jueves, 28 de agosto de 2014

Resumen de lecturas AGOSTO 2014

Un mes curioso, este agosto. Ha habido lecturas de todo tipo. Ha habido relatos, biografías encubiertas, algo de ciencia ficción, un clásico inmortal, un alemán inmisericorde, escritores misteriosos, italianos kafkianos, dramas lacrimógenos y perfectos inútiles. En la variación está el gusto y aunque ha sido un mes de calidad bastante irregular el balance general ha sido positivo. Es lo que tiene terminar con buen sabor de boca. 

Vamos con ello.

“Muero por dentro” de Robert Silverberg


Ciencia ficción. Va de un chaval que puede leer las mentes. Hay una reseña escrita que saldrá en breve que dice, entre otras cosas, lo siguiente: “La novela, protagonizada por un ser triste, aburrido y cargado de remordimientos por un don que no ha pedido, se centra en analizar con detalle la angustia de ser diferente, preguntándose (y tratando de dar respuesta a) cómo es posible que alguien con la capacidad de conectar con las mentes ajenas no pueda evitar hundirse en el aislamiento y acabar siempre más solo que la una. Lo que viene siendo pasar demasiado tiempo en Facebook, para que nos entendamos.”



“Pistola y cuchillo” de Montero Glez

También de esto hay una reseña escrita y pendiente de salir. Septiembre se las promete terrible. “Pistola y cuchillo” va de Camarón, el cantante, cenando, bebiendo y fumando en un bar y tratando de decidir si va a dejar o no va a dejar que un gallo cante al amanecer. Suena raro pero es la pura verdad. Es una novela muy condicionada. Te tiene que gustar Camarón, Montero o la sopa de ave con fideos. Si ninguna de los tres, lo mejor es darse a la bebida.



“La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías” de Colectivo Juan de Madre

Bueno, esto no va a ser fácil. Esta novela recuerda mucho a “La casa de hojas” del amigo Danielewski —por razones equis en las que no entraremos ahora—, y por lo tanto se arriesga a llevar palos por todas partes. Al mismo tiempo y al igual que ocurre con “La casa…”, viene acompañada de reseñas varias, todas elogiosas, que es algo que siempre levanta muchas sospechas. Vamos, que lo tiene todo. Quiero dejar claro que la leí libre de prejuicios, que ya es raro también. Respecto a la reseña… bueno, de eso hablaremos en septiembre pero les adelanto que ya hacía tiempo que no disfrutaba tanto “comentando” una novela. 



“Entresuelo” de Daniel Gascón

Malo. Malo, pero malo, malo, malo. Hay libros que no merecen ser editados; editores que merecen ser apedreados y escritores... escritores que… no sé, de verdad, ya, qué hacerles. Este es uno de los peores libros que he leído en toda mi vida. Que ya es decir. Que Mondadori se preste a sacar esto a la calle da una idea aproximada de muchas cosas, entre ellas el respeto que merece. La reseña ya está escrita y pendiente de ser publicada. Tal como he dicho, será un mes duro.



“Leche” de Marina Perezagua

Colección de relatos de la artista revelación del año… del año que sea en que publique. Ja. No me hagan caso. Son relatos y como tales no es fácil emitir un “juicio” general. Los hay mejores, los hay peores. Los hay muy buenos; los hay horribles. También hay reseña. Hablamos en… septiembre, eso es, y diremos cosas como esta: "Durante unos minutos, unos 3.000, hace un par de semanas —o un mes, dependiendo de cuánto tarde en publicar esto—, llegué a creer que me estaba aficionando a los relatos, que lo mío, ahora, iba a ir por ahí. Se lo juro. Fue terrible. Qué mal trago. Culpen al verano si quieren. O no. Afortunadamente, gracias a Marina Perezagua, se me ha pasó rapidito la tontería."



“Sobre el acantilado y otros relatos” de Gregor von Rezzori

El pasado sábado (23 de agosto) se publicó en Babelia una lamentable reseña en la que el crítico aseguraba que de los tres relatos incluidos en este recopilatorio, el tercero, que no estaba a la altura, podía el lector “ahorrárselo”, directamente. Bueno, en fin. Babelia. Una cosa es que no esté a la altura, pero de ahí a considerarlo tan malo como para no leerlo media un abismo. Quitando esta puntualización, todo lo que quise que decir de este libro lo dije aquí: clic.



“El patrón” de Goffredo Parise

La cosa va de trabajar, trabajar, trabajar. No, no es cierto. La cosa va de trabajo, trabajo, trabajo. Que es muy diferente porque en esta novela, lo que es trabajar, se trabaja muy poco. Ahora bien de trabajo se habla un rato. De hecho no se habla de otra cosa. El Patrón tiene un gran comienzo: un hombre, un joven del campo, llega a la gran ciudad para empezar a trabajar en una empresa. Hasta aquí todo normal o todo lo normal que es encontrar trabajo hoy en día. En el momento en el que el protagonista cruza la puerta, todo se vuelve surrealista. Lo gracioso de todo esto es que, cuanto más surrealista, más realista. No se lo van a creer, pero la reseña saldrá en septiembre.



“Edipo en Stalingrado” de Gregor von Rezzori

Edipo en Staligrando representa el exceso. Tengo un problema con esta novela. Disfruté con ella tanto como la odié. Entiendo y valoro la intención del escritor pero me pregunto si era necesario pasarse, a veces, tantos pueblos. Edipo es un crítica salvaje que, como tal, siempre será bien recibida pero Rezzori, a veces, agota. De momento, no hay reseña pero todo se andará. O eso espero.



“Tom Jones” de Henry Fielding

Una de las mejores lecturas del año. Grandísima novela. Puro divertimento que acabo de terminar cuando escribo estas palabras. Tom Jones, la gran novela. ¿Qué decir que no haya sido dicho ya? Nada, seguramente. Ignoro si habrá reseña. Debería.






“El hombre que amaba a los niños” de Christina Stead

Cuando escribo estas palabras estoy a setenta u ochenta páginas de terminar esta novela y, teniendo en cuenta que supera las 700 yo creo que algo ya puedo decir. Y digo esto: “El hombre que amaba los niños” es una novela absolutamente maravillosa a la vez que demoledoramente triste. Si la van a leer, prepárense a pasarlas putas. 

Magnífica. Durísima. Inolvidable.





* * * * * * * * * 

Y eso ha sido todo, que ya no está mal. 

En septiembre no sé qué leeré, la verdad, el cuerpo me pide ladrillos. Tolstoi, me pide. Pynchon. Ya veremos. De momento, casi seguro, Mercedes Cebrián (“El genuino sabor”), Augusto Cruz (“Londres después de medianoche”) y Mrozek (“Baltasar, una autobiografía”) por aquello de que ya los tengo en casa. Seguramente también Lázaro Covadlo (“Nadie desaparece del todo”) y Emilio Bueso (“Extraños eones”), por aquello de que los tengo pedidos. Tal vez Eugenides o Ford o Lehtem, por aquello de refugiarme en un clásico moderno.

Eso en lo que se refiere a novedades. Saliendo de ahí, debería caer Fielding, Sterne, Saroyan, Vonnegut, Barthelme, Faulkner,… Pero ya veremos. Poco a poco. En un mes, salimos de dudas.



jueves, 21 de agosto de 2014

“Rascacielos” de J.G.Ballard

Póngase un edificio de, no sé, no recuerdo, digamos 40 plantas. Llénese de gente. Aíslese. Agítese. Déjese explotar. 

El resultado: “Rascacielos” de J.G Ballard.


“El edificio de apartamentos estaba creando un nuevo tipo social, una personalidad fría y cerebral impermeable a las presiones psicológicas de la vida en un rascacielos, con necesidades mínimas de intimidad, y que proliferaba como una avanzada especie mecánica en esa atmósfera neutra. Era el tipo de gente que se contentaba con no hacer otra cosa que estar sentada en el costoso apartamento, mirar la televisión con el sonido apagado, y esperar a que los vecinos cometieran algún error.”


Argumentemos

En un gran edificio, equipado con todas las comodidades habidas y por haber (“era un modelo de todo lo que la tecnología había desarrollado, haciendo posible de este modo la expresión de una psicopatología auténticamente «libre»”), tantas que han llegado a favorecer el (re)nacimiento de las diferencias de clase (a mayor altura, mayor estatus), se produce un incidente equis en la piscina de la décima planta. Algo insignificante, creo, pero hablo de memoria. Este incidente será la chispa que inicie un incendio que prometerá arrasar con la acomodada situación de los habitantes del monstruo de cemento al movilizar a quienes, hasta el momento, habían sentido una inclinación natural a la inacción. O sea, todos.

“Para Helen, por supuesto, era una cuestión de nivel social, mudarse a una «vecindad mejor», lejos de este suburbio de clase baja, a un piso alto en elegantes distritos residenciales entre los pisos quince y veinte, de corredores limpios, donde los niños no tenían que jugar fuera, y la tolerancia y la sofisticación civilizaban el aire.”

La novela tiene tres protagonistas: el representante de la clase “baja”, el de la “media” y el de la “alta”. El segundo es la sumisa observación; es un hombre que se adapta a las circunstancias y que incluso las disfruta ya que eso le permite librarse de las ataduras de las convenciones sociales más estrictas. Es realmente entre las clases baja y media (quienes viven, más o menos, por debajo del piso quince y por encima del treinta y cinco) donde se produce el mayor enfrentamiento. Y estoy utilizando el sentido estricto del término. Tiene lugar una auténtica batalla campal en la que el logro está en ir subiendo, poco a poco, avanzando por terreno y apropiándose tanto de las viviendas como de sus habitantes. 

Todo esto viviendo de espaldas al mundo. Lo que ocurre en el edificio, se queda en el edificio. Fuera,  hombres de gris, corbatas de seda; dentro, taparrabos y bates de béisbol.

“Ahora el nuevo orden había aparecido, y toda la vida del rascacielos giraba en torno a tres obsesiones: seguridad, comida y sexo.”

Y es que al final se trata de eso. La involución, la bestialización. Ya saben, lo de dar rienda suelta al animal que llevamos dentro. Se pacta, sin contratos de por medio, el todo vale. Se negocia una pausa con el progreso, dentro de ese microcosmos, y se olvida y se desprecia todo aquello que favorece la convivencia. Quién no ha jugado alguna vez a los indios.

“En el futuro, la violencia se transformaría sin duda en una valiosa forma de cohesión social.”

Esta novela forma parte de la trilogía urbana de Ballard (la otras son Crash y La isla de cemento, cuya reseña pueden leer aquí) por lo que conocer las anteriores puede ayudarles a hacerse una idea de la intención del escritor. Al margen de lo mejor o peor llevada que esté la novela (se echa en falta una visión más global y menos centrada en unos protagonistas cuyas acciones acaban resultando un tanto repetitivas) está el hecho de entender al ser humano como un animal civilizado que fantasea con la idea de abandonar la urbe y volver a la libertad del campo y la cueva (exactamente lo que ocurría con La isla de cemento pero con algo más ritmo), donde la superviviencia depende de la habilidad para la caza y no de la capacidad para entender los mercados financieros.

El fracaso de ponerle una corbata a Tarzán.

Los amantes de las comunidades de vecinos están de enhorabuena, al fin una novela que retrata fielmente lo que deberían ser este tipo de reuniones. Ídem de lienzo para los que opinen que cualquier tiempo pasado fue mejor o para los que prefieran hacer las barbacoas directamente en el suelo. 

Lejos de apasionante, “Rascacielos” es un interesante reflexión sobre lo que somos y sobre lo parecemos pero sobre todo, sobre lo que nos gustaría ser si nos dejasen un ratito, sólo un ratito, a solas en un edificio con veinte como nosotros. Menuda fiesta.





jueves, 14 de agosto de 2014

“Sobre el acantilado y otros relatos” de Gregor von Rezzori

“El cisne”, primer relato de este recopilatorio, empieza del siguiente modo: “En el retraído silencio que rodeaba al muerto, suspendido allí como el aliento contenido en medio del calor estival, una enorme mosca de destellos iridiscentes enhebraba el arabesco confuso de su ferviente canto de vida con una desquiciada trayectoria que trazaba el jeroglífico de la absurda existencia en la mórbida tarde en la que, ajena y perdida, se había sumido la casa, con sus carcomidas contraventanas y sus deshilachadas cortinas de damasco, encapsulada malamente en una penumbra atemporal, alrededor del solemne centro de luz creado por las llamas de unos cirios desde los que se alzaba un humo jabonoso.

No se me ocurre, ahora mismo, un modo más sencillo de obligarme a cerrar un libro que esta prosa alambicada, engolada y petulante. De hecho lo cerré. Y después lo guardé. Y después lo olvidé.

Hasta que un buen día, no recuerdo cómo ni de qué manera (y eso que fue hace unos días), Rezzori fue tema de conversación en alguna parte o simplemente pasó una mosca frente frente a la estantería. El caso es una cosa llevó a la otra y yo volví a fijarme en el libro. Lo saqué de la estantería y seguí leyendo exactamente donde lo había dejado: “Un ancho y duro cojín de seda, cubierto con una funda de rizados encajes cuyo borde calado estaba entretejido por una cinta de color crema, empujaba la cabeza del tío Serguéi hacia delante y depositaba el mentón, con tiesa dignidad, sobre el cuello del uniforme, del que se derramaba un penacho de condecoraciones —la cascada de una cornucopia de cruces y medallas dispersas sobre la mitad izquierda del tórax y del abultado vientre— que llegaba hasta la zona cercana al hígado, donde una última y pesada estrella parpadeante pendía sobre la trenza dorada del cinto del sable, bajo cuya hebilla se plegaban, en gesto patriarcal, las manos de tahúr del tío Serguéi.

No les voy a pegar todo el relato. Sólo quiero que entiendan, antes de seguir leyendo esta reseña, que no había sobre el planeta Tierra ser humano con peor disposición frente a un libro que un servidor.

Cómo pude pasar del escepticismo a la admiración (ya les adelanto que esto, hoy, acaba bien) es lo que trataré de explicar en esta reseña que, por lo que veo, promete ser todo menos breve.



EL CISNE

Inmediatamente después de las citas anteriores la prosa se normaliza dejando el barroquismo para momentos puntuales, los suficientes para que no nos olvidemos que esto tiene algo que ver, al menos tangencialmente, con la destrucción de un imperio y quienes lo habitan. Es decir, que el estilo tiene una razón de ser.

Lo que ocurre en este relato es que a dos niños de noble cuna se les muere un tío. O al menos así es como empieza. Eso no tiene nada de malo. Que los demás se mueran, quiero decir. Son cosas que pasan y hasta tienen su gracia y de hecho ellos se ríen; lo que ya no la tiene tanta es que la muerte de unos suponga, para otros, la madurez, que de todas las cosas terribles que te van a pasar en la vida, es la peor. Vamos, que si me apuras, El cisne podría pasar perfectamente por un relato de terror psicológico. 

En este relato sobre un cambio de ciclo, todo son señales. Nada es gratuito. Desde la muerte del tío, hasta el abandono de los padres, pasando por las venas de su mano (“Pero ella ya nada tenía que ver conmigo, era sólo una mano independiente, dueña y señora de sí misma, no ya mi mano.”) o los senos de su hermana, “una criatura autónoma, incluso opuesta a mí, una muchacha alta y esbelta en el tránsito de niña a mujer; un estado que, como bien sabía yo, aderezaba el erotismo de sátiros envejecidos y, asimismo, desafiaba la sobreexcitada sensibilidad de mi adolescencia; un estado, para mi tormento, que a ella no parecía desagradarle del todo.” De repente todo cambia, el mundo, su mundo, se desmorona y lo que era inocencia infantil ahora es un completo desastre.

El caso es que a los niños, llegado un momento, les toca matar un cisne, que es un poco lo que vendrá a rematar la cuestión: “Nos habían llamado a cumplir con nuestro deber: el honor de nuestra casa estaba en juego”. Todo esto viene porque el bicho, que es como la piel del demonio, molesta a la gente del pueblo y estos reclaman a los señores una solución, puesto que, según la tradición, “los cisnes eran intocables, ya que, en base a un acuerdo cumplido desde siempre, era privilegio de los señores tenerlos en el lago.” 

La imagen de este relato, cuya reseña abandono ya para no aburrirles más, es la de dos niños subidos a una barca endeble, cruzando un lago y matando a golpes a un hermoso cisne. Solo esta imagen y lo implica, ya vale medio libro. O más.

“A día de hoy, se me antoja que ya entonces sospechábamos (o por lo menos intuíamos) que esa risa ocasional e incontrolable surgía de una desesperación cuyas causas residían en la comprensión del carácter efímero de toda existencia, […]. Aún no había llegado ese momento de cambio en que uno deja atrás el umbral de la infancia, un cambio con el cual nuestra risa desesperada devendría una risa malvada. Por eso la cruel y falsa alegría con la que nos dispusimos a asesinar al cisne me parece todavía hoy un acto de destrucción con el que perdimos la inocencia de nuestra infancia.”

Se me ha ido la mano con las citas. Mis disculpas.


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SOBRE EL ACANTILADO

“Sobre el acantilado” es el segundo y, seguramente, mejor relato de los tres que componen este recopilatorio. 

Digo seguramente como si dudase. No es así. Es el mejor relato. Es solo que, ante tanta calidad, cuesta elegir a quién se le pone qué medalla. El problema, ahora, es hablar de él sin volverse loco o sin volver locos a los demás. Se tratan tantos temas, en este relato, que cuesta centrarse en uno. Para que se hagan una idea: en total, la citas elegidas, y aun habiendo hecho gala de un comedimiento ejemplar, superan las 1500 palabras, que son bastantes más de las que llevo escritas hasta ahora. 

El protagonista, un personaje grotesco salido directamente del subsuelo, se marcha a vivir a lo alto de un acantilado, a una vieja casa sin ninguna comodidad para seguir haciendo, con total tranquilidad, aquello que le da de comer: arte. Atención: es tallador de figuritas de la Virgen María. 

Si, ya. Temazo.

Hay, en este relato, de todo. Hay un asesinato que funciona como motor y también mucho sexo, un tanto incestuoso en algún momento, pero sin entrar en detalle en la mecánica del asunto. Hay también muchas reflexiones en torno al arte, algo de amor, mucho desamor, un carnicero, una dulce cabritilla, una mujer al borde de un acantilado y un hombre que sabe perfectamente lo qué debería hacer: “Si hubiera sido capaz de dejar que la joven Lisa saltara desde el acantilado, no tendría necesidad de dudar de mi vocación como artista.” 

Es complicado. No es, en mi opinión, un relato para leer una única vez. Se disfruta tanto masticándolo… Les invito a ello como terapia para alejarse, aunque no sea más que unas horas, de tantísima mediocridad disfrazada de imaginación, la misma mediocridad que ocupa lugares preeminentes en las estanterías de las librerías que ustedes elijan.

“Mi farsa se hacía evidente apenas empuñaba la gubia o el cincel. Sabía, sin embargo, que esa farsa era inevitable, que sin ella no nacía la obra de arte. «Todo depende de la calidad de la farsa», me decía. […] El arte ya no tiene objeto, salvo el arte mismo. Me decía que tenía que aplicarme ese grado de comprensión, esa visión; que ahora, cuando había cobrado conciencia de mi papel como artista, sólo dependía de mí entenderme a mí mismo como un objeto del arte; que mi rango quedaba determinado por mi forma inherente, y tendría que extraerla de mi interior si quería conferir a mi farsa la magia que la elevase al misterio de la creación artística.
Una crisis artística es una banalidad bastante insípida como para importunar con ella al mundo. Por suerte, yo no estaba en condiciones de hacerlo.”

¿Lo digo? Lo digo: Sobre el acantilado es un relato ejemplar.


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El tercero tiene un título genial:

«AFANJÁUER» O LA PROLONGACIÓN 
DEL AMOR POR OTROS MEDIOS

Viendo la línea descendente, aquí nos deberíamos ahorrar las citas (y no porque lo merezca). No será el caso.

Dice Heinz Schumacher (el tipo que escribió el epílogo a la edición alemana) que este relato es preciso verlo “en el contexto de las obras de Rezzori en las que el autor se ve a sí mismo como un analista de la realidad social y política”. Cierto. Y yo añadiría que también emocional. En general, por lo que he visto (estoy lejos de ser experto rezzorista), el autor tiene un asombrosa capacidad para cualquier análisis. Y se nota. Y se disfruta.

Este relato trata la cuestión del terrorismo (concretamente el de Italia en los años 60-70, pero podría perfectamente ser cualquier otro). Un joven, hijo de nuevos ricos, de carácter amable y con querencia a la introspección y a la inacción (y un pánico irracional a su reflejo en el espejo), entra en contacto, por razones equis (siendo equis el punto flaco del relato) con un grupo de extrema izquierda que él tomaba por una panda de rojillos culturetas que se afincaban a su casa a la vez que criticaban su aburguesamiento.

Rezzori no deja títere con cabeza: los burgueses por su condición de parásitos y los terroristas por su brutalidad son literalmente despellejados utilizando para esto a un protagonista que no acaba de saber cuál es su lugar en el mundo si acaso el mundo tiene algún lugar reservado para él, que es algo que todavía está por ver:

“Es como si el diablo quisiera confundirnos: la intención más pura, la fe más sincera, la convicción más ardiente se depositan en algo que más tarde nos conduce a la catástrofe, a una catástrofe moral espantosa... Sé que soy tan antiguo como la humanidad misma, pero, a fin de cuentas, la doctrina cristiana no ha devenido lo que Cristo quería que fuese; con más razón aún nos corresponde la tarea de separar lo verdadero de lo falso, no mezclar ni confundir las cosas, no falsificar a posteriori, sólo porque se cree estar en posesión única de la verdad...”



CONCLUSIÓN

Lo siento, no hay. Pero si quieren mi opinión (es todo lo que me queda por ofrecerles) les diré que he disfrutado como hacía tiempo de estos relatos. Todo lo demás es decoración de interiores y palabrería. Al final importa lo que importa y lo que importa es, simplificando hasta la náusea, que estos tres relatos de Gregor von Rezzori, escritor elegante en sus formas y despiadado en sus fondos y a quien tengo desde ahora por un analista y crítico social excepcionalmente lúcido, están lejos, muy lejos, de provocar indiferencia, no digamos ya aburrir. 

Personalmente no se me ocurre mejor cumplido.