. Anda, no me jodas, Peter H. En serio. A ver, suplica. Por favor, por favor, Thomas B., te lo suplico. Venga va, no te humilles más y sube, pero trae pastelitos, que estoy sin desayunar. 

Esto pudo haber empezado así o no. Seguramente no, pero en cualquier caso el resultado fue el mismo: Thomas Bernhard y Peter Hamm (y una que pasaba por allí) pasaron una noche sentados frente a frente: el uno preguntando, el otro respondiendo; el uno creyendo que lo sabía todo, el otro quitándole continuamente la razón; el uno haciendo el ridículo más absoluto, el otro perdiendo una noche que podía haber dedicado a escribir o a la cópula salvaje. 

Pero eso no es lo peor (se lo juro); lo peor es aquello que el propio Peter Hamm, en un arrebato de sinceridad, cuenta en el prólogo: resulta que cuando terminó la entrevista —y después de haberse duchado, arreglado, después de haber ido a su casa y dar de comer al gato— llevó la grabación a la editorial con la que había negociado el asunto para que la transcribieran. Una vez transcrita (se tomaron su tiempo) se la mandó a Bernhard para que la corrigiese (Hamm, por lo que se ve, en este asunto se limitó a frecuentar a Bernhard, apretar un botoncito y pagar un sello en el sobre). 

Bernhard contestó… pues como le gustaba contestar a Bernhard. 

«Querido Peter H.: Sin duda sentirá nostalgia de Sintra al ver este papel… En pocas palabras: todo el texto (¡horriblemente mecanografiado!) de nuestro único (¿y singular?) experimento resulta totalmente inservible y no se debe aprovechar ni una línea de él. Me pongo casi malo al pensar en un libro sobre mi obra; sólo puede resultar otra monstruosidad más… Desde hace años leo únicamente estupideces nauseabundas y no puedo evitar vomitar ante esas fantasías (¿?). Por favor, piénselo todo a fondo otra vez… Estoy en buena forma y debería usted aparecer por aquí de nuevo —¡espontáneamente! — … quizá entre dos… Me despido de mi primer crítico (1957), que tan joven era y al que tomé por tan viejo. Suyo, Thomas Bernhard». 

Y ahora viene la parte en la que les invito a no comprar (ni tan siquiera leer) este libro abyecto y miserable y dónde me niego a reseñarlo, toda vez, además, que está lleno de preguntas torpes, tontas, carentes de interés, equivocadas y de respuestas correctoras y donde no se aporta absolutamente nada que no se pueda encontrar en cualquiera de los libros del bueno de Bernhardo: que si el problema del teatro son los actores, que si sólo se publica basura, que si los editores son unos ladrones, que si mi abuelo era guay, que sí, que claro que me gusta ser malvado: 

«Puedo ser sin duda muy malvado, sí, cruelmente malvado. Pero no puedo expresarlo, darle rienda suelta, ¿no? Eso produce entonces cierto agarrotamientos y a veces, durante largos períodos, cierta infelicidad. […] Pero en mi pensamiento soy muy malvado. Malvado, sí». 

¿Le gusta ser malvado? es Peter Hamm buscando una pepita de oro en el culo de una gallina muerta y vendiéndolo después por cuatro euros en el Todo a cien de la periferia. No les quepa duda de que si a Bernhard este entrevista no le gustaba, era por algo. 


«[…] se me ocurre una cosa: el amor apenas aparece en sus libros
Al contrario. Todo lo que hay en ellos está hecho de amor. Porque el mundo se compone al fin y al cabo de muchos espejos. Quien escribe sobre odio o vileza escribe al mismo tiempo sobre el amor, lógicamente. Sólo hay que leer bien y saber lo que quiere decir. O ver bien. Es al fin y al cabo una cuestión de punto de vista. De algún modo, mirar en un espejo quiere decir verlo todo, ¿no?, y sobre todo ver lo que se refleja, es decir, no sólo lo que hay allí sino también lo reflejado. Sin embargo, ¿quién lo hace? La gente que le no sabe mirar al espejo. Sólo ve un cristal pulido, ¿no?, y eso, naturalmente, no devuelve nada». 

miércoles, 1 de octubre de 2014

“El genuino sabor” de Mercedes Cebrián

El genuino sabor es una novela corta, cortísima que merece una reseña breve brevísima y ejemplarmente fugaz. Fugacísima, diría. [No será el caso] El argumento es tan simple que cuesta justificar las 150 páginas que tiene: una joven (llamada Almudena, por si les interesa el dato) fantasea con ser, de mayor, esposa de diplomático. No es tanto por follarse a uno de clase como por viajar, que es algo que, desde la más tierna infancia, cuando se dedicaba a marear una bola del mundo, la tiene frita de pura obsesión.

«Almudena fantaseaba de pequeña con tener un marido diplomático en el futuro para así viajar a todas partes. En el salón de casa de sus padres hacía girar el descomunal globo terráqueo que escondía en su interior un mueble bar repleto de botellas y, en plena rotación, situaba el dedo al azar sobre un punto de la superficie abombada que reproducía fielmente el estilo cartográfico de Juan de la Cosa».

Hay, a lo largo de la novela, una obsesión por lo culinario que roza lo enfermizo. Esto habría que ir mirándolo, yo creo. A la protagonista no le gusta tirar comida, pero se ve que tampoco comerla cuando corresponde, de ahí que los alimentos se pasen de fecha y ella arriesgue su integridad física un día sí y otro también. La cantidad de tiempo que se le dedica a la cuestión de la caducidad, como si esto fuese herramienta suficiente para construir un personaje, es alarmante. Y esto siendo generoso. No dudo que hay un significado para todo esto pero la novela no invita a hacer el esfuerzo de tratar de entenderlo. Si la Filomena se quiere comer el jamón cocido de hace dos meses, que lo coma, y de paso que nos deje algunas páginas en blanco en las que ocultar nuestra desidia tras de unos monigotes.

«¿Qué habrá de cena? Isidro, antes que acudir a la nevera o levantar las tapas del par de cacerolas que hay sobre la vitrocerámica, ha preferido levantar la del cubo de basura. Ahí están, elocuentes desde sus envases, todas esas fechas de caducidad pertenecientes a momentos en los que Almudena aún no vivía en Londres. Como ya está más que inmunizado contra esa afición de su amiga, no le da importancia, pero á ella le ha dicho más de una vez que esa ruleta rusa que cree jugar con una pistolita de pega es más peligrosa de lo que parece, pues la bala fatídica no implica solo una mera gastroenteritis sino también el posible enfado, y definitivo, de aquella gente cuyo aprecio logró no sin empeño». 

Pero estoy divagando.

En la novela la protagonista se dedica profesional y personalmente a representar la marca España y lo trabajando para una empresa que representa la marca España en el extranjero. Esto puede parecer una idea genial y seguramente lo sea (uf) pero a la vista del resultado Mercedes Cebrián no parece ser la persona más indicada para llevarlo a cabo.

«Las tareas del hogar, los recados de diversa índole que retrasan la vida o que parecen transcurrir fuera de ella son, de tan cotidianos, conocidos por todos. Los esporádicos, no por ello son menos molestos: para el varón, la chapuza y el trabajito fino, el perfórame, instálame y móntame tal o cual cosa; a la mujer se le asigna más bien el zurcido de calcetines y otras prendas de ropa y la eliminación de manchas particularmente rebeldes. En la categoría unisex destaca el permanecer en largas colas tediosas para recoger o entregar documentación sellada. Y aquí surge una pregunta: ¿cómo transcurriría la vida de aquel cuyo trabajo consistiera en hacerles recados a otros? ¿Sería él mismo, por tanto, quien llevaría a cabo sus propios recados?»

No sé si ustedes, como yo, tienen la sensación, tras leer ese párrafo, de que detrás de la prosa correcta, académica, fría y calculadora de mujer fatal de Mercedes Cebrián se oculta el gusanito del tedio y la falta de ideas; un gusanito aficionado a narrar lo evidente, lo cotidiano, la anodino y vulgar, lo accesorio y prescindible. Un poco lo Marías, digamos y otro poco lo que viene siendo la literatura que se hace actualmente en este país. Así, en general.

Pues de párrafos como ese está la novela llena no, lo siguiente. 

A esto, en mi pueblo, le llaman escribir por escribir.

No todo es prosa, Merce. Además, para eso ya tenemos la poesía.

Tengo la impresión (como la tuve también leyendo la ya olvidada –así de buena era— La nueva taxidermia) de que a Mercedes Cebrián, una de o dos, o bien le importan un comino los personajes [me inclinaría, en mi buenismo habitual, por esto…] o bien no tiene ni pajolera idea de cómo crear uno que resulte mínimamente creíble, no digamos ya medianamente complejo […si no fuera que prefiero inclinarme por esto otro]. 

En un momento equis la protagonista se marcha a Londres para cubrir una baja de maternidad. Se supone que aquí reside el intríngulis de la novela, pero resulta que no, para nada. Se convierte en exactamente lo mismo que habíamos venido leyendo hasta el momento, pero en otro país, uno que a Almudena la pone nerviosa por esos detalles tipo «creer que está abriendo la puerta cuando en verdad la está cerrando con llave (ya que el giro se realiza en sentido contrario a la lógica continental)» o porque «los cuartos de baño sin tomas de corriente por miedo a que se repita el gran incendio de Londres de 1666» o porque existe «en los pubs, la obligación de pagar las consumiciones nada más pedirlas». Todo esto, como se ve, da mucha profundidad a la novelita dichosa no digamos ya a la personaja. Por si no era suficiente como Manual Encubierto de Peculiaridades Inglesas para Recien Llegados, Mercedes Cebrián salpica la narración con ejemplos teórico/prácticos de experiencias ajenas que ya quisiera yo saber qué coño tienen que ver con aquello de la Marca España pero que si ha viajado usted recientemente a la isla le hará mucha gracia:

DICCIONARIO BIOGRÁFICO DE LA PRESENCIA ESPAÑOLA EN LONDRES (II)
Martínez Alarcón, Paula (1976): Diplomada por la Escuela Oficial de Turismo de Madrid. Trabajó en el PrétáManger de Charing Cross Road entre 2000 y 2003 mientras se preparaba para sacarse su Certifícate in Advanced English en la academia Buckingham. A los tres meses encontró trabajo en una agencia de viajes donde valoraron su diplomatura. Compartió piso con un galés, un canadiense y una noruega que, cada vez que viajaba a su país, traía un bloque de queso color toffee de sabor dulzón que daba a probar sin éxito a sus compañeros de piso y que, indefectiblemente, acababa mohoso en la basura. Se echó un novio de Leeds, Patrick, y ahora vive con él a dos paradas de Wimbledon.

Y ahora les voy a estropear el final. 

Al final Almudena se marcha de Londres, vuelve a España y se plantea ocupar una plaza en Gibraltar como responsable de algo, lo que sea, qué más da. Y surge la pregunta, ¡la intriga!, la enésima razón para dejarnos las uñas: ¡el sinvivir!: «Entonces ¿se queda o no se queda a vivir allí si le dan el trabajo?» 

Ah, son estas preguntas, grandes, inmensas, dolorosas y necesarias, las que hacen de la literatura el refugio de la inteligencia.  

Si de algo puede presumir Mercedes Cebrián, además de tener tiempo libre que perder en estas cosas y escribir igualito que Luisgé Martín, es de haberse col(oc)ado en Mondadori a base de escribir relatos, nouvelles o novelas ejemplarmente inútiles, aburridas y prescindibles y encima llevar la etiqueta de promesa, nuestra eterna promesa número seiscientos veinte. 

Quiera Dios que no sea también marca España o no salimos del arroyo.