martes, 31 de mayo de 2011

Resumen de Lecturas: Mayo de 2011

La vuelta de un clásico: el resumen de las lecturas del mes pasado. Mayo ha sido intenso como pocos. El clima habrá tenido que ver. 22 libros en 31 días. Como siempre, hay de todo: bueno, menos bueno, malo y malísimo. Me gusta creer que de todas las lecturas se puede sacar algo positivo pero este mes no ha sido posible: algunas lecturas han resultado ser una auténtica agonía. Se lo cuento todo ahora, en riguroso orden cronológico. 

El mes empezó con Amelie Nothomb. No sé si se lo he dicho ya pero tengo la insana intención de leerme todo lo esta buena mujer para luego, si me da por ahí, hacerle un especial. “Estupor y temblores”, la novela que la hizo famosa y que a mí no me pareció para tanto (lo que no quiere decir que no me haya gustado) precedió a “Cosmética del enemigo”, que me pareció superior, muy entretenida, imaginativa y bien montada. Inmediatamente después “Las primas” de la vetusta Venturini, una novela asombrosa que recomiendo encarecidamente, como también recomiendo (lo hice aquí) lo último de Jon Bilbao, “Padres, hijos y primates”. Luego seguí con Nothomb. La idea era leer cinco novelas suyas este mes pero luego la cosa se complicó y tuve que dejarlo en cuatro. Tampoco es que me haya matado el disgusto. “Higiene del asesino” me decepcionó. Se alarga demasiado y la voz de Amelie es demasiado joven. Se podía contar lo mismo con menos palabras; funcionaría mucho mejor. El final tampoco me pareció acertado por incoherente. La siguiente lectura “El sabotaje amoroso” fue mucho peor de lo esperado. Una obra en exceso lírica que se me hizo pesada desde la primera página y que no remontó el vuelo en ningún momento. A dios gracias que era pequeña y me duró menos que helado. 

No hay dos sin tres. Dos lecturas mediocres dieron pie al pequeño gran desastre que (fue) es “Lágrimas en la lluvia” de Rosa Montero de la que ya hablé mucho más de lo que merecía. Inmediatamente después llegó la sorpresa del mes: Isaac Rosa y “El Vano ayer”. Este me lo leí en apenas dos días en las salas de espera de varios ambulatorios: le tengo que dar las gracias a un esguince que aún me sigue dando la lata. Una novela apasionante tanto en la forma como en el fondo. Una de esas recomendaciones que nunca se agradecen lo suficiente. (Gracias, socio.) 

Cuando descubro una novela que me gusta, me entusiasmo. Cuando me tropiezo con una novela que no me gusta, me entusiasmo. Yo me entusiasmo siempre. Lo asumo. Digo esto porque no hace mucho acusé a la novela de Ernesto Pérez Zúñiga, “El juego del mono” (ver más), de “infinita”. No es del todo exacto. La novela de Zúñiga está circunscrita a sus 316 páginas, faltaría más. Lo que quería decir y no dije bien porque se me fue un poco la mano (con el entusiasmo, sí) es que esta historia tiene la ventaja respecto a otras de contar con un argumento que es a la vez un juego de espejos, de ahí la sensación de que no se acabe nunca. La novela de Zúñiga es finita, sí, pero también cojonuda. Esto no pretende desmentir sino matizar lo que en su momento dije de ella. 

Luego, como iba bien de tiempo, me dio por hacer el memo y me leí “Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven” de Albert Espinosa que es con diferencia el título más feo que he visto en mi vida. Les reto a encontrar uno peor. La novela, ya saben, a la altura del horror. Inmediatamente después, la tercera recomendación del mes: “El mes más cruel” de Pilar Adon. El relato en general me da siempre mucha pereza pero esta colección me apeteció desde siempre por su espectacular portada y lo cuidado de la edición. En esta ocasión los relatos no defraudan, son buenos, pero menos de lo que creía. Los días pasan y van cayendo en el olvido. Sólo queda la sensación de agrado; el recuerdo de una lectura satisfactoria. No hay ningún cuento que se quede grabado a fuego en la memoria. No hay "Casa tomada", mi particular vara de medir. Y así es como llegamos a otra de las grandes novelas del mes, una recomendación robada a J.F.Ferré: “La mejor parte de los hombres” de Tristán García. Simplemente genial. Ha entrado automáticamente en mi catálogo privado de imprescindibles y prometo recomendar su lectura a la menor oportunidad. Empiezo por ustedes: no se la pierdan. 

El reciente premio a Philip Roth me animó a ponerme al día en algunas cosillas que quería leerle desde hace tiempo, concretamente su trilogía de David Kepesh. Empezando por la inclasificable “El pecho”, una divertidísima novela… ¿cómo lo diría?... de corte romántico. Después y como soy mucho de contraer obligaciones me encontré con que debía leer sí o sí la novela de Ugo Cornia llamada “Sobre la felicidad a ultranza”. No voy a decir que esta novela es mala porque no lo tengo del todo claro. Lo que sí les digo, por si les sirve de guía, es que a mí me pareció un peñazo del diez. Un auténtico suplicio, eso fue; una tortura china. La acabé por caridad y porque era breve. Pensaba “Total, para ciento veinte páginas que me quedan…” y luego “Total, pare cien páginas que me quedan…” y así todo el rato hasta el final. Un aburrimiento, vaya. La típica novela que parece que uno escriba para sí mismo. También me pudo pillar en un mal día, pero lo dudo, sinceramente. 

El fin de semana de las elecciones me cogió con el paso cambiado y sin saber muy bien por donde tirar. Tenía que recoger tres novelas y no quería complicarme  demasiado la vida con alguna lectura demasiado larga (en mi mesa descansaban Houellebecq y Bernard-Henri Levi y algo de novela negra –de la de verdad). Es por ello que decidí no seguir demorando una promesa incumplida desde hace meses: “Un hombre cae de un edificio” de Raúl Quirós, que tuvo a bien hacerme llegar una edición de su libro para expresarle mi opinión. La sincera. Hay que gente muy inconsciente. Ya les contaré. (Te debo una entrada, Raúl, no me olvido, pero déjame que te repose). Y luego, más relatos. No conozco a nadie a quien le cueste más leer relatos que a mi por lo que tres en un mes es digno de elogio. No se pueden ustedes ni imaginar la cantidad de libros de esa condición que tengo sin acabar. Y los que vendrán. No fue el caso de "La bicicleta estática" de Sergi Pàmies. Para empezar porque venía bien recomendado y para acabar porque es chiquitito y la mar de simpático. Me ha gustado mucho este Pàmies pero lo próximo que lea de este buen señor será novela. Y luego, más de Amelie Nothomb. He descubierto que es ideal como interludio para cambios de registro. Es ligera, divertida (en ocasiones), breve, de lectura rápida y fácil. Bueno, no siempre, ni todo. Elegí, por azar, "Diccionario de nombres propios", una especie de oda al ballet, sus excesos y a los pecados de familia en la que sólo destacaría algunas frases muy acertadas que ya les detallaré en otra ocasión.

Después empecé un libro de Robert Juan-Cantavella pero me dio mucha pereza y lo cambié por algo de novela negra: "El gran reloj" de Kenneth Fearing (adaptada al cine en una película que vi anoche y que aquí se tradujo como (horreur) "El reloj asesino") Aunque le cuesta (bastante) arrancar, al final vale la pena. Se vuelve trepidante hacia la mitad y gracias a que cuesta dejarlo se acaba enseguida. Luego, claro, volví a la de Cantavella. Las cosas no se pueden demorar eternamente. "Asesino Cósmico", se llama. Bueno, se llamaba, porque la dejé. Llegué a la página 70, que ya no está mal, pero no sé, no le acabo de coger el punto. Pensé: "Venga, va, que sólo faltan 200 páginas..." (como si no tuviese otra cosa que hacer) pero no, paso. Estaba tumbado en el sofá de casa, levanté la vista y allí estaban mis lecturas pendientes de Pynchon, Cortazar, Joyce, Matthiesen, Beigbeder, Flaubert y un largo etcétera y en ese mismo momento tomé conciencia (me pasa algunas veces) de mi propia estupidez. Es muy noble y digno de elogio (dejen que me lo diga) mi esfuerzo por estar a la última en lo que a narrativa española se refiere pero tampoco es plan de sufrir cuando sabes que no habrá recompensa. Pues eso, cerré el libro y a otra cosa mariposa.
Bueno, no se pueden imaginar cuanto lamento tenerles aquí todavía pero este mes fue una locura. Procuraré que no vuelva a ocurrir. El mes que viene les prometo menos lecturas y más cine, algún comic, no sé, ya veremos qué se me ocurre para hacer esto un poco más ameno.

Último bloque para las últimas cuatro lecturas del mes. 1. "Enemigos públicos" de Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy de la que ya dije lo que tenía que decir hace unos días. 2. "Habladles de batallas, de reyes y elefantes" de Mathias Enard, idem de lienzo. Una de las grandes decepciones del año. Una pena. 3."Wendolin Kramer" de Laura Fernández. Nadie puede imaginarse las ganas que tenía de leer esta novela. En serio. La pedí hace meses pero no me llegó hasta el viernes. Claro, me duró dos sentadas. Es estupenda. Tal como la imaginaba (de amena, quiero decir). Divertida y sencilla, pero sobre todo lo primero. Ideal para el campo, la playa, la piscina o el paseo. Dentro de unos días se lo cuento con más detalle. Prometido. Y para terminar, otro estrepitoso fracaso del sello Alpha Decay: "¿Qué fue lo hipster?" de Mark Greif. Esto, por llamarlo de alguna manera, va de una mesa redonda acerca del fenómeno (en fin) hipster y sus consecuencias. Las consecuencias de la mesa redonda, ojo, porque el "fenómeno" mismo no da mucho de sí. El recopilador de textos, Mark Greif, es el director de la revista promotora del evento (n+1); una revista que es considerada ("acusada de", sería más correcto) hipster y esto, al final, acaba sonando a autopromoción. Hacía mucho, mucho tiempo, que no leía algo tan aburrido y falto de contenido. Doscientas páginas para no decir apenas nada. Ya les hablaré de ello con más detalle a lo largo del mes.

Y esto ha sido todo. Un mes completito, tal como les prometí. Un mes de novelas muy buenas y novelas muy malas pero sobre todo, por ser mayoría, de novelas corrientes y molientes, divertidas, ligeras. También de muchos relatos, unos mejores y otros peores, pero todos muy dignos. Un buen mes, en definitiva.

lunes, 30 de mayo de 2011

“Habladles de batallas, de reyes y elefantes” de Mathias Enard


Vaya por delante que no he leído nada de Mathias Enard. Tengo pendiente “Zona” –por ser en apariencia la más interesante del escritor- desde su publicación y en alguna ocasión llegue a plantearme leer aquella otra llamada “La perfección del tiro” de la que he odio hablar maravillas desde frentes diversos, pero soy muy vago y me da pereza buscarla. Esto no es una disculpa; no creo que sea necesario haber leído nada de un autor (llamémosle X) para valorar una obra (llamémosle Y). Es más, lo que menos debería importarnos siempre (a no ser que sea amigo y/o familiar y velemos por sus intereses) es el autor. Pero claro, de alguna manera hay que discriminar entre la ingente cantidad de novedades anuales, y esta es tan buena como cualquier otra. 

Mathias Enard, para quien no lo sepa, es presentado como uno de los mayores exponentes de la literatura francesa actual y como una de las promesas de la literatura, así, en abstracto. Si me dieran un céntimo cada vez que me han dicho eso…. Es tal mi desconfianza que de no haber sido por el magnífico título de esta novela lo más probable es que la hubiese dejado correr. Miento, hay otras razones. Recuerdo que hubo una época, hace muchos años, en que me dio por la literatura de corte “histórico”. De todas las épocas mi preferida fue siempre la edad media, por ese halo de intrigas que la envolvía. Llegué a obsesionarme bastante con el asunto y a comprar compulsivamente todo cuanto pudiese identificarse como tal. Eso incluía revistas, una colección de novelas y la recreación a escala [y en fascículos coleccionables] de una aldea medieval. De todo aquello leí muy poco; me cansé enseguida y ni que decir tiene que de las casitas no llegue a poner ni la primera piedra. La edad media, la de los años oscuros, generaba novelas cuyo esquema se repetía sin fin y antes que después me acabé cansando. Mejor me hubiera ido de haberme dado por el renacimiento. Dónde va a parar. Un poco por todo esto decidí concederle el beneficio de la duda: un autor en auge, una oportunidad para rescatar una vieja pasión y un título sugerente. Por no hablar de la brevedad del texto, que me las prometía muy felices. Si este proyecto de Enard tuviese ochocientas páginas lo iba a leer su padre... Que todo estaba a favor, vaya. Todo, menos la novela. 


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"Habladles de batallas..." va de un relativamente joven Miguel Angel viajando a Constantinopla para diseñar un puente y lo que allí le pasa, que tampoco es que sea mucho. La historia narrada cuenta con la ventaja de estar basada en un hecho poco documentado y por lo tanto fácilmente ficcionable. Aún así, Enard apuesta por el rigor (así nos lo hace saber en el epílogo) evitando el estilo Indiana Jones de aventuras y desventuras y malvados con cicatrices de nacimiento debajo del ojo. (No me quiero imaginar a Matilde Asensi con esto entre las manos). Pero el problema no es lo que cuenta, que sin apasionarme tiene su interés, sino que una vez terminado es fácil olvidarla y si te he visto no me acuerdo. No es una novela de las que se queda en la cabeza, de las de regusto dulce o amargo ni de otra clase porque es terriblemente insípida en su fondo (no tanto en sus formas, más elegantes). Es el intermedio de una vida apasionante al que se le quiere dar un excesivo valor. ¿Habladles de batallas, de reyes y elefantes? Ni lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero ni lo que se supone que es lo cuarto y más importante y verdadero motor de la historia, el amor. Aquí no hay mucho de nada (no puede, apenas son doscientas páginas con abuso de interlineado) y de ahí que lo mas probable es que en el futuro sea recordada como una obra menor del escritor. Parece una de esas novelas que uno escribe para que no le olviden mientras se dedica a alguna otra cosa de mayor calado. O eso espero. 

El estilo de Enard -que ya dije “no tenía el placer”- me ha decepcionado, no porque no me guste sino porque me ha parecido una versión rápida de Pierre Michon. En muchos momentos permite entrever al autor de “Rimbaud el hijo” y su elaborada prosa pero sin arriesgar como aquel y por lo tanto lejos de ese punto de genialidad tan característico. No acabo de saber si trata de evitar el plagio o ganar el favor del púbico [entendiendo éste como "la masa"]. Enard, al menos en esta novela, va unos pasos por detrás pero sin dejar de pisar donde otro ya pisó mucho antes, lo cual, me temo, le hace flaco favor y desmerece el resultado, porque es de suponer que Enard ya tiene la experiencia y el calado suficiente para evitar caer en estas comparaciones tan odiosas. 

Resumiendo, “Habladles de batallas, de reyes y elefantes” es una novela que destaca más por su belleza que por el interés de su argumento y parece servir al escritor como vehículo a la hora de jugar con el género de moda estos últimos años, una forma tan buena como cualquier otra de darse a conocer.


viernes, 27 de mayo de 2011

"Enemigos públicos" de Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy


Extracto de uno de los correos que Bernard-Henri Lévy dirige a Michel Houellebecq o "Consejo a seguir antes de gastarse un duro en la feria del libro de Madrid":
Hay que aceptar la idea de que las palabras son, como todos los seres vivos y más aún que los vivos ordinarios, seres para la muerte, en cuyo programa está ya integrada, en un plazo más o menos breve, una promesa de desaparición.
¿Qué plazo?
Y, para esos vivos que son las palabras, ¿qué régimen de mortalidad específico?
Pues bien, ahí está. Ahí está todo. Toda la diferencia entre los libros buenos y los malos. Y hay una única pregunta que hacer a propósito del escritor que sea, cuando se apasiona, como usted y yo, por la maquinaria literaria, sus “abismos”, sus “caos” y el complejo de fuerzas que le permite no “implosionar”: ¿qué está vivo en lo que escribe? ¿Qué está muerto? ¿Cuáles son, en un texto concreto, las palabras que ya están muertas, las que se están muriendo, las que viven todavía pero por cuánto tiempo, las palabras fantasmas, los espectros de palabras?
La respuesta es clara.
Se ve a simple vista. Se percibe con el oído. No hace falta ser un gran crítico. O es el requisito, más exactamente, de todo crítico digno de este nombre.
En los grandes escritores, los que casi nos disuaden de escribir después de ellos, casi todo está vivo; mucho tiempo, muchísimo tiempo después de haberlo escrito, queda el vigor del drama que se ha anudado a través de ellos.
En los malos todo está muerto; apenas se ha secado la tinta, las palabras que ha trazado están ya borrándose; son libros sin impronta; son libros que no dejan huella; se dice a veces, usted mismo lo dice respecto a los falsos libros que se han escrito sobre usted, que son tan malos que le manchan las manos; pues no, no es eso, ni siquiera es eso, ya que el signo de su miseria es precisamente que no dejan marca alguna.
En los intermediarios, los inciertos, en los escritores menores y de segunda fila o, en los grandes, los libros medio fallidos o medio logrados, hay muerte y vida mezcladas; zonas que subsisten y zonas que han cedido; en el mismo capítulo, la misma página, a veces en la misma frase, carne viva y carne muerta, brasa y ceniza, el resplandor que se han tragado su propia sustancia.
Haga la prueba.
Haga esta prueba de “muerto o vivo” con los libros que le gustan y con los que detesta.
Hágala con sus propios libros, cuando tenga dudas.
Yo la hago a veces: verá que es la única que no engaña.



El resto del libro, por si les puede la curiosidad, está repleto de cosas por el estilo. Las hay mas o menos interesantes pero en general, y salvando momentos puntuales, no es un libro que decepcione siempre y cuando uno lo afronte sabiendo a lo que va. Hay mucho de confesión (Houellebecq quiere una epistolar a corazón abierto frente al secretismo protector de Lévy), mucho de protesta (a ambos les llueven las críticas desde siempre) y también resignación (frente a eso mismo). Houellebecq, que ha sido tachado de misógino, decadente, reaccionario, pornógrafo y racista, demuestra ser muy poco de todo eso. Como mucho, quizá, ligeramente exhibicionista y políticamente incorrecto y tan depresivo y pesimista como pudieron haberlo sido los existencialistas antes (y después) de que Sartre los declarase más humanistas que los humanistas (1). Pero lo cierto es que una vez concluida la lectura a uno lo que realmente le apetece es abrazarlo cual osito de peluche, expresarle un amor incondicional y prometerle que nunca le pasará nada malo, que nadie volverá a hacerle daño. Lévy, en cambio, no despierta las misma simpatías quizá porque no parece necesitarlo tanto: tiene las cosas mas claras y una coraza en apariencia indestructible que no desmiente (tampoco lo pretende) su imagen de intelectual mediático y un poco narcisista. Hablan mucho de sí mismos a pesar de los esfuerzos de Lévy por evitarlo, de lo que les llevó a ser escritores, de sus padres (esta es, con diferencia, la parte más pesada), de filosofía, de literatura, de celos, envidias, de críticos literarios; de lo divino y de lo humano, en definitiva, pero siempre desde el respeto mutuo en un viaje en el que se adivina el nacimiento de una amistad.



(1) "El existencialismo es un humanismo" (1946) es una transcripción taquigráfica de una conferencia del escritor y filósofo francés Jean-Paul Sartre, que se considera el manifiesto del existencialismo.


lunes, 23 de mayo de 2011

"Nada" de Janne Teller


Nuria Roca, la del Waku Waku, aseguraba hace unas semanas en una entrevista que le hacían en un programa vespertino de (adivinen) Los 40 Principales (1) que lo mejor que le podían decir (tal como le dijeron) de su segunda novela recién estrenada era que [el libro] tenía la virtud de ser adictivo. Como lo oyen. Yo siempre he creído que decirle a un escritor que su novela era adictiva era un poco una manera de escurrir el bulto y evitar los fangos de la verdad (“Tu novela es una mierda, hijo, pero muy entretenida”). Por lo que se ve no hago más que equivocarme. Lo que pretendo con esta introducción es sentar las bases de lo que voy a decir a continuación: la novela de Janne Teller es adictiva. ¿Es eso un cumplido? ¿Es algo más que eso? ¿Sí? ¿No? Veamos. 

En esta ocasión ha dejado transcurrir un mes (más o menos) desde la lectura hasta el momento de escribir esta reseña. Quería ver qué pasaba una vez le hubiesen llovido las semanas. Algunos libros que en su momento me parecieron salvables descubrí con el paso de los meses que no lo eran tanto. Se va su recuerdo diluyendo con el tiempo y cuando te das cuenta estás mirando en alguna web de qué iba exactamente aquello y cómo pudiste caer en la trampa de creer que valía la pena. El caso de “NADA” parecía de esos: una historia sencilla, breve; una suerte de acercamiento al existencialismo para jóvenes. No fue así; me acuerdo de todo. De ahí que no entienda nada porque esto tenía toda la pinta de morirse a la primera.

Quizá conozcan la historia de este libro. Por si no fuera así se la resumo. Cuando se publicó -y viendo el tema delicado que trataba [ya llegaremos a eso]- a algunos países les dio por prohibirlo. Entre ellos estaban Noruega, Dinamarca, Francia y [creo que también] Alemania. Todos indignadísimos por no sé muy bien qué razón. Algún tiempo después -años, seguramente- los censores vieron que los niños, al leerlo, no morían ni se mataban entre ellos ni abortaban ni apostataban en masa, reconocieron su error y levantaron el veto. Tarde piaches. La prohibición ya lo había hecho famoso, líder de ventas y ganador de un montón de premios (creo que por ese orden, pero no me atrevería a jurarlo). Quizá para enmendar su error y demostrar que a pesar de las apariencias estos países son en realidad un referente de progresismo y tolerancia lo hicieron lectura obligatoria en los institutos. La iglesia, con un par, lo incluyó entre las lecturas recomendadas a los confirmandos. Parece mentira que a estas alturas sigamos siendo tan imbéciles. Lo puedo entender de la iglesia, porque ya sabemos cómo se las gasta y al fin y al cabo sale un cristo un poco maltratado, pero lo del resto no tiene perdón de dios (valga la redundancia). 

Supongo que aquellos que no saben de qué coño estoy hablando pensarán que la novela va de Dios follándose a niños o algo así. Para nada. Va de un niño que descubre que nada importa (“Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”) y se sube a un ciruelo. Sus amigos deciden amontonar "significado" para convencerle de lo equivocado que está. Esto es casi literal. Cada uno deberá renunciar a algo que tenga para sí mismo una importancia vital y echarlo en un montón de significado que ocultan en una nave industrial abandonada para así, cuando tengan suficiente, avisar al niño para que baje del ciruelo, lo vea y crea. El motivo de la polémica es que el libro se pone un poco salvaje a medida que avanza, sale un cristo mal parado y no tiene el mensaje mas positivo del mundo. Hasta aquí puedo leer. ¿Ustedes ven justificada la prohibición? ¿Verdad que no? Pues hubo mucha gente que sí. Países enteros de gente. 

Total, que sólo me queda decirles si vale o no vale la pena, si es para niños o para adultos y si está justificada o no tanta furia censora. Resumo la respuesta: la censura no está justificada, sólo faltaba; la novela es para jóvenes y no tan jóvenes y vale la pena en la medida que vale la pena todo aquello que inquieta a medio planeta. A mí no me ha descubierto nada que no supiera, pero es que yo soy muy listo. Sí defiendo su lectura en la medida en que puede ser una novela atractiva para la chavalada más reacia a la cosa de la letra impresa porque además de entretenerlos les puede dar que pensar. ¿Y para los adultos? Bueno, para los adultos no sé; no mucho. Dependerá del grado de madurez, supongo.

Como esto me ha quedado un poco chapuza [depresión post-electoral, supongo] les voy a recomendar que se pasen por el blog de Jordi Corominas que fue quien escribió la [reseña] que a mí me animó a la lectura de esta novela y en la que se explica mucho mejor de que va todo esto, lo mejor o peor que está y cómo hay que leerla para que guste. Es un poco larga pero vale mucho la pena. Les acompaño hasta su puerta y ya me despido. Es por aquí: http://corominasijulian.blogspot.com/2011/01/nada-de-janne-teller-en-revista-de.html Que tengan un buen día.




(1) No me pregunten cómo lo sé. Tampoco se extrañen de un hecho en apariencia tan sorprendente como puede ser una entrevista a una (en esta ocasión) escritora en un programa de las características del “Anda ya!”. Si Carrefour es el comercio que más libros vende (porque lo es), lo más normal es que este tipo de entrevistas se hagan en la emisora que podría perfectamente suministrar los contenidos del hilo musical de alguna tienda de moda juvenil. La literatura hace extraños compañeros de cama.

viernes, 20 de mayo de 2011

"Si tú me dices ven lo dejo todo... pero dime ven" de Albert Espinosa

Estoy empezando a seleccionar de entre todas mis lecturas pendientes aquellas que sé que no me van a gustar. Sospecho que tiene que ver con el placer que me reporta criticarlas (en el peor sentido de la expresión). Quizá no debería confesarles estas cosas porque me arriesgo a que dejen de fiarse de mi infalible criterio y a creer que lo que hago lo hago por despecho o para llamar su atención. No se pueden imaginar cuán cerca están de la verdad. Pero una cosa no quita la otra: puedo ser sincero y también un payaso. De ahí que elija las novelas que elijo. Esta (“Si tú me dices…”) es el ejemplo perfecto. 



(PAG.15) (1) 

Al chico que escribía esta novela lo veía yo en la televisión hace unos años en una serie de verano en la que Rosa María Sardá hacía de abuela de familia numerosa. Él era médico, un tipo muy simpático y de todos, mi personaje favorito. Esto no tiene nada que ver con la novela, es sólo para ubicarles. Es más, cuando escribo estas palabras apenas llevo leídas veinte páginas y fundamento mi disgusto en una primera impresión que podría perfectamente ser errónea. Yo creo que la lectura reciente de “El Vano Ayer” ejerce sobre mí una perniciosa influencia, en lo que a nivel de exigencia narrativa se refiere. Ahora déjenme que avance un poco más en la lectura, no me vaya a perder una obra maestra por estar hablando con ustedes.


(PAG. 30) 

Les hablé antes del autor de la novela y ahora les voy a hablar del Sant Jordi de este año al que no asistí porque me pillaba unos 1100 kilómetros a desmano pero que celebré igualmente en compañía de familiares, amigos, patatas bravas y licores varios. Les hablaré de cualquier cosa con tal de evitar la novela. Pues bien, según LaVanguardia, en el Sant Jordi de este año los grandes vencedores (es decir, los que más libros vendieron) en Literatura (o similar) de Ficción en Castellano fueron, por este orden: a) la novela objeto de esta entrada, b) “Los enamoramientos” de Javier Marías, que ha resultado ser una de las novelas que más satisfacciones personales me ha dado en lo que va de año (nada que ver con la calidad de la obra), c) “El ángel perdido” de Javier Sierra, que no tengo el placer pero me la imagino, d) “Mar de fuego” de Chufo Llorens, que tampoco pero también y “La caída de los gigantes” de un Ken Follett al que abandoné miserablemente después de haberme leído un montón de libros suyos a pesar de lo cual no logré convertirme -como esperaba- en un experto en novela de Follett(in).


(PAG. 45) 

No les he dicho que la estoy leyendo directamente en la pantalla del ordenador (así de chiquitita es) para poder ir anotando las cosas que me parecen dignas de mención. Como son pocas y todas negativas lo vamos a dejar correr, para no hacer más sangre de la necesaria. El caso es fuera hace un sol de justicia y casi treinta grados y ya que voy a omitir las maldades prefiero, si me disculpan, darle uso a la edición “imprimida” y sentarme debajo de una higuera mientras vigilo a mi hija que se prepara para redecorar el suelo con tizas de colores. Quién sabe, puede que así, ensimismado con la naturaleza, la vea (la novela) con otros ojos. 


(PAG. 72) 

Para descansar la cabeza de tanto esfuerzo leo un artículo en el Quimera [que este mes tiene menos que rascar que la “Qué leer”, que ya es decir] mientras me tomo un helado. Me encuentro un artículo en el que se afirma que “la literatura española pasa por un excelente momento”. El columnista parece estar realmente convencido de ello pero vete tú a saber. También es verdad que pone como ejemplo otros libros que no son este; libros que no sabemos si ha leído pero ya supongo que no. Continúa diciendo que [la excelente literatura del momento] “solo necesita el beneficio de los lectores. Necesita que el lector decida leer narrativa en español”. (No, si al final la culpa va a ser nuestra). No se crean que lo que dice lo dice porque él mismo sea escritor y español; para nada. Al fin y al cabo también es poeta y sabe cómo se las gasta el mercado. Deduzco por lo tanto que si las cuatro novelas más vendidas durante esta feria son de nacionalidad española es que vamos por buen camino y estamos además ante la evidencia del ya mencionado “excelente momento” de la literatura de marras. Con ese optimismo afronto la recta final de la novela. 


(PAG.90) 
(Fin) 

Este "fin" quiere decir que ya la he terminado. Ahora se supone que van las conclusiones. Aunque debería obviarlas, la verdad, al fin y al cabo una novela española que es líder de ventas habría que suponerla buena per se. Pues va a ser que no. Porque como ejercicio para hacer dedo (de escritor) está muy bien, pero viniendo de un tipo como Espinosa, que tiene otros libros, otras novelas y está considerado un reputado guionista, me parece un pelín floja. Yo, si no fuese tan vago (y tan torpe), escribiría algo parecido para después regalárselo bien encuadernadito a mis amigos tal como hacía Filloy. Seguramente me saldría fatal pero da igual porque muchas veces los amigos, como la inmensa mayoría de los críticos literarios, también están comprados y lo más probable es que no llegase a enterarme nunca de mi mediocridad. Que es más o menos lo que puede ocurrir con esta novela: ser líder de ventas en Sant Jordi (tanto en catalán como en castellano) puede provocar el cataclismo cultural de hacer creer a la gente que Albert Espinosa es un gran novelista. 

Me da mucha pereza argumentar en contra de esta novela cuyo mayor inconveniente, ya que me lo preguntan, radica en lo indefinido de su planteamiento. Unas veces parece un relato de misterio y otras la historia de un amor vencido; a ratos son las experiencias vitales de un niño de diez años frente a la muerte y otras veces las de un adolescente de maduración temprana en una “sea movie” un tanto peculiar. Al final parece que ni a, ni b, ni c, ni d. Me da la impresión de que la verdadera historia tiene mucho que ver con lo trascendente, con la identificación de aquello que nos cambia la vida, que hace de nosotros lo que somos al cabo de los años. No es el caso. Quiero decir que esta novela no es trascendental. No les cambiará la vida, ni les hará mejores personas, ni les aportará nada significativo. Lo más que hará con ustedes será empobrecerlos 16 euros, cosa que a mí no me pasó porque esto ya me lo veía venir. 

De todo, me quedo con el agradable recuerdo de una lectura ligera (ligerísima) durante una tarde tonta de calor bajo una higuera, disfrutando de un helado de vainilla y de las risas de mi hija jugando a un parchís dibujado con tiza en el suelo.




(1) De la edición personalizada extraída del ebook. Fichero de Word 2007, fuente Georgia 12p, márgenes de 3 cm a izquierda y derecha e interlineado a 1,15 cm.

miércoles, 18 de mayo de 2011

"El juego del mono" de Ernesto Pérez Zúñiga


La contraportada de este libro dice: “A caballo entre el realismo sucio y la fábula kafkiana, El juego del mono es una novela original, de prosa lírica y precisa, con una excelente combinación de registros narrativos”. Bah, [sin tener que desmentirlo] yo no le daría demasiada importancia a la afirmación (no vaya esto a espantar a quienes no les gusta el realismo sucio o la fábula kafkiana); lo único que hace falta saber de esta novela es lo fantástica que realmente es (con Kafka o sin Kafka, con Onetti o sin Onetti): una buena historia, un buen narrador, una edición más que decente y un precio más que asequible. Esto debería condenarla a ser éxito de ventas en cualquier feria del libro si fuésemos todos un poco más listos de lo que somos. Pero claro, nos dejan solos y nos matamos por hacer líderes a Marías (que ya me dirán qué necesidad) o a Albert Espinosa (que ya verán qué sinsentido). 

No se dejen engañar: “El juego del mono” es mucho más que un libro que trata sobre los desvaríos de un profesor de instituto y de lo que le ocurre (solo, en pareja o con un mono) cuando es destinado a un humilde centro en La Línea de la Concepción. Hay un sótano, también, y una mujer con una máscara y otro mono y drogas, sexo, alcohol (mucho de todo esto), contrabandistas y prostitutas de nombres fatales, pero de lo que más hay es precisamente de lo que menos puedo hablar. Lástima. Pero háganse cargo: es el tipo de cosa que uno ha de descubrir por sí mismo. 

Hay lecturas muy poco gratificantes (no es el caso). Son aquellas que no llegan a cumplir con la función de entretener (que es lo mínimo que se puede pedir a una novela). Había preparado algunos ejemplos pero no creo que sea necesario. Hay otras lecturas que se limitan a cumplir con un objetivo fundamental: hacernos pasar un buen rato en una compañía agradable. Con estas le queda a uno la misma sensación que si estuviese viento el enésimo episodio de, por ejemplo, alguna serie de investigación científica, esto es: lo mismo da uno que veinte y si te he visto no me acuerdo. Esto es ideal para quienes practican el Método Plano de Lectura, que son unos cuantos (y en según qué casos fácilmente localizables). Luego hay una tercera lectura, en la que se inscribe este libro, que se englobaría en un grupo para el que no tengo nombre. Se trata de aquel que incluye aquellas novelas que además del poso de placer nos dejan la sensación de no estar a su altura. Es algo que da mucha pena de tan escaso: es la imagen de un hombre (en este caso Zúñíga) sentado frente a un ordenador inventando una historia que haga cómplice a un lector al que además de voluntarioso considera inteligente. Zúñiga parece (no tengo el placer) el tipo de escritor que escasea: aquel que prepara la novela como una arma arrojadiza de efecto retardado en la que el verdadero efecto sólo tendrá lugar al final, una vez leída, digerida, sedimentada. La típica novela cabrona que obliga al lector a dejar algo de sí en ella; aquella que además de una historia deja un perfume, un aroma, un motivo para volver sobre sus páginas en busca de señales ocultas que de ser encontradas deberemos también desgranar, tamizar. (Una suerte de adictiva trampa mortal.) La novela de Zuñiga es una novela inteligente, infinita, escrita con la doble intención de provocar en el lector una reacción, un efecto, un cambio. La típica novelucha (sálvese la ironía) que no va a leer ni dios porque a dios (vuélvase a salvar) lo que parece que le gusta es que le mastiquen la comida antes de metérsela en la boca (…). Si son ustedes de esa misma calaña, es decir, de consumo fácil; si son de los que sólo leen para pasar un rato, para evadirse, les recomiendo no participar del juego de este mono. Y no estoy hablando de mí. Si por el contrario son ustedes de los que creen que los libros pueden –si quieren- ir más allá de sus páginas entonces sí, entonces deberían mirar de hacerle un hueco en su [la supongo,  visto el éxito de este tipo de literatura] holgada agenda porque de verdad de la buena que no se van a arrepentir. O sí, al fin y al cabo no soy infalible.


miércoles, 11 de mayo de 2011

"Lágrimas en la lluvia" de Rosa Montero

Una de las razones por las que apenas hablo de las novelas que me gustan mucho es porque siempre temo -un temor basado en la experiencia- pasarme con los elogios. Lo mismo, pero al contrario, me ocurre con las novelas que me gustan poco o nada: temo pasarme con las ofensas. Esto es exactamente lo que me ocurre con la novela de Rosa Montero motivo de esta entrada. Me ha parecido tan rematadamente mala que empiezo a sentir lástima de ella por lo que se le viene encima. 


El argumento, para los que no lo sepan, gira en torno a una replicante (ver Blade Runner para más información) a la que otra replicante le encargan la investigación de una serie de crímenes llevados a cabo por (adivinen) otros replicantes. Un replicante, dos replicantes, tres replicantes…. Así todo el rato. Con esto no tengo ningún problema. Con todo lo demás sí. 

Rosa Montero afirmaba en una entrevista que se publicó hace uno o dos meses en la “Que Leer” que su intención había sido la de construir un mundo al que evadirse cuando le apeteciese. Hablo de memoria, pero creo que envidiaba a J.K.Rowling por haber creado un universo como el de Harry Potter en el que poder sumergirse a placer. Se le ocurrió entonces la genial idea de hacer más o menos lo mismo: la Spanish Versión de un mundo alternativo anglosajón de corte fantástico donde la magia fuese sustituida por la ciencia. O lo que en su caso viene a ser lo mismo: la versión cutresalchichera de Blade Runner/Star Wars/Avatar/Pokemon. 

Esto en lo que se traduce es en una novela en la que se evidencia una notable falta de imaginación. La autora parece recurrir a todos cuantos tópicos de ciencia ficción que le han parecido interesante a lo largo de su vida: así es como se nos dibuja un mundo en el que existen planetoides artificiales flotantes (Avatar) en el conviven humanos y replicantes (Blade Runner) pero también extraterrestres de varias clases (Star Wars) y lo que es peor (aquí solté mi primer grito de espanto): Pokemons. Esta secuencia en concreto es hilarante y por eso le voy a dedicar dos minutos (tres más de los que merece): Bruna Husky, la protagonista, entra en su apartamento (que, como todo apartamento del futuro incluyo ordenador de a bordo y responde a las órdenes de voz) y descubre que todo está patas arriba. Armada con un cuchillo se aproxima al origen del ruido, su habitación, en el que descubre una cosa con forma de “animalillo de quizá medio metro de altura, con un cuerpo parecido al de un pequeño mono, pero sin cola, barrigón y cubierto de hirsutos rizos rojos por todas partes; luego venía un cuello demasiado largo y una cabeza demasiado pequeña, triangular, de grandes ojos negros que recordaba vagamente a la de los avestruces, sólo que velluda y con una nariz aplastada en lugar de pico”. Un tragón. Es su nombre. Pero lo mejor viene después: “La rep wikeó en su móvil el término tragón y en la pantalla apareció la imagen de un ser muy parecido al que tenía delante y un artículo:”. Inmediatamente después se reproduce, durante casi toda un página, el contenido del artículo del wikisitio. Apenas dos días antes yo veía un episodio de la serie Pokemon con mi hija en el que unos niños entraban en un bosque y se daban de bruces con un bicho enorme, redondeado y peludo que dormía a pierna suelta. El niño de la visera, que aparentaba ser el más listo, echaba mano de su ordenador de mano que nos daba todo lujo de detalles sobre el pokemon en cuestión. Convendrán conmigo en que el parecido entre ambas escenas supera lo razonable para adentrarse en lo vergonzante. 

Pero el párrafo anterior es sólo un ejemplo. Durante el resto de la novela no (me) nos abandonará la sensación de estar frente a un conglomerado deforme y mal desarrollado de tópicos futuristas y personajes estereotipados: villanos que no lo parecen, amigos que no lo son tanto, feos que invitan al amor y una detective arruinada, alcohólica y promiscua que se encamina a los infiernos de su vida. La contradicción y la ambigüedad a cada paso como receta para sostener una trama que adolece de un misterio demasiado vago. Es imperativo, si la novela cuenta -tal como le ocurre a esta- con más de 450 páginas, que incluya alguna sospecha de conspiración gubernamental y un villano cruel y despiadado que surja de la nada en cualquier momento para darnos el susto de nuestra vida. También golpes, técnicas de asalto, armas mortales de mujer. En definitiva, todo lo que ustedes esperen de una película de Jerry Bruckheimer y que me sorprende descubrir en una escritora como Rosa Montero a quien le supongo cierta experiencia y capacidad para crear algo más que “esto” (siendo “esto” algo que se parece bastante a la primera novela de un frikinabo espacial falto de imaginación y especialmente poco dotado para las letras). 

Tal como comentaba al comienzo de esta reseña, la mala experiencia que ha sido esta lectura ha derivado en algo quizá demasiado cruel. Se lo digo siempre y no me importa repetirlo: lo mejor que pueden hacer es comprobarlo por sí mismos leyéndose la novela aunque tampoco pasa nada si buscan cualquier otra alternativa que tenga un mínimo de interés. Se lo pongo fácil, no se quejen. 


viernes, 6 de mayo de 2011

“Padres, hijos y primates” de Jon Bilbao

Hace poco, muy poco, poquísimo, dije: “Y como hay que probar de todo voy a probar a qué sabe “Padres, hijos y primates” de Jon Bilbao, aunque confieso que no espero demasiado de ella; eso sí, la portada es sensacional”. La primera en la boca. La portada es sensacional, sí, pero la novela no lo es menos. Para que vean que al igual que ustedes yo también me equivoco aquí van mis disculpas. 



Este libro lo elegí no sé muy bien porqué. Bueno, sí lo sé, lo que quiero decir es que no había un único motivo: ni soy fan del escritor ni me leo todo lo que incluya chimpancés, padres o hijos. Lo cierto es que la portada, como el título, tuvieron tanto que ver como el que no fuese de ninguna de esas editoriales que se ven venir a la legua –independientes incluidas; también que la tuviesen disponible en mi biblioteca y que me apeteciese probar un autor del que no hubiese leído nada. Además recién se estrenaba y yo siempre he sentido querencia por los bollos calientes. (Todo este conglomerado de condiciones es mucho más arriesgado de lo que parece; la última vez que intenté algo así acabé leyendo el “Hilo Musical” de Miki Otero.) El resultado soy yo sentado en un banco del parque con este libro en la mano. Lo siento pero no me he traído las fotos del evento. 

Pero me voy a dejar de chorradas. Les voy a hablar de la novela. Como esto va a vuelapluma y no sé muy bien cómo empezar vamos a intentarlo con un pequeño resumen de la historia: la cosa va de un chaval de mi edad, superlisto también como yo, que tiene muy mala suerte (ídem): su negocio de aire acondicionado va como el culo y pende de un hilo que es un señor que está montando tres hoteles. Nuestro protagonista se tiene que ir a Cancún para ver como se casa su suegro, exitoso pintor de brocha fina, con una chavala que está buenísima y que cree que los pinceles sólo sirven para arreglarse las pestañas. Allí, a nuestro amigo, le ocurre lo peor que le puede ocurrir a quien esté pasando un fin de semana con los gastos pagados en Cancún: la visita de un huracán. Pero el problema no es tropezarse con el huracán sino con sus consecuencias en forma de antiguo profesor de su etapa universitaria al que recuerda medio hijo de puta. Por razones que no vienen al caso y que incluyen al primate de la portada acaban los tres personajes principales, maestro, alumno y la paralítica mujer del viejo, encerrados en la habitación de un hotel de mala muerte. Y entonces, en esa habitación (y después, en otra menos habitación) es cuando tienen lugar y se dicen las cosas que hacen de esta novela la delicatesen que ha resultado ser y sobre las que entenderán que guarde silencio. 

Este tercer bloque debería ser el que yo dedicase a hablarles de las excelencias artísticas de esta novela atendiendo a criterios estrictamente objetivos, pero yo no he sido objetivo en mi puta vida y por eso se van a quedar ustedes con las ganas. Lo que sí les digo, y yo casi nunca miento, es que esta novela me parece cojonuda por un montón de razones -todas ellas subjetivas- algunas de la cuales voy a resumirles rápidamente porque se me está enfriando la cena. Hay gente que sabe escribir y gente que no sabe escribir (ya supongo que están al corriente de este hecho incontestable) y este señor, basándome en la corta experiencia de mi juventud (ejem) parece que vamos a tener que incluirlo en el grupo de los primeros. Dosifica con extraordinaria habilidad y mesura la tensión narrativa sin caer en ningún momento en el recurso fácil de alargar la trama con melodramas baratos, subtramas inútiles, diálogos insustanciales u/y obviedades varias. Pero por encima de todo, lo que más me gusta, lo que hace que esta novela sea todo lo redonda que me ha parecido y no simplemente una buena historia, es la construcción y definición de los personajes: el dotarlos a todos de una ambigüedad que tiene mucho que ver con el desconocimiento de su pasado (pretérito o inmediato) con la intención de situar al lector exactamente en el mismo plano en que habitan ellos. Lo que quiero decir es que el escritor no recurre al engañabobos que es hablarnos –para cubrir la cuota habitual de banalidades- de la infancia de los protagonistas, sus amigos y sus hábitos y costumbres diarias. Nos va a contar lo que nos interesa, únicamente y exclusivamente lo que tiene que ver con la trama, lo que afecta al drama que nos ocupa. 

Cuanto mayor me hago más radical me vuelvo (voy camino de ser el viejo cascarrabias que ustedes imaginan) y más me molesta todo aquello que no tiene otro objetivo que el lucimiento personal del escritor. En esta novela, y lo digo como el cumplido que es, al escritor no se le ve en ningún momento. Jon Bilbao bien pudiera ser el hombre invisible. La narración, que es de una elegancia ejemplar, está al servicio de la historia en todo momento y las contadas digresiones (entre las que no incluyo, por apasionante, la Cosmogononía Glacial de Hörbiger y el nacionalsocialismo) no provocan, como suele ocurrir, la espantada de los legos. 

En definitiva, “Padres, hijos y primates” es una excelente manera de pasar una tarde, una mañana, una noche. Una novela que cumple sobradamente las exigencias del lector y que demuestra que la mal llamada literatura de entretenimiento puede ser mucho más que eso.



miércoles, 4 de mayo de 2011

Calendario de Lecturas: MAYO 2011

Rápidamente. Este mes voy (iba) sin plan; así, a lo loco. Ayer o anteayer tenía uno  bastante extraño que incluía “El padre de Blancanieves” de Belén Gopegui, “La extraordinaria naturaleza de Sam Finkler” o “Las viudas de Eastwick” de John Updike. Digo "extraños" porque hace un mes ni había pensado en ellos y digo “incluía” porque ya los tenía en casa, en el escritorio, y hoy los voy a devolver -los he devuelto ya. Por alguna razón me he empeñado en demorarlos una y otra vez con las excusas más gilipollas, entre las que se incluye la última novela de Rosa Montero, “Lagrimas en la lluvia”, de la que no me libro, ya se lo digo ahora; primero porque la tengo reservada y segundo porque voces amigas me han confesado que la han leído y no se arrepienten de ello. A mí esto me tiene un poco mosca. Yo quiero creer que no me va a pasar lo mismo porque llevo ya muchos años cultivando un elaborado prejuicio hacía la escritora y me da cosa echarlo a perder por muy de ciencia ficción que sea. Respecto a las tres obras mencionadas al comienzo de esta entrada que he decidido aplazarlas. Las dos primeras temporalmente pero la tercera no, esa para siempre jamás. Lo intenté, se lo juro (me refiero al de Updike) pero el pormenorizado relato de un viaje del inserso por la naturaleza salvaje del Canadá durante setenta páginas es más de lo que puedo soportar. 

También pensaba leerme algo de Pynchon, “V” o “Vineland” y dejar los tochos para el verano pero me da que al final va a ser que no. Exactamente la misma sensación la tengo con “El asesino dentro de mi” de Jim Thompson, “Sangre Vagabunda” de James Ellroy o “El largo adiós” de Raymond Chandler que suponendrían una severa pausa en mi particular semana negra de no ser por "Yo, el jurado" de Mickey Spillane, que me está esperando. A cambio me voy a entregar a otra semana: la “semana Nothomb” que debería incluir los siguientes títulos: “Estupor y temblores”, “Cosmética del enemigo”, “Higiene del asesino”, “El sabotaje amoroso” y “Las Catilinarias” (aunque les confieso que dos de ellas ya las acabé). Van siete. Yo creo que puedo meter alguno más. Veamos. He pensado que estaría bien que dos de ellos fuesen los eterna e injustamente aplazados “El Vano ayer” de Isaac Rosa y “Un hombre cae de un edificio” del paciente Raúl Quirós, a quien le debo una respuesta y se la debo ya. Nueve. Puedo seguir cumpliendo promesas, que se me da fatal y así practico. Por ejemplo, “El archipiélago del insomio” de Lobo Antunes o “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías. Y como hay que probar de todo voy a probar a qué sabe “Padres, hijos y primates” de Jon Bilbao, aunque confieso que no espero demasiado de ella; eso sí, la portada es sensacional. Doce. 

Para terminar no olvidemos mi lectura actual: “Las Primas” de Aurora Venturini cuyas primeras 50 páginas me tienen fascinado. Me recuerdan mucho, por el estilo, a aquella otra pequeña gran maravilla que no deberían perderse de Gaetan Soucy que se llama “La niña que amaba las cerillas” (y que no tiene, ni por asomo, nada que ver con la trilogía Larsson). Debería dejar también algo de sitio para “Wendolyn Kramer” de Laura Fernandez o “Asesino Cósmico” de Robert Juan-Cantavella. Y ya no me comprometo a nada más porque al final se me ha ido un poco la mano. Aún así no puedo dejar de soñar con que me diese tiempo de leer "Franny y Zoey" de Salinger, “La mejor parte de los hombres” de Tristán García, “Purga” de Sufi Oksanen, “Cuando cae la noche” de Michael Cunningham ,”La cena” de Herman Koch o “El fin de semana” de Bernhard Schlink. Ya veremos en qué queda todo.

lunes, 2 de mayo de 2011

Resumen de Lecturas: Abril de 2011

A continuación el habitual y (ya supongo que) esperadísimo resumen de mis lecturas del mes de abril. En esta ocasión, por aquello de agilizar, vamos a hacerlo un poco diferente, a ver qué sale: nos dejamos de zonas cálidas, templadas y frías en favor de una exposición cronológica, mucho menos traumática para aquellos de los que vaya a hablar fatal. 

El mes no pudo empezar peor: al “Nocilla Dream” de Agustín Fernandez Mallo le siguió el “Richard Yates” de Tao Lin. Malo uno, peor el otro. “Nocilla Dream” me hubiese valido como experimento si no hubiese sido comparado en su momento por algunas personas con aquella otra novela también desestructurada, también de montar, que era y es “Rayuela”. Entraré en detalles dentro de unos días, cuando pueda dedicarle unos minutos robados. Respecto al libro de Tao Lin ya hablé en su momento largo y tendido aquí y no tengo nada más que añadir. Inmediatamente después, un caramelo: “Levantad carpinteros, las vigas del tejado”, otra pequeña obra maestra de J.D.Salinger: una lección de estilo, una narración elegante, un relato íntimo y apasionado y apasionante que debería ser lectura obligada en los colegios. Salinger, todo el mundo lo sabe, huía de la luz pública, exactamente lo mismo que hace el autor de mi siguiente lectura, Thomas Pynchon. La elegida fue su última novela, “Vicio Propio”, de la que también hablé aquí y por la que también bebo los vientos desde entonces. Ella me metió el gusanillo del “negro” en el cuerpo y me sentí afortunado al haber incluido “Las niñas perdidas” de Cristina Fallarás entre los proyectos del mes de abril. Una lectura entretenida y ágil, un relato salvaje con el que quizá fui demasiado duro en su momento, estando como estaba demasiado influenciado por la excelsa calidad de las obras leídas inmediatamente antes. El tiempo me resta parte de razón y hoy la recuerdo con agrado. 
(Fue inmediatamente después cuando empecé a incumplir el proyecto de lectura del mes de abril. Yo esto lo hago mucho (comprometerme con lecturas y no cumplir después, quiero decir) y fue gracias a ello (a la costumbre) que ni me causó trastorno ni me sentí culpable y así pude disfrutar de un mes insuperable.)
La elegida, inesperadamente, fue la sensacional “1280 almas” de Jim Thompson. Una novela apasionante e intemporal, como lo es siempre la violencia extrema. Esto lo único que consiguió fue alimentar mi sed de venganza y muertes y mujeres fatales, pero todo eso tendría que esperar; antes debía zanjar un pequeño compromiso con Don Delillo y su “Punto Omega”, una novela que también pudiera ser entendida en clave de western reflexivo. La novela de Delillo está hecha de una pasta que ya no se estila: inteligente, serena, íntima. Un lujo. Inmediatamente después “Cosecha Roja” de Dashiell Hammett, la novela que inspiró Yojimbo y “Last Man Standing”, me proporciono dos o tres de los días mas trepidantes de mi vida como lector. De las que no se olvidan y a las que hay que volver una y otra vez. Así es como se cuenta una historia. 

Luego, otro paréntesis, en esta ocasión para el drama pasional llamado “Los enamoramientos” de Javier Marías, de la que en su momento ya hablé largo y tendido y sobre la que no tengo intención de volver. Y justo después, más negra, pero en esta ocasión de la ligera, la de detectives, aquella que no atiende a géneros al tratar de romperlos. Primero fue “Un detective en Babilonia” de Richard Brautigan, al que no tenía el placer de conocer y que me proporcionó un par de días bastante divertidos. Luego un viejo conocido: Ricardo Piglia. “Blanco nocturno”, también enmarcada en el género detectivesco -aunque en esta ocasión de campo- es de esas novelas que sorprenden por su elaborada construcción, con personajes interesantes, inteligentes, con un trasfondo histórico enriquecedor. Es de esas novelas que hacen malas a las demás por lo que supongo que no tardarán demasiado en pegarle un tiro en la nuca al pobre Ricardo todos esos envidiosos que escriben noveluchas de mierda. Ya iré dando nombres. Bien. ¿Qué más? Como verán ha sido un mes de lo más productivo. 

Tocaba cambio de registro. Necesitaba algo diferente y me tropecé en la biblioteca, un poco bastante por casualidad, con la novela “Nada” de Janne Teller, que dicen que ha vendido la de dios es cristo y que por eso ahora todos los niños escandinavos se la tienen que leer porque sí. Vale, no sólo por eso, también por el brote de filosofía existencialista que incorpora y del que quieren sacar provecho obligando a pensar a las pobras criaturas. Pero no adelantemos acontecimientos: en breve, una entradilla, breve también. Inmediatamente después me puse con una de esas recomendaciones que roba uno en blogs de fiar: “Sukkwan Island” de David Vann, un relato padre/hijo injustamente comparado con “La carretera” de McCarthy, con el que apenas guarda un par de casuales coincidencias (un padre, un hijo, un entorno hostil y punto.) Me gustó mucho. Es de las que acompañan durante semanas después de leída. 

Y cerrando el mes, tres libros. El primero “Viaje de Invierno” de Amelie Nothomb es una divertida ficción en torno al amor y el despecho que dio lugar a una entrada que de puro mala me he negado a publicar. El segundo fue otra recomendación robada: "Venganza Tardía" de Ernst Jünger: un interesante relato autobiográfico en el que autor rememora su época de estudiante de primaria. El tercero y último, acabado por los pelos el último día del mes, fue otro libro de Jim Thompson. “Hijo de la ira” es una novela rápida y dura que trata sobre el odio. Hasta aquí puedo leer. Es un relato mucho menos cruel de lo que esperaba pero que igualmente deberían evitar todos aquellos que sufran del corazón. 

Y eso fue todo; que ya no estuvo mal. En general me llevo un recuerdo sensacional del fallecido mes de abril, Javier Marías incluido. He disfrutado de todas (t-o-d-a-s) las lecturas, incluso de las peores, por unas razones o por otras, da igual. Y es que de las malas novelas también se aprende mucho. Quien sabe, quizá por eso las escriben.